viernes, 30 de septiembre de 2011

Mecanismos de respuesta

La gente me cuenta cosas. Suelo provocar ese efecto en las personas. Será porque siempre se me dió bien callarme y escuchar. Será porque toda mi vida fui aquella chica en segundo plano de un grupo de gente protagonista con, lo que creía eran, experiencias vitales mucho más interesantes que las mías. El hecho es que desde hace mucho tiempo soy escuchadora. Y complemento esa faceta con otra, la de ser observadora. Escucho y observo. Lo hago a todas horas, no sólo cuando alguien tiene que contarme algo, también cuando paseo, cuando estoy en el trabajo, cuando estoy rodeada de gente o cuando estoy sola. Me observo a mí misma a veces y me escucho internamente. Todo ello permite que tenga un enorme saco de información que uso con diversos propósitos. Uno de ellos es entender lo que ocurre. Y de eso va mi historia de hoy, de aquellas cosas que un día alguien te contó y dejaste almacenadas en algún lugar poco relevante de tu mente. De aquellas cosas que, pasado el tiempo, se convierten en la clave para resolver incógnitas que te traen de cabeza.


Además de ser escuchadora y observadora, he desarrollado un mecanismo de impulso recordatorio que, de primeras, parece aleatorio pero con el tiempo he determinado que no lo es. En mi mente existe una clasificación caótica de elementos informativos basada en criterios que maneja mi subconsciente. Lo que explica que me pueda pasar tiempo y tiempo dándole vueltas, tozuda y perturbadamente, a algo que no logro comprender hasta que un buen día, de la nada, surge un pensamiento que lo aclara todo. Ese click, esa especie de conexión neuronal divina que te lleva al final del camino por el que divagabas en círculos.

Esta vez el mecanismo ha tardado en activarse dos meses. Dos largos meses en los que he intentando adivinar qué había hecho mal para que la persona por la que suspiraba hubiera decidido desaparecer de mi vida sin dejar rastro. Invertí mucho tiempo en encajar piezas invisibles, en buscar excusas insostenibles, tratando de encontrar una explicación mínimamente reconfortante. Entonces ¡ZAS! el mecanismo tomó el control y trajo a mi consciencia el recuerdo de una conversación. Un instante de confidencia que yo había procesado como algo especial y único que ocurre entre dos personas que se quieren. Y obvié lo importante, las palabras. Recuerdo haber escuchado expresiones tales como "me alejé", "no la llamé", "no respondía a sus mensajes", "me agobié". Y recuerdo haber omitido todo aquello en favor de un sólo pensamiento "Eso no nos pasará a nosotros, lo que tenemos está por encima". Preferí creer en él, en la persona que me miraba a los ojos y me contaba sus relaciones anteriores con naturalidad. Elegí creer que yo le importaba y que eso no variaría pasara lo que pasara. Preferí sentir que estábamos viviendo en la realidad que habíamos soñado alcanzar en infinitas ocasiones. Y elegí ir descubriéndole como si fuera lo que él decía que era, una persona distinta a la de su pasado. Elegí apostar mis cartas a que nunca me haría sentir como "una más" y esa mano reconozco haberla perdido.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Bitácora

Llegué a casa triste. No sé por qué el tren de vuelta de mi pueblo me puso tan melancólica. Mi casa actual está a poco más de 45 minutos en transporte público del que fué mi hogar hasta la veintena y me doy pocas opciones para echarlo de menos. Siempre que me apetece voy, sin más. Pero, en los últimos meses, los viajes de vuelta a Barcelona se han tornado grises. Noto que me pongo seria, disgustada quizá, no lo sé. El caso es que abundan los momentos, durante el viaje, en que rompería a llorar sin consuelo. Pero me aguanto, trago las lágrimas e intento mantener el tipo, seria y contenida.


Ayer viví uno de esos momentos y llegué a casa triste, con ganas de encerrarme en la habitación y dejar que saliera lo malo. Por suerte no iba a haber nadie, todos estaban fuera y simplemente tenía que entrar en el piso, atravesar el pasillo y llegar a la puerta número tres, cerrarla tras de mí y dejarlo fluir. Ese era mi plan. No contemplaba otra opción hasta que abrí la puerta y eché, como siempre, un vistazo al mueble del recibidor. Vi las llaves de mi compañero de piso y dije un "hola" instintivo que recibió su respuesta inmediata desde el salón. Entré y le miré, estaba sentado en el sofá con el ordenador delante. Me senté en una silla y cruzamos un par de palabras. Con eso bastó. Supe que él tampoco estaba bien. Le pregunté directamente "¿Qué pasa?" y hablamos. Me contó los devenires inquietantes de su relación y apenas me sorprendí al ver tantos puntos en común con la que fue la mía. Pero su seguridad me abrumaba. "Tú eres la roca, la columna inquebrantable sobre la que se sustenta la mayoría del peso de la estructura", recuerdo haberle dicho. Y le admiré, como nunca antes había admirado a nadie. Respiré profundo y derramé una lágrima de alivio. Él me miró y me cogió la mano en silencio. Sentí que en ese momento todo iba bien. "Tienes que hacerme un favor" le pedí. "Lo que necesites", me respondió. "Mañana acompáñame a correos y terminemos con esto de una vez". Me cogió la mano con más fuerza y pude adivinar una sonrisa en sus labios mientras decía "sí, es la hora". Nos abrazamos y al poco él se marchó. Después pasé la noche inmersa en una profunda sensación de paz.

Hoy fuimos a Correos juntos... Y cuando hice lo que debí haber hecho hace tantísimo tiempo, él me abrazó. Allí, en mitad de la sala, delante de media docena de desconocidos, me abrazó leyéndome el pensamiento y no dijimos nada más. Salimos de allí y ya no tuve más ganas de llorar.

domingo, 25 de septiembre de 2011

La Princesa de los ojos rubios

Había una vez, una tierra en mitad de ninguna parte donde el césped era rojo y los árboles púrpuras. Una tierra vasta y frondosa, llena de riquezas extrañas y personas sencillas. Allí vivía una joven de pelo azul y ojos rubios, hija de un rey que no ejercía ningún poder y cuyo pueblo había escogido seguir llamándole por su título. El Rey y la Princesa residían en un pequeño palacete a orillas de un río de agua salada. Regentaban un taller donde creaban lo imposible. Producían por encargo los objetos más inverosímiles e increíbles que nadie haya imaginado nunca. Cuando alguien quería hacer un regalo especial o simplemente tenía una idea descabellada, acudía a su taller y allí lo materializaban. No es extraño, entonces, que La Princesa hubiera crecido con la convicción de que, incluso, lo inalcanzable puediera ser logrado.


La joven, que no era, ni mucho menos, la princesa más bella de las que jamás hayan existido, ni la más dulce, ni siquiera la más encantadora, poseía una extravagante rareza que la hacía verdaderamente atractiva. Paseaba por la vida con libertad, sin limitaciones de ningún tipo. Podía hacer lo que quisiera con quien quisiera. En aquellas tierras no había leyes restrictivas ni normas sociales que colapsaran sus aspiraciones de experimentarlo todo. Pero sí que existía una tradición que había perdurado generación tras generación y nadie, absolutamente nadie, había osado quebrantar. Esa tradición exigía que todos los habitantes de aquellas tierras debían casarse con la persona que verdaderamente amaran, la persona por la que estuvieran locamente enamorados, sin concesiones.

Aquella tradición planeaba sobre su cabeza transformada en pájaros de preocupación. Aunque no siempre fue así. Durante su adolescencia, alardeaba de esa frágil inocencia con la que construir castillos de arena sobre preciosos parajes de ideal porvenir. Creía en la tradición sobre todas las cosas y soñaba con el día en que su amor definitivo apareciera por obra y gracia de la casualidad. Pasado el tiempo, la experiencia le decía que encontrar al amor de su vida era una ardua tarea que nunca llegaría a cumplir. Y la impaciencia la invadía al ver que a su alrededor el amor florecía en cada una de las personas de su círculo más cercano.

Había hablado alguna vez con su padre mostrando cierta inconformidad con aquella tradición. Pero el Rey siempre respondía con palabras alentadoras, llenas de optimismo y animándola a no desistir: "Allí fuera está la persona que provocará en ti sensaciones que jamás has experimentado. Si todos en estas tierras la hemos encontrado ¿por qué tú ibas a ser distinta?". La Princesa llegó a dudar de las palabras de su sabio padre, pues ella había sentido muchas cosas por hombres que llenaron su vida de fortuna y diversión, pero, a pesar de todas las emociones vividas, cuando llegaba el momento de plantearse dar el paso hacia el matrimonio, todo se desvanecía. "Y si no es él y si lo que siento no es más que un espejismo y si se me pasa con el tiempo y si echo a perder la tradición de siglos y siglos de antepasados". La duda y la presión terminaban por desmantelar lo construido y, aún habiendo crecido rodeada de la realización de imposibles, el amor puro e indestructible se le antojaba inexistente, al menos para ella.

(continuará...)

jueves, 22 de septiembre de 2011

Supongamos que...

Supongamos que tengo una caja....una de zapatos, pongamos. Dentro hay una sudadera, un reloj, una entrada que nunca se llegó a usar, un papel con un mensaje bonito...y algunas cosas más. Está debajo del escritorio, detrás de un ventilador. Supongamos que hace una semana me propuse llevarla a Correos y enviarla lejos. Y pongamos que no pude hacerlo. Digamos que me paralizó la decepción de creer que estaba abandonando una lucha importante. Un reto que había empezado tiempo atrás y al que me costaba renunciar. Supongamos que lloré mientras empaquetaba los mejores recuerdos y pongamos que desplegué mis ejércitos a muerte en la que fue la última batalla.

Supongamos que gané aquel enfrentamiento final y ahora...tengo las reliquias del amor pasado en una caja de zapatos.

Suena triste sí, aunque lo cierto es que no lo es.

lunes, 19 de septiembre de 2011

El rompecabezas

Solíamos charla durante horas. A veces, incluso, se nos escapaban las noches sin darnos cuenta. Éramos insaciables. No teníamos medida y poco nos importaba. Mirábamos al rededor y la vida seguía a cámara lenta mientras nosotros corríamos hacia una meta indefinida. Pensar no era una opción, actuar era lo único. A cada palabra un reto, a cada reto un impacto directo al corazón, a cada impacto una debilidad, a cada debilidad una razón para dudar, a cada duda un miedo y a cada miedo una única respuesta, la huida. Cobardía profunda que dibujó el fin de una era.



jueves, 15 de septiembre de 2011

16 días después...todo sigue igual

Hace 16 días que no escribo. 16 días que no expongo mis sentimientos, ni aquí ni en ningún sitio. 16 días en los que he dejado que me invadiera la racionalidad. 16 días en los que he sido menos yo que nunca.


Exceptuando pequeñas licencias dramáticas la última quincena ha sido bastante buena. No han dejado de pasar cosas que, hace meses, parecían imposibles. He recuperado las riendas de una vida desbocada por la intensidad de un amor loco. He aprendido a esperar en vez de desesperar, a querer en silencio en vez de exigir a gritos que me quieran, a seguir en vez de paralizarme por el miedo a perder (y a ganar). Debería estar contenta por ello y, sin embargo, confieso que me falta algo. No sé si es algo real o irreal, algo alcanzable o ilusorio, sólo sé que hay un hueco vacío dentro de mí que hace que todo lo demás pierda valor.

Hace 16 días que no me encuentro en ningún espejo, en ningún piropo, en ninguna palabra de cariño y admiración. Y hace 16 días que no paro de escuchar cosas buenas sobre mí. Cosas como que soy una persona increíble, especial y única. Pero al oírlas me quedo helada y, fuera de la gratitud de estar rodeada de personas que me quieren, no siento nada más. Es como si estuviera en otro sitio, lejos, muy lejos, en un lugar remoto en el que sólo llegan los sentimientos más intensos. Y allí, dónde un día creí encontrar lo máximo, me quedo a ratos contemplando el vacío.

Ahora me levanto cada día deseando llenarlo todo de aquel surrealismo que convertía un día cualquiera en el mejor posible. Y, contra todo pronóstico, en algún momento entre ayer y hoy volví a ser esa simpática, alocada y directa persona que arriesga y no se acobarda aún teniéndolo todo en contra. Desplegué mis velas por unos minutos rumbo al sur para luego recogerlas junto a la indiferencia. Y cuando volví caí en la cuenta de que todo sigue igual.