martes, 23 de agosto de 2011

La chica de ojos tristes

Descubrí a la chica de ojos tristes en el tren. Estaba sentada y escuchaba música con la mirada perdida. En ocasiones se le enrojecía la nariz y se le acristalaban los ojos, era cuando bajaba la mirada y se mordía el labio inferior como queriendo retener algo que estuviera a punto de desbordarla. Agarraba con fuerza su teléfono móvil, como si aquel aparato fuera un oráculo que pudiera dar respuesta a todas sus inquietudes. Lo miraba con ansioso desespero aún sin tocarlo, simplemente merodeando con la mirada sobre la pantalla oscura. Y cuando hacía eso, su rostro se llenaba de esperanza, del deseo de que algo sucediera. Así supe que la chica de ojos tristes estaba esperando una señal. No sé de quién, ni en qué sentido, pero sé que en esa señal ella había apostado toda su fortuna emocional. Y la señal nunca llegó, al menos en el trayecto de tren en el que me sentí su acompañante.


Me enternecía contemplarla. Dulce y descompuesta. Cualquier artista capaz de captar su esencia hubiera creado una obra maestra. Su debilidad se hacía patente en el desvanecer de sus brazos sobre su regazo y su fortaleza se asomaba en su capacidad por mantenerse entera. A veces parecía que se iba a levantar en un instante e iba a salir corriendo fuera del tren para llorar a mares. Pero ella seguía ahí inquieta y estática, sin mirar alrededor, sin importarle quién pudiera estar observándola.

Sentí una fuerte conexión con aquella chica y, sin darme cuenta, estaba deseando meterme en su mente. Al ver ese hecho como algo inalcanzable, me guié por mi intuición y saqué algunas conclusiones. Verdaderas o no, sus ojos habían logrado atrapar mi atención y buscar respuestas a su tristeza se me antojaba inevitable. Percibí que estaba de luto, de luto por una pérdida muy importante. Estaba intentando recomponerse aunque la tristeza la empujaba a un intenso estado de desánimo. Pero su fortaleza, esa que se forja a base de la experiencia, no le permitía dejarse caer en la inercia del que se ve perdido. Y la lucha entre la pena y la superación del dolor estaba siendo feroz, tanto que se sentía confusa y aturdida.

Llegábamos a nuestro destino y quise saber más, quise ayudarla, quise decirle que todo pasa, que estar triste sólo es una fase y que estaba segura de que iban a ocurrirle cosas maravillosas en el futuro. Quise decirle que sentirse triste es bueno, porque es el indicativo de que algo ha sido muy importante en tu vida. Que no renunciara a vivir este momento porque de ello iba a sacar cosas positivas, porque cuando ocurrieran cosas buenas iba a valorarlas todavía más e iba a vivirlas con la mayor de las intensidades. Quise decirle tantas cosas que no le dije. Simplemente me quedé mirando por la ventana y allí me despedí de ella aún sabiendo que siempre estaría conmigo. Porque la chica de ojos tristes era yo.

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