domingo, 28 de agosto de 2011

El arte de entender

Desde que tengo uso de razón he intentado describir las cosas de la forma más precisa posible. Situaciones, sentimientos, acciones...todo lo que me ha ido sucediendo he tratado de explicarlo, ya sea en una conversación con amigos o por escrito, con la mayor de las exactitudes, buscando las palabras más adecuadas. Todo ello por dos motivos: uno, el reto de enriquecer mi vertiente literata y el otro, para hacerme entender.


De las muchas cosas que pueden ocurrir en la interacción entre personas, si hay una que no encajo bien es la falta de entendimiento. Y ésta es directamente proporcional a la voluntad de cada individuo. Algo que acabo de aprender. A mis 28 años, con una licenciatura y un master, habiendo vivido cientos de experiencias enriquecedoras y frustrantes, acabo de darme cuenta de que no basta con intentar hacerse entender si no que, también, hay que saber entender. Parece una lección fácil pero os aseguro que es de las cosas más complicadas que he hecho nunca.

La mayor barrera que se interpone al entendimiento, a mi modo de ver, es el enfado. Si estás enfadado con alguien dificilmente tendrás la voluntad suficiente como para entender su postura. Y no contento con eso, intentarás que esa persona que te ha ofendido haga el esfuerzo de escucharte y comprenderte a ti, puesto que por alguna ley subjetiva te crees con ese derecho. En tu mente todo es razonable, si esa persona no hace por entenderte es porque no le importas. Pero si tú no haces por entender a esa persona es porque te ha hecho daño y, lo peor, es consciente de ello. Por lo que ya tienes excusas para no pensar que a ti tampoco te importa. Así de manipuladores podemos ser a la hora de justificar nuestra propia falta de voluntad.

Llegados a este punto pueden ocurrir varias cosas. Una de ellas es que las partes en conflicto nunca lleguen a un punto de entendimiento por el desgaste mutuo e interminable de incomprensión, primero, y huida de la confrontación, después. Habitualmente este es el límite al que se llega cuando no hay una exposición clara de lo ocurrido, aunque sea en versiones dispares. Tomas la decisión visceral de esconderte tras lo superficial para ocultar el verdadero motivo de fondo, creyendo que si ocultamos nuestras debilidades seremos más fuertes. Aunque, en realidad, es la aceptación de esas "limitaciones" lo que nos permite ser lo que somos y estar tranquilos con nuestra manera de afrontar la vida.

Insisto, teóricamente parece fácil, pero en la práctica el orgullo y las expectativas lo complican todo. A veces hasta llegar a un punto desquiciante, un punto en el que ya no sabes ni qué quieres ni qué debes hacer. Y frenas porque ambas partes habéis cogido velocidades de vértigo en direcciones totalmente enfrentadas. Ninguno tiene voluntad solventadora y el choque está garantizado. Los primeros efectos de la colisión son devastadores y es entonces, y sólo entonces, cuando te planteas si era necesario llegar hasta ese extremo.

Quizá no lo era o quizá sí. Quizá podías haberte ahorrado el dañar a otra persona y a ti mismo, o quizá no. Quizá las cosas ocurran por una simple y poco esperanzadora razón, porque tienen que ocurrir. Quizá en nosotros resida la clave de la superación. Y, quizá, ésta sea el asumir la pérdida como una ganancia. Porque caer no debería ser más que el paso previo a crecer.

No hay comentarios: