martes, 30 de agosto de 2011

Relatos cortos sobre amores fugaces (V.1)

"Galácticos"

Ella era una libre pensadora de sentimiento improvisado. Él, un rastreador incansable en busca de lo imposible. Ambos expiraban desencanto en suspiros interminables sin saber que, al menos, existía una persona en el mundo capaz de entender sus aspiraciones emocionales. Se perdieron en infinitas ocasiones, cada uno por su cuenta, volando en globos hinchados a medio gas.

Sus espaldas chocaron una noche cualquiera en un bar de pretensiones galácticas. Se giraron a la vez sin prestar atención al detalle de la sincronización de la acción mutua. Sus miradas se encontraron durante tres segundos y no ocurrió absolutamente nada. Ni chispas, ni fuegos artificiales, ni la sensación de haber encontrado algo. Simplemente se vieron, intercambiaron un "perdona" pronunciado al unísono y se distanciaron.

Después de aquella noche jamás volvieron a verse. Ella siguió experimentando relaciones imposibles con el deseo de hinchar su espíritu de emociones llevadas al extremo. Él se conformó con el buen hacer de personas dedicadas en cuerpo y alma a amarle. Lo que nunca supieron es que aquella noche podría haber supuesto un punto de inflexión en sus vidas de no ser por la apatía derivada de todas sus anteriores experiencias fallidas. En ese caso, su historia se hubiera escrito con estas palabras:

Sus espaldas chocaron una noche cualquiera en un bar de pretensiones galácticas. Se giraron a la vez sin prestar atención al detalle de la sincronización de la acción mutua. Sus miradas se encontraron durante tres segundos y sonrieron. "Perdona", dijeron al unísono y volvieron a sonreír. "Esto está lleno", comentó ella. "Sí, suele ponerse así a estas horas" dijo él acercándose a su oído. Fue cuando ambos aprovecharon la oportunidad de olerse e inspirar una pasión mareante que les enmudeció. Se volvieron a mirar a los ojos; ella con inconsciente seducción, él con encantadora picardía. Y entonces, a penas unos minutos después de coincidir por casualidad, se disparó el magnetismo. Hubo un algo indescriptible que les atrapó, que les obligó a mantenerse inamovibles en aquella situación, deseosos de atrapar cada detalle con todos los sentidos para evitar perder esa sensación de absurdo nerviosismo adolescente. Mantuvieron una larga conversación entre risas. No se fijaron tanto en lo que decían como en el modo de exponer sus divertidos razonamientos. Compartían un idioma que pocos entendían. Eran originales, disparatados, sarcásticos...Se entendía, se seguían y se atraían.

Al poco de aquella noche se enamoraron. Su amor fue tan intenso como fugaz. Se volvieron locos el uno por el otro. Planearon juntos lo que nunca quisieron planear con nadie más. Se regalaron incondicionalidad absoluta y dedicación extrema. Creyeron estar en el infinito. Inventaron un nuevo idioma común en el que Te quiero no eran palabras suficientes. Y en el proceso de afianzar aquella marea de sensaciones descontroladas se hundieron. Lo hicieron rápido. A penas hubo que echar un vistazo a lo que les separaba. Y como, en realidad, ninguno de los dos eran soñadores eternos, su amor se convirtió en su peor enemigo.

Se odiaron y se echaron de menos a grandes dosis. Pero acabaron distanciándose, como si el uno no hubiera existido para el otro. Desaparecieron en lo físico como ocurrió realmente aquella noche en aquel bar. Y no aprendieron nada, ni hubo moraleja, simplemente siguieron sus vidas mirando de vez en cuando hacia atrás y reviviendo momentos inolvidables.

domingo, 28 de agosto de 2011

El arte de entender

Desde que tengo uso de razón he intentado describir las cosas de la forma más precisa posible. Situaciones, sentimientos, acciones...todo lo que me ha ido sucediendo he tratado de explicarlo, ya sea en una conversación con amigos o por escrito, con la mayor de las exactitudes, buscando las palabras más adecuadas. Todo ello por dos motivos: uno, el reto de enriquecer mi vertiente literata y el otro, para hacerme entender.


De las muchas cosas que pueden ocurrir en la interacción entre personas, si hay una que no encajo bien es la falta de entendimiento. Y ésta es directamente proporcional a la voluntad de cada individuo. Algo que acabo de aprender. A mis 28 años, con una licenciatura y un master, habiendo vivido cientos de experiencias enriquecedoras y frustrantes, acabo de darme cuenta de que no basta con intentar hacerse entender si no que, también, hay que saber entender. Parece una lección fácil pero os aseguro que es de las cosas más complicadas que he hecho nunca.

La mayor barrera que se interpone al entendimiento, a mi modo de ver, es el enfado. Si estás enfadado con alguien dificilmente tendrás la voluntad suficiente como para entender su postura. Y no contento con eso, intentarás que esa persona que te ha ofendido haga el esfuerzo de escucharte y comprenderte a ti, puesto que por alguna ley subjetiva te crees con ese derecho. En tu mente todo es razonable, si esa persona no hace por entenderte es porque no le importas. Pero si tú no haces por entender a esa persona es porque te ha hecho daño y, lo peor, es consciente de ello. Por lo que ya tienes excusas para no pensar que a ti tampoco te importa. Así de manipuladores podemos ser a la hora de justificar nuestra propia falta de voluntad.

Llegados a este punto pueden ocurrir varias cosas. Una de ellas es que las partes en conflicto nunca lleguen a un punto de entendimiento por el desgaste mutuo e interminable de incomprensión, primero, y huida de la confrontación, después. Habitualmente este es el límite al que se llega cuando no hay una exposición clara de lo ocurrido, aunque sea en versiones dispares. Tomas la decisión visceral de esconderte tras lo superficial para ocultar el verdadero motivo de fondo, creyendo que si ocultamos nuestras debilidades seremos más fuertes. Aunque, en realidad, es la aceptación de esas "limitaciones" lo que nos permite ser lo que somos y estar tranquilos con nuestra manera de afrontar la vida.

Insisto, teóricamente parece fácil, pero en la práctica el orgullo y las expectativas lo complican todo. A veces hasta llegar a un punto desquiciante, un punto en el que ya no sabes ni qué quieres ni qué debes hacer. Y frenas porque ambas partes habéis cogido velocidades de vértigo en direcciones totalmente enfrentadas. Ninguno tiene voluntad solventadora y el choque está garantizado. Los primeros efectos de la colisión son devastadores y es entonces, y sólo entonces, cuando te planteas si era necesario llegar hasta ese extremo.

Quizá no lo era o quizá sí. Quizá podías haberte ahorrado el dañar a otra persona y a ti mismo, o quizá no. Quizá las cosas ocurran por una simple y poco esperanzadora razón, porque tienen que ocurrir. Quizá en nosotros resida la clave de la superación. Y, quizá, ésta sea el asumir la pérdida como una ganancia. Porque caer no debería ser más que el paso previo a crecer.

jueves, 25 de agosto de 2011

Yo en mi misma

A efectos prácticos soy una persona visceral. Un ser irracional que se dedica a dejarse llevar por la intuición, la emoción y demás sensaciones físicas y sentimentales alejadas de la racionalidad. Así soy yo. Hasta el momento me ha ido bastante mal siendo como soy, pero no me quejo, porque también me ha ido bastante bien. Es decir, mi balanza esta equilibrada. Tirar de irracionalidad te pone en situaciones muy intensas, muy propensas a los extremos pero siempre en ambas direcciones, en la positiva y en la negativa. Por ejemplo, si te enamoras, sientes que el mundo empieza y acaba en esa persona. Si te dan la patada, sientes que el mundo ya no empieza pero sigue acabando en esa persona. Mucho drama, mucha tragedia, mucha gilipollez. Insisto, así soy yo. Todo es bueno y malo al mismo tiempo, dulce y amargo, bonito y feo, intenso e insustancial, lógico y contradictorio. La mente me funciona a mil por hora, conecto, desconecto, hago, deshago, inspecciono, desarmo, creo, pim, pam, pum y zas! al final suelto una barbaridad del tipo "si esto es así y lo otro es asá y lo de más allá era de esa manera entonces llego a la conclusión de que por esas tres cosas el mundo es una mierda". Así es, soy una sentenciadora. Mi CV personal empieza a dar vértigo. Pienso demasiado pero en realidad hablo como si no lo hubiera hecho. Mi honestidad es una bomba de relojería de la que hacerme responsable me cuesta horrores. Yo lo suelto, a ver qué pasa...y si no pasa lo que yo espero, Ups! maniobras de escapismo dialéctico. Eso sí, podría estar horas hablando y hacer creer al otro que lo que digo es sensato, aunque sea mentira. Eso también.


Por todo ello se me han puesto etiquetas tan suspicaces como las de "rara" o "complicada". Tampoco es que me importe mucho. Mis peculiaridades son, sin duda, mi mayor virtud. No porque yo lo diga, que también, si no porque me permiten hacer una cosa que sin ser como soy nunca podría realizar. Vivir las cosas como las vivo me otorga la capacidad de escribirlas como las escribo. Y ese, para mí, es el mayor triunfo de mi existencia.

martes, 23 de agosto de 2011

La chica de ojos tristes

Descubrí a la chica de ojos tristes en el tren. Estaba sentada y escuchaba música con la mirada perdida. En ocasiones se le enrojecía la nariz y se le acristalaban los ojos, era cuando bajaba la mirada y se mordía el labio inferior como queriendo retener algo que estuviera a punto de desbordarla. Agarraba con fuerza su teléfono móvil, como si aquel aparato fuera un oráculo que pudiera dar respuesta a todas sus inquietudes. Lo miraba con ansioso desespero aún sin tocarlo, simplemente merodeando con la mirada sobre la pantalla oscura. Y cuando hacía eso, su rostro se llenaba de esperanza, del deseo de que algo sucediera. Así supe que la chica de ojos tristes estaba esperando una señal. No sé de quién, ni en qué sentido, pero sé que en esa señal ella había apostado toda su fortuna emocional. Y la señal nunca llegó, al menos en el trayecto de tren en el que me sentí su acompañante.


Me enternecía contemplarla. Dulce y descompuesta. Cualquier artista capaz de captar su esencia hubiera creado una obra maestra. Su debilidad se hacía patente en el desvanecer de sus brazos sobre su regazo y su fortaleza se asomaba en su capacidad por mantenerse entera. A veces parecía que se iba a levantar en un instante e iba a salir corriendo fuera del tren para llorar a mares. Pero ella seguía ahí inquieta y estática, sin mirar alrededor, sin importarle quién pudiera estar observándola.

Sentí una fuerte conexión con aquella chica y, sin darme cuenta, estaba deseando meterme en su mente. Al ver ese hecho como algo inalcanzable, me guié por mi intuición y saqué algunas conclusiones. Verdaderas o no, sus ojos habían logrado atrapar mi atención y buscar respuestas a su tristeza se me antojaba inevitable. Percibí que estaba de luto, de luto por una pérdida muy importante. Estaba intentando recomponerse aunque la tristeza la empujaba a un intenso estado de desánimo. Pero su fortaleza, esa que se forja a base de la experiencia, no le permitía dejarse caer en la inercia del que se ve perdido. Y la lucha entre la pena y la superación del dolor estaba siendo feroz, tanto que se sentía confusa y aturdida.

Llegábamos a nuestro destino y quise saber más, quise ayudarla, quise decirle que todo pasa, que estar triste sólo es una fase y que estaba segura de que iban a ocurrirle cosas maravillosas en el futuro. Quise decirle que sentirse triste es bueno, porque es el indicativo de que algo ha sido muy importante en tu vida. Que no renunciara a vivir este momento porque de ello iba a sacar cosas positivas, porque cuando ocurrieran cosas buenas iba a valorarlas todavía más e iba a vivirlas con la mayor de las intensidades. Quise decirle tantas cosas que no le dije. Simplemente me quedé mirando por la ventana y allí me despedí de ella aún sabiendo que siempre estaría conmigo. Porque la chica de ojos tristes era yo.

martes, 16 de agosto de 2011

La primera cita (Parte 2)

Salí del baño vestida con la ropa que me había prestado. La camiseta me iba algo grande y los pantalones largos, no era el estilo seductor que me apetecía para aquel momento, pero tampoco tenía mucha más opción. Así que intenté darle toda la feminidad que pude a aquella ropa masculina y me acerqué hasta el sofá. Él estaba sentado haciendo como que hojeaba un catálogo de muebles.


-¡Ya estás aquí!- dijo girando el cuerpo hacia el respaldo del sillón para no darme la espalda- ¿Qué tal la ropa?
-Bien, bien... ¡Seca!- sonreí mirándome las piernas y tocando la tela.
-Oye- me echó un vistazo- pues ese pantalón te sienta mucho mejor a ti que a mi- rió.
-Gracias- sonreí tímidamente mientras me acercaba a la ventana y veía como seguía lloviendo a rabiar- ¿Esto no va a parar nunca?
-¿Qué prisa tienes?- dijo él.
-Eso ha sonado un poco a psicópata- reí con cara de desconfianza.
-Sí, vaya, tienes razón... El otro día me compré un libro en el que vienen varios ejercicios para ocultar esos pequeños gestos que delatan mi condición de asesino en serie de mujeres que vienen a mi casa a cobijarse, que de esas vienen tres o cuatro todos los días ¿sabes? Pero aún no he empezado a leerlo...- dijo con la ironía del que se sabe gracioso.

Nos reímos y pude observar en su mirada algo que me hacía sentir segura. Quizá un brote de humildad o sencillez, no sé exactamente qué era pero despertaba mi confianza.

-¿Qué te apetece hacer?
- No lo sé ¿esperar?
-Puedes sentarte si te apetece, no te quedes todo el rato de pié que me incomodas- sonrió
-¿Te incomodo?
-Sí, porque si estás de pié y yo sentado me parece que soy poco caballeroso así que deberé ponerme de pié yo también y será una situación rara, los dos de pié al lado de un sofá tan cómodo...
-¡Bien buscada esa!- le solté mientras me acercaba al lado desocupado del sofá.
-Así mejor.... ¿Quieres beber algo? ¿Vino?
-¡Claro! Pero poco que luego tengo que conducir...

Se levantó del sofá y a medio camino entre éste y la cocina se giró rápido, me señaló con el dedo -índice y dijo buscando una respuesta rápida:

-¿Blanco o tinto?
-Yo prefiero el tinto...
-¡Muy bien! Marchando una de vino tinto para la señorita...

Era como si no pudiera parar de sonreír. Cualquier cosa que decía me parecía que encajaba a la perfección con la escena, con la acción y no era capaz de encontrarle el truco. Así que decidí dejarme llevar guiada por el buen hacer de aquel desconocido. Volvió al poco con una botella y dos copas.

-No, no te preocupes...No es que quiera que nos bebamos la botella entera...

Le sonreí advirtiéndole de que me había leído el pensamiento.

-Es que no tenía ninguna de tinto abierta.
-Ya... las chicas somos más de vino blanco ¿no?- le dije pícara.
-Emmm, esto...- se rascó la cabeza- Para qué negar la evidencia. Rotundamente sí- rió como si hubiera desvelado uno de sus secretos.-Pero veo que te sales de la norma y eso está bien.
-De siempre he sido muy carnívora y el vino tinto es lo que mejor va con la carne...

Puso una divertida cara de terror.

-Ahora el que se asusta soy yo... Con eso de que eres carnívora no estarás diciendo que....- miró hacia los lados- Quiero decir que...-se tocó la tripa- hombre, por aquí podrías... Pero...-se puso las manos en la cabeza- ¡No me comas por favoooor!

La sonrisa inicial se convirtió en una carcajada imparable. Estuvimos un buen rato sin decirnos nada, mirándonos mientras nos reíamos....

-¡Cómo necesitaba esto!- dije sin pensar.
-¿El qué? ¿Un psicópata asesino al que te comerías con una copita de vino tinto?

Y otra vez nos reímos sin tregua.

Continuará.....



miércoles, 10 de agosto de 2011

La primera cita (Parte 1)

Aquella noche al cielo le dio por descargar mares. Una tormenta imprevista se precipitó sobre mi parabrisas y en pocos minutos mi coche desorientó el rumbo previsto. Perdí las referencias en las señales borrosas y me confundí de salida. Atraqué en una zona residencial encharcada. Paré a un lado de la calle y pensé en quedarme en el coche hasta que el diluvio escampara. Cogí el móvil para informar a quien me esperaba en mi destino sobre el contratiempo y evitar así que se preocupara. La mala suerte enseñó todas sus cartas de nuevo quitándome la opción de hacer esa llamada, ya que el teléfono estaba apagado y sin batería. Lancé el aparato al asiento del copiloto con la desgana del que tiene asumido el desastre y me regodeé en mi propia estupidez. La lluvia no cesaba y empecé a notar frío, quise arrancar el coche para poner la calefacción pero fue inútil. Puestos a pedir ya sólo podían empezar a caer rayos sobre mi cabeza.


Había pasado un buen rato y cada vez me sentía más incómoda en aquella cubitera. No había señal alguna del fin de la cascada y decidí salir e improvisar. Antes de exponerme al agua me paré a observar la calle. Había luz en la ventana de una de las casas adosadas. Salí corriendo hacia allí repasando mentalmente el discurso que iba a recitar al llamar a aquella puerta. "Quizá ni me abran", pensé. En segundos estaba en el minúsculo porche del portal que había escogido. Llamé al timbre una vez. La ventana con luz estaba justo al lado de la puerta de entrada lo que me permitió vislumbrar una sombra que se acercaba. Alguien abrió.

Era un chico, con camiseta blanca de manga corta y pantalón vaquero. El pelo medio ondulado, algo alborotado, como si hubiera estado recostado en el sofá. Antes de que abriera, yo había intentado adecentar mi aspecto sacudiendo mi pelo y secándome la cara, pero poco podía hacer, mi carta de presentación no era la más atractiva.

-Hola- me dijo él.
-Hola, perdona que te moleste- me pareció joven, más o menos de mi edad, así que me permití la licencia de no hablarle de usted- Mi coche me ha dejado tirada, estoy sin batería en el teléfono y me preguntaba si...bueno...si no te importaría que hiciera una llamada desde aquí...- dije algo avergonzada.
-¡Vaya!- espetó y se calló durante unos segundos pensativo- Está cayendo una buena, sí- miró hacia afuera- Pero.....pasa, pasa, perdona....- dijo por fin.

Entré en el salón y una bocanada de calidez invadió mis sentidos. Intentaba disimular la tiritera del labio inferior pero era demasiado evidente.

-Estás calada...¿Quieres tomar algo caliente? ¿Un café?
-No te preocupes, no quiero molestar...
-Lo acabo de hacer, no es molestia mujer, ahora te lo traigo...Yo es que soy muy cafetero...- hablaba mientras desaparecía por la puerta de lo que asumí era la cocina.

Me sorprendió su hospitalidad inmediata pero, por otro lado, me sentí extrañamente a gusto al instante. El lugar era confortable. Le esperé plantada en mitad del salón observándolo todo. A un lado estaba el sofá con varios cojines y una manta. La televisión encendida con la imagen de un videojuego en pausa. Las paredes forradas de posters de películas y grupos de música. Vi muchas referencias a los Beatles por doquier y sonreí. "Alguien a quien le gustan tiene que ser majo a la fuerza", pensé mientras él volvía de la cocina con dos tazas. Me ofreció la humeante y yo la cogí con las dos manos. Él alzó la suya y dijo:

-A mi me gusta más con la leche fría- sonrió y cruzamos las miradas. Me pareció muy atractivo.

Di un sorbo al café que me supo a gloria. Noté como la rojez volvía a mis pómulos y suspiré profundamente. Seguía de pié y él delante de mí. A los pocos segundos me dijo.

-Ahí tienes el teléfono...
-¿Eh?

Señaló una mesita al lado del sofá.

-Ah, sí, sí...gracias- me acerqué al aparato sintiéndome absurda.
-Voy a buscarte algo de ropa, vas a coger un catarro...- y desapareció por el pasillo antes de que pudiera decirle nada.

Descolgué el teléfono y marqué instintivamente. Al poco de esperar la señal, me di cuenta de que no había tono.

-Vaya, parece que no hay línea- le dije alzando la voz en dirección al pasillo.
-¿Qué?- respondió él mientras se aproximaba con un par de prendas de ropa- A ver...- me cogió el teléfono de la mano y al hacerlo rozó mi dedo meñique. De repente sentí un intenso escalofrío- Es verdad, debe ser por la tormenta, a veces nos quedamos incomunicados por aquí ¡Qué desastre!- me miró con cara de apuro- Bueno, habrá que hacer tiempo ¿no?- sonrió.
-De verdad que no quiero molestar. Me voy a mi coche y espero allí...-dije sin ganas de hacerlo.
-¡Pero bueno! Cómo te vas a ir así... A saber cuándo para de llover ¡De eso nada! Toma...- me ofreció la ropa que llevaba en la mano- Me da un poco de vergüenza dejarte ese pantalón pero es el único que tengo que te puede ir de talla... Es así un poco feucho... -tocó la tela como si fuera a deshacerse al hacerlo.
-Me gusta...- sonreí- ¿Y el baño?
-Sí, en el pasillo la primera a la derecha.

Le hice un gesto con la cabeza para indicarle que iba hacia allí, cuando estuve en la puerta del baño me giré a verle a escondidas. Estaba acicalando el sofá y ordenando algunas caratulas desperdigadas por la mesita. Me pareció encantador.

Continuará....