lunes, 13 de junio de 2011

La rotación de la tierra

Es la primera vez que escribo desde la terraza de mi habitación en Barcelona. Justo un año hace que me trasladé a este piso del barrio de Gracia y en este tiempo mi vida, como se dice tópicamente, ha dado un giro de 180 grados, aunque en este caso es totalmente real. Desde aquí alcanzo a ver la iglesia del Tibidabo iluminada y las luces parpadeantes de la Torre de Collserola. La oscuridad de la noche contrasta con el blanco destellante de la pantalla del ordenador y la luna, casi plena, contempla en perspectiva cenital al Museo Nacional de Arte de Catalunya (MNAC), en Montjuic. Llevo una chaqueta de punto porque el bochornoso calor del verano todavía no ha hecho presencia, aunque la climatología empieza a premiarme con cálidas noches de brisa suave y aura acogedora. Escucho a Lori Meyers, porque últimamente no suena otra cosa dentro de los límites de mi intimidad. Estoy sola y así es como me siento más yo, más natural, más auténtica. Siento una paz inquietante, como si fuera libre para hacer cualquier cosa y, sin embargo, sólo me apeteciera quedarme un rato más aquí sentada en mi silla, con el ordenador frente a mí y, más allá, cientos de personas en sus casas haciendo su vida. Y cada vez se hace más oscuro y cada vez estoy más a gusto. Pienso y repienso, en todo cuanto ocupa mi cabeza, y me aburro de pensar. A veces sonrío al mirar la silla vacía que hay a mi lado y descubriéndome a mi misma imaginando quién se sentaría en ella si pudiera elegir compañía en este momento. Y, aunque esté muy a gusto en mi soledad, quizá ahora merezca la pena sacrificar parte de ella en favor de algo que pinta mucho mejor. Lo iremos viendo, seguro.

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