sábado, 31 de diciembre de 2011

2011

Hoy, 31 de diciembre de 2011, volvía a casa en el 24 recuperando instantáneas de lo que han sido los últimos 364 días de mi vida. Y, aunque no creo que pasar del 2011 al 2012 suponga un cambio de etapa en sí mismo, reconozco que estas fechas animan a empaquetar el pasado y renovar las esperanzas motivadas por un nuevo comienzo, más ilusorio que real en cualquier caso.

Mi año ha sido largo y corto a la vez. Ha estado lleno de contrastes, como no podía ser de otra forma. Y, viéndolo desde esta perspectiva, se ha convertido en un aula de aprendizaje continuo con evaluaciones bastante severas.

Por orden cronológico los hechos se resumen de esta manera. Inicié 2011 con un maratón de la que sería mi serie predilecta este año: Fringe, dejando patente que si algo atrapa y ejercita mi imaginación mi fidelidad está garantizada. Después, el invierno fue duro, mi autoestima blanda y el colapso más que esperado. La vorágine emocional bloqueó mis ideas y con ello se paralizó el fin de un proyecto vital muy importante: mi primera novela. Mi padre me rescató hábilmente del laberinto de desesperanza en el que daba vueltas sin rumbo intentando controlar todo lo que sucedía alrededor. Él abrió la puerta tras la que se ocultaba el final de La Ruta Hacia Sofía y todo empezó a fluir. Terminé la novela. Culminé un sueño y lloré de felicidad, una y mil veces, al leer lo que había sido capaz de describir en aquellas 180 páginas. Por fin había terminado el merecido homenaje a mi hermano. Él nunca llegó a leer nada escrito por mí, nunca supo de mi pasión, nunca vio iluminarse mi cara al encontrar la fórmula para resolver una historia que se me resistía. Él nunca sabrá que es mi gran inspiración en la vida y que está en todo lo que hago, todo lo que siento, todo lo que soy. Cada año, cada día de mi vida y para siempre.

El fin de La Ruta Hacia Sofía fue como un cataclismo que arrasó con todo. Mi vida emocional se reseteó en un claro intento de reinventarme. Pasó el invierno y empezó la primavera. Con el sol apuntando directamente a mi balcón asumí que estaba sanando mis heridas cuando, en realidad, sólo había colocado una tirita que más o menos hacía un apaño. Y entonces me enamoré. Fue un amor intenso, divertido, extraño en ocasiones, creciendo como un globo dentro de un pequeño recipiente cerrado. Como era de esperar el globo reventó de forma prematura y la valentía del amor dio paso a la cobardía del desamor. Mientras, se terminó el verano y me encontré en un otoño demasiado estival, lo que supuso un imposible olvido alargado hasta la más dolorosa agonía.

Pero llegó el invierno otra vez y ¡sorpresa! la vida vuelve a ser generosa conmigo. Desterrada la desgana y el fruncimiento de ceño, voy paso a paso hacía un nuevo resurgir. Sin prisas, con mucha, mucha calma, por primera vez en mi vida. Saboreando cada abrazo, cada risa, compartiendo sintonía con personas nuevas y personas antiguas, que siempre han estado ahí. Creando entornos de tranquilidad y estabilidad en los que expresarme tal y como soy, sin miedo, sin reservas, sin incomodidades.

Esta noche alzaré mi copa y brindaré por este enorme año repleto de disparidad. Gracias a todas estas experiencias mi vida es cada vez más rica y mis historias cada vez más intensas. Seguiré absorbiendo todo lo que venga, bueno o malo, con la misma pasión, porque no concibo mi paso por el mundo de otra manera.

Gracias 2011.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Frío

Hoy ha vuelto el frío de verdad, el de poner la calefacción y esconderse bajo la manta. Ha vuelto por fin y con él se ha marchado definitivamente el verano. Un verano que todavía andaba dando coletazos. Todo ha cambiado, el calor ha dado paso a ráfagas de viento y pies helados. Ya no apetece sentarse en el balcón a pasar el rato, nada de cañas en terrazas a media tarde o noches interminables de vino, tortilla-pizza y risas. Estaba ansiosa porque el frío arrasara con todos esos recuerdos y dejara, otra vez, un terreno vacío en el que poder verter nuevas y maravillosas historias que están comenzando a ocurrirme.

Hoy, después de muchos meses, lo único que de verdad me apetece hacer es sonreír y acurrucarme bajo la manta para disfrutar de este momento.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Soñadora

Yo soy una soñadora, una insaciable consumidora de situaciones increíbles, de personas extraordinarias, de emociones desbordantes. Soy impaciente, no sé esperar a que ocurran las cosas, me cuesta darle tiempo al tiempo y sentarme a ver cómo todo se pone en su lugar. Tampoco creo que exista un único lugar para cada cosa. Es más, pienso que todo está en permanente movimiento y que dentro de la constante evolución de las cosas yo soy una insignificante marioneta dando palos de ciego.


Moverme es lo más parecido a sentirme integrada en toda esta grandeza que me rodea y, muchas veces, me abruma. Moverme es lo que alimenta mi curiosidad por todo, por ir más allá, por sentir más, por descubrir, por experimentar. Y en este encaje de bolillos que es el vivir tal y como yo lo concibo recopilo experiencias día a día. Todas ellas son retales cosidos con el fino hilo de las señales, esos impactos instantáneos que, en ocasiones, me guían a través de la confusión autogenerada.

Sí, la duda es mi constante. Forma parte intrínseca del querer abarcar el máximo, del no poder discriminar. A veces hay que filtrar y decidir, priorizar, tomar consciencia de que hay cosas que no podemos alcanzar y que hay otras que, aún estando cerca, ni hemos considerado. Cuando las posibilidades son infinitas, la aspiración nos ciega. Por suerte estoy aprendiendo a frenar y tomarme las cosas con algo más de calma. Pues la satisfacción no está en el logro sino en saborear el camino que nos lleva hasta él.

domingo, 4 de diciembre de 2011

Domingo

Hoy es domingo. El domingo siempre me ha parecido el fin de una frase construida durante toda la semana. El lunes sería la mayúscula de inicio y el domingo el punto y final. De esta manera, frase a frase, voy construyendo la historia de mi vida. Y, aunque resumir las experiencias de toda una semana en una sola frase podría parecer un acto reduccionista del vivir, me resulta una manera sencilla y práctica de determinar lo que es verdaderamente importante.


Reconozco haberme perdido en multitud de ocasiones en el exhaustivo análisis de cada situación vivida. Y en mi afán de entenderlo todo descubrí que los misterios de la vida, esos que alimentan mis sueños, no responden a un patrón alcanzable a la comprensión humana. Empiezo a asumir que hay preguntas que nunca podrán responderse, porque no existe razón capaz de alcanzar la abstracción de los sentimientos.

Durante meses he estado jugando el rol de mediadora entre mi razón y mi corazón. Un papel que ya había interpretado en otras ocasiones pero nunca con tan poco éxito. Me ha tocado estar en medio de una batalla entre dos posiciones totalmente opuestas, tan radicales que los intentos de aproximar posturas sólo han logrado separarlas más. En innumerables ocasiones he sido victima de su fuego cruzado, la razón disparaba dardos de duda argumentada y el corazón balas de certeza emocional. Me he mantenido en mi lugar tanto como he sido capaz, pero llegó el día en que tuve que soltar las riendas, rendirme, apartarme y mirar hacia otro lado. Entonces decidí aliarme con el tiempo y formamos equipo con la indiferencia. Con ellos de mi lado he ido dando pequeños pasos hacia adelante, a veces certeros otros equivocados, pero cada uno de ellos ha ido generando la fantasía de que me alejaba del conflicto.

Llegada a este punto, hoy, domingo, mi frase semanal se reduce a una palabra "Honestidad". Estos últimos siete días me he descubierto en mi propia fantasía, en mi mundo irreal de seguir adelante sin más. He caído en la cuenta de que me embarcaron forzosamente en esta travesía y que esperaba que los mismos que me lanzaron a la deriva vinieran a rescatarme. Y lo único que ha podido salvarme ha sido la total y absoluta sinceridad con lo que siento y con lo que pienso. La honestidad es el punto de aproximación entre mi razón y mi corazón que llevaba buscando todo este tiempo. Y aunque su cometido no es despejar dudas, ni revoca sentimientos, arroja algo de claridad sobre toda esta enredadera de sin sentidos.

sábado, 19 de noviembre de 2011

Modelar el hierro

Hace algún tiempo, en un lugar entre mi pasado y mi futuro, me encontré un objeto de hierro. Era un bloque macizo sin forma definida pero con un semblante muy atractivo. Con mis vivencias de la mano deseé que aquello estuviera allí por algún motivo, un motivo más allá de la simple coincidencia. Y esa idea provocó en mí un sentimiento protector nuevo e inquietante. Me llevé el objeto a mi casa, lo limpié, lo coloqué en un lugar donde pudiera admirarlo cada día, a todas horas. Le creé prácticamente un altar donde lo adoraba con devoción. En aquel momento, y como si una fuerza descontrolada me empujara a ello, todo mi mundo empezó a girar a su alrededor.

Pasó un tiempo en el que sentí algo parecido a la plenitud. Hasta que un buen día de apariencia normal, mi corazón dio un vuelco y ese momento de incertidumbre fue aprovechado por mi razón para generar una idea en mi consciencia. Empecé a pensar que, desde mi encuentro con el bloque de hierro, yo no había dejado de evolucionar hacia la entrega absoluta y, mirándolo con la curiosidad y el ansia en los ojos, me dí cuenta de que él seguía siendo lo que era, un bloque inerte. Mi primera reacción fue creer que podría intentar cambiarle. Si yo lo había logrado ¿por qué él no iba a hacer lo mismo por mí? Empecé a acariciarle todos los días, creyendo que la fricción de mi tacto lograría modelarle. Durante un tiempo estuve segura de poder conseguirlo. Incluso a veces lo miraba con atención y creía estar viendo una figura distinta.

Una mañana me desperté e hice lo mismo que llevaba haciendo durante meses, buscarle con mi mirada. Pero ese día no le encontré, ya no estaba. Había desaparecido. Y nunca más volví a verle.

sábado, 5 de noviembre de 2011

Cintas de Cassette

En el transcurso de una vida hay muchos objetos que van quedando obsoletos, anticuados. Muchos que, en su momento, nos hicieron vibrar con su excepcional diseño o su particular funcionamiento. Toda una novedad que en años se acaba convirtiendo en parte del recuerdo. Pero, curiosamente, la moda ha dado con la forma de potenciar nuestro consumismo a través de la nostalgia. Es por ello que, cada vez más, se ha implantado la tendencia de recuperar objetos de nuestro pasado, incluso de un pasado anterior, y hacerlos apetecibles, casi imprescindibles.


Me pregunto si eso podría ocurrir también con las relaciones. Es decir: estar con alguien, que por diversos motivos (o por uno solo) la cosa no funcione, romper, que pase algún tiempo y, de repente, un reencuentro y una nueva oportunidad frente a ti. Ya no sois las mismas personas que antes, quizá hasta seáis un producto mejorado. Está ahí, sólo tienes que aceptarlo y cogerlo cuando te apetezca.

Nunca creí en las segundas oportunidades. Pero las veo a diario, estoy rodeada de ellas. Hay tiendas incluso que le dan segundas oportunidades a objetos obsoletos. Hay gente que los colecciona. Hay cierta devoción por ello.

Cada vez estoy más convencida de que la vida es un bucle en el que sólo cambian ciertos detalles. Y, a veces, nos dejamos llevar más por las oportunidades que se nos presentan que por lo que realmente queremos hacer. Porque enfrentarnos a lo que en realidad deseamos a veces duele. Aunque, a la larga, estoy segura de que es lo mejor. O eso me gusta pensar.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Improvisando

Tengo ganas de escribir. Tengo muchas ganas de escribir. Tengo tantas ganas de escribir que no sé ni por donde empezar. Creo que debería pensar antes de ponerme a ello pero ¿sabéis? hoy no me apetece pensar. Hoy me apetece sólo escribir. Escribir sobre el bien y sobre el mal. Sobre las personas que me importan y sobre las que no. Quiero componer un texto fiel a mi sentir pero, a la vez, que no tenga nada que ver conmigo. Quiero disponer de toda mi creatividad en este preciso momento y volcarla en palabras sin sentido que puestas en frases se tornen coherentes. Quiero improvisar y ser espontánea, explicar y delirar, soñar y despertar, dejarme la piel en descubrir todo lo que soy, todo lo que tengo, todo lo que puedo dar. Básicamente hoy sólo quiero improvisar, fluir, dejarme llevar sin control, sin razón, sin esquemas, sin cuestionarlo todo. Eso es lo que me apetece y es lo que voy a hacer.

miércoles, 12 de octubre de 2011

Carta a "Medias Tintas"

Estimada 'Medias Tintas',


Te escribo para despedirme de ti. Tras meses de relación me temo que he dejado de sentir el conformismo necesario para seguir con ésto. Podría decirte que lo siento. Sí, quedaría bien hacerlo puesto que estoy rompiendo contigo. Pero, honestamente (y sabes que siempre lo he sido), no me da ninguna pena decirte adiós. Puede que ésto te duela pero debes reconocer que nuestra relación no ha sido idílica precisamente.

Desde el inicio yo dejé claro que soy una persona intensa, decidida y entregada al 100% a todo lo que la vida pueda ofrecerme. Tú lo sabías y, pese a ello, quisiste permanecer a mi lado durante este tiempo creyendo, supongo, que podría cambiar de opinión, conformarme, digamos. Al principio lo intenté, no te voy a decir lo contrario. Pensé que era mejor ésto que nada. Pensé que el TODO era demasiado complicado. Y me dejé llevar por ti, 'Medias Tintas', me atrajiste con tu estar sin estar, querer sin querer, hacer sin hacer... Era fácil, yo seguía con mi vida, con lo conocido, con lo controlable y, por ende, estable, y obteniendo de ti pequeñas dosis de algo bueno, sin serlo en realidad. Digamos que me afilié al "sí, mucho" y me desentendí del "pero no tanto".

Y ahora quiero dejarlo. Quiero buscar mi propia Totalidad. Quiero encontrar la autenticidad, la valentía absoluta, la ilusión completa, las ganas por encima de todo. Quiero la entrega y la quiero sin límites. Voy a darlo todo, como lo he hecho siempre. Y voy a olvidarte 'Medias Tintas', debo hacerlo.

Estoy convencida de que encontrarás a alguien que desee estar contigo.

Un abrazo
Esther

martes, 11 de octubre de 2011

Una noche cualquiera

-Ya vale- suspiró Clara frente al espejo sin atreverse a mirar su reflejo al completo. Sólo podía observarse por partes. Primero sus ojos, subrayados por un denso color púrpura, luego sus labios, medio escondidos en una mueca de tensa seriedad, su pelo alborotado y su frente brillante. La tenue luz de la lamparita de noche demacraba aún más, si eso era posible, su aspecto. Y, por primera vez en mucho tiempo, se vio realmente fea.


Salió de la habitación intentando no hacer ruido. Abrió la puerta de la cocina y dio al interruptor. El fluorescente parpadeó unos segundos antes de encenderse. Y en ese tiempo pudo verle allí. Era su silueta, de perfil, fregando los platos, esculpido a la perfección por su imaginación. Quiso hacer lo que había hecho tantas veces, acercarse a él en silencio, abrazarle suavemente por detrás y quedarse allí, apoyada en su cálida espalda hasta que terminara su tarea. Pero no se movió, consciente como era de que aquello volvía a ser una proyección de su propia nostalgia.

Se preparó una infusión doble de tila y volvió a la habitación. Se sentó en el borde de la cama. Sintió los pies fríos y se frotó uno con el otro. De repente se le ocurrió preguntarse en qué estaba pensando, pero no pudo responderse. Se preguntó qué sentía y obtuvo el mismo resultado. Se preguntó qué quería y volvió a mirarse al espejo. Bebió un sorbo de la taza humeante y el calor recorrió todo su cuerpo. Suspiró.

-No sé qué debo hacer ahora- susurró- Quizá lo mejor sea no hacer nada- sentenció.

viernes, 7 de octubre de 2011

A mi hermano (hoy y siempre)

Dicen que los traumas nos marcan de por vida y nos hacen evolucionar de manera distinta a como lo hubiéramos hecho de no haberlos sufrido. Yo no sé cómo hubiera sido si mi hermano no hubiera muerto de cáncer, lo que sí sé es cómo soy debido a ello. He visto cuán frágil es la vida muy de cerca y he sentido cuán desgarrador puede ser el dolor de la pérdida definitiva. No por ello me siento una víctima, ni quiero proyectar esa imagen a los demás. Pero aquello marcó profundamente mi andar en la vida, de eso no tengo la menor duda.


Ya han pasado 14 años de su muerte, los mismos que viví junto a él y todavía hoy se escurren las lágrimas por mis mejillas al recordarle. Creo que nunca seré capaz de poner en palabras lo mucho que le echo de menos. Tengo ganas de hablar con él, de abrazarle, de compartir un rato juntos. Él no está pero su presencia sigue en todas partes. Sigue en mí. Es el recuerdo más bonito de mi infancia y a menudo me pregunto cómo hubiera sido de adulto, si se hubiera sentido orgullosos de mi, si me hubiera apoyado en las decisiones que he ido tomando.

Hace algún tiempo que asumí que no le vería más y que debía seguir con mi vida. Pero él se quedó con parte de mi corazón dejando un vacío que hace que me sienta incompleta. Y eso va a ser siempre así. Saber de antemano que nunca llegarás a sentir la felicidad en su totalidad porque habrá un motivo para estar triste que te acompañará toda la vida, es un lastre que no muchos son capaces de entender.

Hace catorce años perdí a mi mejor amigo, a una de las pocas personas que me han demostrado que el amor puede ser incondicional. Su recuerdo me empuja cada día a creer que puedo lograr alcanzar de nuevo esa sensación. Porque sé que es posible que alguien te quiera tanto que, incluso la noche de su muerte, dilate su agonía sólo por verte una última vez. Con él se fue la Esther ingenua y con su ejemplo dejó aquí a la Esther luchadora. Nunca podré agradecer suficiente su existencia.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Lo auténtico. Sin bobadas.

Hoy, después de mucho tiempo, he sentido que, por fin, podía hacer lo que me diera la gana, decir lo que me diera la gana, pensar lo que me diera la gana. Sí, parece que siempre lo hago, al menos en este mundo paralelo y extremadamente honesto de *mejorquebien, pero no es así. Puedo asegurar y aseguro que llevo semanas reteniendo mi más profundo deseo en una minúscula cápsula de acero sumergida en un lugar inhóspito de mi consciencia, allí donde nadie se ha atrevido a llegar nunca. Y si la escondí tan bien fue porque antepuse mi cobardía a mi propio anhelo.


Creí que tenía que luchar pero me rendí, creí que tenía que hablar pero me callé, creí que tenía que viajar pero me quedé quieta. Creí a los que me dijeron "es complicado que funcione" y me resigné en vez de gritar lo que realmente pensaba "¡Bobadas!". Sí ¡Bobadas! Grandes y absurdas bobadas que nos llevan a estar lejos de lo que realmente queremos. Las mismas que nos hacen creer que estamos haciendo "lo mejor para el resto" aunque estemos haciendo "lo peor para nosotros mismos". Las bobadas provocan que dejemos de creer en las cosas que son auténticas, en las cosas mágicas, en las cosas únicas que suceden contadas veces en la vida (o ninguna). Las bobadas nos atontan, nos distraen, nos acobardan y nos apartan del verdadero sentido del todo.

Hoy he decidido dejarme de bobadas. Voy a volver a lo intenso, a lo genuino, a lo explosivo. Voy a volver a creer, voy a hacerlo con todas mis fuerzas. Voy a ser natural, espontánea y disparatada de nuevo. Voy a decir, hacer y pensar lo que me de la gana. Voy a salir y explicárselo al viento. Le diré toda la verdad, le hablaré de lo que no olvido, de lo que no se rinde en mí, de lo que no desaparece. Hay millones de fugacidades por ahí y la certeza invariable escasea. Y me aferraré a ella. Intentar esconder esa verdad es esconderme a mí misma. Y no quiero sentir que me escondo nunca más.

viernes, 30 de septiembre de 2011

Mecanismos de respuesta

La gente me cuenta cosas. Suelo provocar ese efecto en las personas. Será porque siempre se me dió bien callarme y escuchar. Será porque toda mi vida fui aquella chica en segundo plano de un grupo de gente protagonista con, lo que creía eran, experiencias vitales mucho más interesantes que las mías. El hecho es que desde hace mucho tiempo soy escuchadora. Y complemento esa faceta con otra, la de ser observadora. Escucho y observo. Lo hago a todas horas, no sólo cuando alguien tiene que contarme algo, también cuando paseo, cuando estoy en el trabajo, cuando estoy rodeada de gente o cuando estoy sola. Me observo a mí misma a veces y me escucho internamente. Todo ello permite que tenga un enorme saco de información que uso con diversos propósitos. Uno de ellos es entender lo que ocurre. Y de eso va mi historia de hoy, de aquellas cosas que un día alguien te contó y dejaste almacenadas en algún lugar poco relevante de tu mente. De aquellas cosas que, pasado el tiempo, se convierten en la clave para resolver incógnitas que te traen de cabeza.


Además de ser escuchadora y observadora, he desarrollado un mecanismo de impulso recordatorio que, de primeras, parece aleatorio pero con el tiempo he determinado que no lo es. En mi mente existe una clasificación caótica de elementos informativos basada en criterios que maneja mi subconsciente. Lo que explica que me pueda pasar tiempo y tiempo dándole vueltas, tozuda y perturbadamente, a algo que no logro comprender hasta que un buen día, de la nada, surge un pensamiento que lo aclara todo. Ese click, esa especie de conexión neuronal divina que te lleva al final del camino por el que divagabas en círculos.

Esta vez el mecanismo ha tardado en activarse dos meses. Dos largos meses en los que he intentando adivinar qué había hecho mal para que la persona por la que suspiraba hubiera decidido desaparecer de mi vida sin dejar rastro. Invertí mucho tiempo en encajar piezas invisibles, en buscar excusas insostenibles, tratando de encontrar una explicación mínimamente reconfortante. Entonces ¡ZAS! el mecanismo tomó el control y trajo a mi consciencia el recuerdo de una conversación. Un instante de confidencia que yo había procesado como algo especial y único que ocurre entre dos personas que se quieren. Y obvié lo importante, las palabras. Recuerdo haber escuchado expresiones tales como "me alejé", "no la llamé", "no respondía a sus mensajes", "me agobié". Y recuerdo haber omitido todo aquello en favor de un sólo pensamiento "Eso no nos pasará a nosotros, lo que tenemos está por encima". Preferí creer en él, en la persona que me miraba a los ojos y me contaba sus relaciones anteriores con naturalidad. Elegí creer que yo le importaba y que eso no variaría pasara lo que pasara. Preferí sentir que estábamos viviendo en la realidad que habíamos soñado alcanzar en infinitas ocasiones. Y elegí ir descubriéndole como si fuera lo que él decía que era, una persona distinta a la de su pasado. Elegí apostar mis cartas a que nunca me haría sentir como "una más" y esa mano reconozco haberla perdido.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Bitácora

Llegué a casa triste. No sé por qué el tren de vuelta de mi pueblo me puso tan melancólica. Mi casa actual está a poco más de 45 minutos en transporte público del que fué mi hogar hasta la veintena y me doy pocas opciones para echarlo de menos. Siempre que me apetece voy, sin más. Pero, en los últimos meses, los viajes de vuelta a Barcelona se han tornado grises. Noto que me pongo seria, disgustada quizá, no lo sé. El caso es que abundan los momentos, durante el viaje, en que rompería a llorar sin consuelo. Pero me aguanto, trago las lágrimas e intento mantener el tipo, seria y contenida.


Ayer viví uno de esos momentos y llegué a casa triste, con ganas de encerrarme en la habitación y dejar que saliera lo malo. Por suerte no iba a haber nadie, todos estaban fuera y simplemente tenía que entrar en el piso, atravesar el pasillo y llegar a la puerta número tres, cerrarla tras de mí y dejarlo fluir. Ese era mi plan. No contemplaba otra opción hasta que abrí la puerta y eché, como siempre, un vistazo al mueble del recibidor. Vi las llaves de mi compañero de piso y dije un "hola" instintivo que recibió su respuesta inmediata desde el salón. Entré y le miré, estaba sentado en el sofá con el ordenador delante. Me senté en una silla y cruzamos un par de palabras. Con eso bastó. Supe que él tampoco estaba bien. Le pregunté directamente "¿Qué pasa?" y hablamos. Me contó los devenires inquietantes de su relación y apenas me sorprendí al ver tantos puntos en común con la que fue la mía. Pero su seguridad me abrumaba. "Tú eres la roca, la columna inquebrantable sobre la que se sustenta la mayoría del peso de la estructura", recuerdo haberle dicho. Y le admiré, como nunca antes había admirado a nadie. Respiré profundo y derramé una lágrima de alivio. Él me miró y me cogió la mano en silencio. Sentí que en ese momento todo iba bien. "Tienes que hacerme un favor" le pedí. "Lo que necesites", me respondió. "Mañana acompáñame a correos y terminemos con esto de una vez". Me cogió la mano con más fuerza y pude adivinar una sonrisa en sus labios mientras decía "sí, es la hora". Nos abrazamos y al poco él se marchó. Después pasé la noche inmersa en una profunda sensación de paz.

Hoy fuimos a Correos juntos... Y cuando hice lo que debí haber hecho hace tantísimo tiempo, él me abrazó. Allí, en mitad de la sala, delante de media docena de desconocidos, me abrazó leyéndome el pensamiento y no dijimos nada más. Salimos de allí y ya no tuve más ganas de llorar.

domingo, 25 de septiembre de 2011

La Princesa de los ojos rubios

Había una vez, una tierra en mitad de ninguna parte donde el césped era rojo y los árboles púrpuras. Una tierra vasta y frondosa, llena de riquezas extrañas y personas sencillas. Allí vivía una joven de pelo azul y ojos rubios, hija de un rey que no ejercía ningún poder y cuyo pueblo había escogido seguir llamándole por su título. El Rey y la Princesa residían en un pequeño palacete a orillas de un río de agua salada. Regentaban un taller donde creaban lo imposible. Producían por encargo los objetos más inverosímiles e increíbles que nadie haya imaginado nunca. Cuando alguien quería hacer un regalo especial o simplemente tenía una idea descabellada, acudía a su taller y allí lo materializaban. No es extraño, entonces, que La Princesa hubiera crecido con la convicción de que, incluso, lo inalcanzable puediera ser logrado.


La joven, que no era, ni mucho menos, la princesa más bella de las que jamás hayan existido, ni la más dulce, ni siquiera la más encantadora, poseía una extravagante rareza que la hacía verdaderamente atractiva. Paseaba por la vida con libertad, sin limitaciones de ningún tipo. Podía hacer lo que quisiera con quien quisiera. En aquellas tierras no había leyes restrictivas ni normas sociales que colapsaran sus aspiraciones de experimentarlo todo. Pero sí que existía una tradición que había perdurado generación tras generación y nadie, absolutamente nadie, había osado quebrantar. Esa tradición exigía que todos los habitantes de aquellas tierras debían casarse con la persona que verdaderamente amaran, la persona por la que estuvieran locamente enamorados, sin concesiones.

Aquella tradición planeaba sobre su cabeza transformada en pájaros de preocupación. Aunque no siempre fue así. Durante su adolescencia, alardeaba de esa frágil inocencia con la que construir castillos de arena sobre preciosos parajes de ideal porvenir. Creía en la tradición sobre todas las cosas y soñaba con el día en que su amor definitivo apareciera por obra y gracia de la casualidad. Pasado el tiempo, la experiencia le decía que encontrar al amor de su vida era una ardua tarea que nunca llegaría a cumplir. Y la impaciencia la invadía al ver que a su alrededor el amor florecía en cada una de las personas de su círculo más cercano.

Había hablado alguna vez con su padre mostrando cierta inconformidad con aquella tradición. Pero el Rey siempre respondía con palabras alentadoras, llenas de optimismo y animándola a no desistir: "Allí fuera está la persona que provocará en ti sensaciones que jamás has experimentado. Si todos en estas tierras la hemos encontrado ¿por qué tú ibas a ser distinta?". La Princesa llegó a dudar de las palabras de su sabio padre, pues ella había sentido muchas cosas por hombres que llenaron su vida de fortuna y diversión, pero, a pesar de todas las emociones vividas, cuando llegaba el momento de plantearse dar el paso hacia el matrimonio, todo se desvanecía. "Y si no es él y si lo que siento no es más que un espejismo y si se me pasa con el tiempo y si echo a perder la tradición de siglos y siglos de antepasados". La duda y la presión terminaban por desmantelar lo construido y, aún habiendo crecido rodeada de la realización de imposibles, el amor puro e indestructible se le antojaba inexistente, al menos para ella.

(continuará...)

jueves, 22 de septiembre de 2011

Supongamos que...

Supongamos que tengo una caja....una de zapatos, pongamos. Dentro hay una sudadera, un reloj, una entrada que nunca se llegó a usar, un papel con un mensaje bonito...y algunas cosas más. Está debajo del escritorio, detrás de un ventilador. Supongamos que hace una semana me propuse llevarla a Correos y enviarla lejos. Y pongamos que no pude hacerlo. Digamos que me paralizó la decepción de creer que estaba abandonando una lucha importante. Un reto que había empezado tiempo atrás y al que me costaba renunciar. Supongamos que lloré mientras empaquetaba los mejores recuerdos y pongamos que desplegué mis ejércitos a muerte en la que fue la última batalla.

Supongamos que gané aquel enfrentamiento final y ahora...tengo las reliquias del amor pasado en una caja de zapatos.

Suena triste sí, aunque lo cierto es que no lo es.

lunes, 19 de septiembre de 2011

El rompecabezas

Solíamos charla durante horas. A veces, incluso, se nos escapaban las noches sin darnos cuenta. Éramos insaciables. No teníamos medida y poco nos importaba. Mirábamos al rededor y la vida seguía a cámara lenta mientras nosotros corríamos hacia una meta indefinida. Pensar no era una opción, actuar era lo único. A cada palabra un reto, a cada reto un impacto directo al corazón, a cada impacto una debilidad, a cada debilidad una razón para dudar, a cada duda un miedo y a cada miedo una única respuesta, la huida. Cobardía profunda que dibujó el fin de una era.



jueves, 15 de septiembre de 2011

16 días después...todo sigue igual

Hace 16 días que no escribo. 16 días que no expongo mis sentimientos, ni aquí ni en ningún sitio. 16 días en los que he dejado que me invadiera la racionalidad. 16 días en los que he sido menos yo que nunca.


Exceptuando pequeñas licencias dramáticas la última quincena ha sido bastante buena. No han dejado de pasar cosas que, hace meses, parecían imposibles. He recuperado las riendas de una vida desbocada por la intensidad de un amor loco. He aprendido a esperar en vez de desesperar, a querer en silencio en vez de exigir a gritos que me quieran, a seguir en vez de paralizarme por el miedo a perder (y a ganar). Debería estar contenta por ello y, sin embargo, confieso que me falta algo. No sé si es algo real o irreal, algo alcanzable o ilusorio, sólo sé que hay un hueco vacío dentro de mí que hace que todo lo demás pierda valor.

Hace 16 días que no me encuentro en ningún espejo, en ningún piropo, en ninguna palabra de cariño y admiración. Y hace 16 días que no paro de escuchar cosas buenas sobre mí. Cosas como que soy una persona increíble, especial y única. Pero al oírlas me quedo helada y, fuera de la gratitud de estar rodeada de personas que me quieren, no siento nada más. Es como si estuviera en otro sitio, lejos, muy lejos, en un lugar remoto en el que sólo llegan los sentimientos más intensos. Y allí, dónde un día creí encontrar lo máximo, me quedo a ratos contemplando el vacío.

Ahora me levanto cada día deseando llenarlo todo de aquel surrealismo que convertía un día cualquiera en el mejor posible. Y, contra todo pronóstico, en algún momento entre ayer y hoy volví a ser esa simpática, alocada y directa persona que arriesga y no se acobarda aún teniéndolo todo en contra. Desplegué mis velas por unos minutos rumbo al sur para luego recogerlas junto a la indiferencia. Y cuando volví caí en la cuenta de que todo sigue igual.

martes, 30 de agosto de 2011

Relatos cortos sobre amores fugaces (V.1)

"Galácticos"

Ella era una libre pensadora de sentimiento improvisado. Él, un rastreador incansable en busca de lo imposible. Ambos expiraban desencanto en suspiros interminables sin saber que, al menos, existía una persona en el mundo capaz de entender sus aspiraciones emocionales. Se perdieron en infinitas ocasiones, cada uno por su cuenta, volando en globos hinchados a medio gas.

Sus espaldas chocaron una noche cualquiera en un bar de pretensiones galácticas. Se giraron a la vez sin prestar atención al detalle de la sincronización de la acción mutua. Sus miradas se encontraron durante tres segundos y no ocurrió absolutamente nada. Ni chispas, ni fuegos artificiales, ni la sensación de haber encontrado algo. Simplemente se vieron, intercambiaron un "perdona" pronunciado al unísono y se distanciaron.

Después de aquella noche jamás volvieron a verse. Ella siguió experimentando relaciones imposibles con el deseo de hinchar su espíritu de emociones llevadas al extremo. Él se conformó con el buen hacer de personas dedicadas en cuerpo y alma a amarle. Lo que nunca supieron es que aquella noche podría haber supuesto un punto de inflexión en sus vidas de no ser por la apatía derivada de todas sus anteriores experiencias fallidas. En ese caso, su historia se hubiera escrito con estas palabras:

Sus espaldas chocaron una noche cualquiera en un bar de pretensiones galácticas. Se giraron a la vez sin prestar atención al detalle de la sincronización de la acción mutua. Sus miradas se encontraron durante tres segundos y sonrieron. "Perdona", dijeron al unísono y volvieron a sonreír. "Esto está lleno", comentó ella. "Sí, suele ponerse así a estas horas" dijo él acercándose a su oído. Fue cuando ambos aprovecharon la oportunidad de olerse e inspirar una pasión mareante que les enmudeció. Se volvieron a mirar a los ojos; ella con inconsciente seducción, él con encantadora picardía. Y entonces, a penas unos minutos después de coincidir por casualidad, se disparó el magnetismo. Hubo un algo indescriptible que les atrapó, que les obligó a mantenerse inamovibles en aquella situación, deseosos de atrapar cada detalle con todos los sentidos para evitar perder esa sensación de absurdo nerviosismo adolescente. Mantuvieron una larga conversación entre risas. No se fijaron tanto en lo que decían como en el modo de exponer sus divertidos razonamientos. Compartían un idioma que pocos entendían. Eran originales, disparatados, sarcásticos...Se entendía, se seguían y se atraían.

Al poco de aquella noche se enamoraron. Su amor fue tan intenso como fugaz. Se volvieron locos el uno por el otro. Planearon juntos lo que nunca quisieron planear con nadie más. Se regalaron incondicionalidad absoluta y dedicación extrema. Creyeron estar en el infinito. Inventaron un nuevo idioma común en el que Te quiero no eran palabras suficientes. Y en el proceso de afianzar aquella marea de sensaciones descontroladas se hundieron. Lo hicieron rápido. A penas hubo que echar un vistazo a lo que les separaba. Y como, en realidad, ninguno de los dos eran soñadores eternos, su amor se convirtió en su peor enemigo.

Se odiaron y se echaron de menos a grandes dosis. Pero acabaron distanciándose, como si el uno no hubiera existido para el otro. Desaparecieron en lo físico como ocurrió realmente aquella noche en aquel bar. Y no aprendieron nada, ni hubo moraleja, simplemente siguieron sus vidas mirando de vez en cuando hacia atrás y reviviendo momentos inolvidables.

domingo, 28 de agosto de 2011

El arte de entender

Desde que tengo uso de razón he intentado describir las cosas de la forma más precisa posible. Situaciones, sentimientos, acciones...todo lo que me ha ido sucediendo he tratado de explicarlo, ya sea en una conversación con amigos o por escrito, con la mayor de las exactitudes, buscando las palabras más adecuadas. Todo ello por dos motivos: uno, el reto de enriquecer mi vertiente literata y el otro, para hacerme entender.


De las muchas cosas que pueden ocurrir en la interacción entre personas, si hay una que no encajo bien es la falta de entendimiento. Y ésta es directamente proporcional a la voluntad de cada individuo. Algo que acabo de aprender. A mis 28 años, con una licenciatura y un master, habiendo vivido cientos de experiencias enriquecedoras y frustrantes, acabo de darme cuenta de que no basta con intentar hacerse entender si no que, también, hay que saber entender. Parece una lección fácil pero os aseguro que es de las cosas más complicadas que he hecho nunca.

La mayor barrera que se interpone al entendimiento, a mi modo de ver, es el enfado. Si estás enfadado con alguien dificilmente tendrás la voluntad suficiente como para entender su postura. Y no contento con eso, intentarás que esa persona que te ha ofendido haga el esfuerzo de escucharte y comprenderte a ti, puesto que por alguna ley subjetiva te crees con ese derecho. En tu mente todo es razonable, si esa persona no hace por entenderte es porque no le importas. Pero si tú no haces por entender a esa persona es porque te ha hecho daño y, lo peor, es consciente de ello. Por lo que ya tienes excusas para no pensar que a ti tampoco te importa. Así de manipuladores podemos ser a la hora de justificar nuestra propia falta de voluntad.

Llegados a este punto pueden ocurrir varias cosas. Una de ellas es que las partes en conflicto nunca lleguen a un punto de entendimiento por el desgaste mutuo e interminable de incomprensión, primero, y huida de la confrontación, después. Habitualmente este es el límite al que se llega cuando no hay una exposición clara de lo ocurrido, aunque sea en versiones dispares. Tomas la decisión visceral de esconderte tras lo superficial para ocultar el verdadero motivo de fondo, creyendo que si ocultamos nuestras debilidades seremos más fuertes. Aunque, en realidad, es la aceptación de esas "limitaciones" lo que nos permite ser lo que somos y estar tranquilos con nuestra manera de afrontar la vida.

Insisto, teóricamente parece fácil, pero en la práctica el orgullo y las expectativas lo complican todo. A veces hasta llegar a un punto desquiciante, un punto en el que ya no sabes ni qué quieres ni qué debes hacer. Y frenas porque ambas partes habéis cogido velocidades de vértigo en direcciones totalmente enfrentadas. Ninguno tiene voluntad solventadora y el choque está garantizado. Los primeros efectos de la colisión son devastadores y es entonces, y sólo entonces, cuando te planteas si era necesario llegar hasta ese extremo.

Quizá no lo era o quizá sí. Quizá podías haberte ahorrado el dañar a otra persona y a ti mismo, o quizá no. Quizá las cosas ocurran por una simple y poco esperanzadora razón, porque tienen que ocurrir. Quizá en nosotros resida la clave de la superación. Y, quizá, ésta sea el asumir la pérdida como una ganancia. Porque caer no debería ser más que el paso previo a crecer.

jueves, 25 de agosto de 2011

Yo en mi misma

A efectos prácticos soy una persona visceral. Un ser irracional que se dedica a dejarse llevar por la intuición, la emoción y demás sensaciones físicas y sentimentales alejadas de la racionalidad. Así soy yo. Hasta el momento me ha ido bastante mal siendo como soy, pero no me quejo, porque también me ha ido bastante bien. Es decir, mi balanza esta equilibrada. Tirar de irracionalidad te pone en situaciones muy intensas, muy propensas a los extremos pero siempre en ambas direcciones, en la positiva y en la negativa. Por ejemplo, si te enamoras, sientes que el mundo empieza y acaba en esa persona. Si te dan la patada, sientes que el mundo ya no empieza pero sigue acabando en esa persona. Mucho drama, mucha tragedia, mucha gilipollez. Insisto, así soy yo. Todo es bueno y malo al mismo tiempo, dulce y amargo, bonito y feo, intenso e insustancial, lógico y contradictorio. La mente me funciona a mil por hora, conecto, desconecto, hago, deshago, inspecciono, desarmo, creo, pim, pam, pum y zas! al final suelto una barbaridad del tipo "si esto es así y lo otro es asá y lo de más allá era de esa manera entonces llego a la conclusión de que por esas tres cosas el mundo es una mierda". Así es, soy una sentenciadora. Mi CV personal empieza a dar vértigo. Pienso demasiado pero en realidad hablo como si no lo hubiera hecho. Mi honestidad es una bomba de relojería de la que hacerme responsable me cuesta horrores. Yo lo suelto, a ver qué pasa...y si no pasa lo que yo espero, Ups! maniobras de escapismo dialéctico. Eso sí, podría estar horas hablando y hacer creer al otro que lo que digo es sensato, aunque sea mentira. Eso también.


Por todo ello se me han puesto etiquetas tan suspicaces como las de "rara" o "complicada". Tampoco es que me importe mucho. Mis peculiaridades son, sin duda, mi mayor virtud. No porque yo lo diga, que también, si no porque me permiten hacer una cosa que sin ser como soy nunca podría realizar. Vivir las cosas como las vivo me otorga la capacidad de escribirlas como las escribo. Y ese, para mí, es el mayor triunfo de mi existencia.

martes, 23 de agosto de 2011

La chica de ojos tristes

Descubrí a la chica de ojos tristes en el tren. Estaba sentada y escuchaba música con la mirada perdida. En ocasiones se le enrojecía la nariz y se le acristalaban los ojos, era cuando bajaba la mirada y se mordía el labio inferior como queriendo retener algo que estuviera a punto de desbordarla. Agarraba con fuerza su teléfono móvil, como si aquel aparato fuera un oráculo que pudiera dar respuesta a todas sus inquietudes. Lo miraba con ansioso desespero aún sin tocarlo, simplemente merodeando con la mirada sobre la pantalla oscura. Y cuando hacía eso, su rostro se llenaba de esperanza, del deseo de que algo sucediera. Así supe que la chica de ojos tristes estaba esperando una señal. No sé de quién, ni en qué sentido, pero sé que en esa señal ella había apostado toda su fortuna emocional. Y la señal nunca llegó, al menos en el trayecto de tren en el que me sentí su acompañante.


Me enternecía contemplarla. Dulce y descompuesta. Cualquier artista capaz de captar su esencia hubiera creado una obra maestra. Su debilidad se hacía patente en el desvanecer de sus brazos sobre su regazo y su fortaleza se asomaba en su capacidad por mantenerse entera. A veces parecía que se iba a levantar en un instante e iba a salir corriendo fuera del tren para llorar a mares. Pero ella seguía ahí inquieta y estática, sin mirar alrededor, sin importarle quién pudiera estar observándola.

Sentí una fuerte conexión con aquella chica y, sin darme cuenta, estaba deseando meterme en su mente. Al ver ese hecho como algo inalcanzable, me guié por mi intuición y saqué algunas conclusiones. Verdaderas o no, sus ojos habían logrado atrapar mi atención y buscar respuestas a su tristeza se me antojaba inevitable. Percibí que estaba de luto, de luto por una pérdida muy importante. Estaba intentando recomponerse aunque la tristeza la empujaba a un intenso estado de desánimo. Pero su fortaleza, esa que se forja a base de la experiencia, no le permitía dejarse caer en la inercia del que se ve perdido. Y la lucha entre la pena y la superación del dolor estaba siendo feroz, tanto que se sentía confusa y aturdida.

Llegábamos a nuestro destino y quise saber más, quise ayudarla, quise decirle que todo pasa, que estar triste sólo es una fase y que estaba segura de que iban a ocurrirle cosas maravillosas en el futuro. Quise decirle que sentirse triste es bueno, porque es el indicativo de que algo ha sido muy importante en tu vida. Que no renunciara a vivir este momento porque de ello iba a sacar cosas positivas, porque cuando ocurrieran cosas buenas iba a valorarlas todavía más e iba a vivirlas con la mayor de las intensidades. Quise decirle tantas cosas que no le dije. Simplemente me quedé mirando por la ventana y allí me despedí de ella aún sabiendo que siempre estaría conmigo. Porque la chica de ojos tristes era yo.

martes, 16 de agosto de 2011

La primera cita (Parte 2)

Salí del baño vestida con la ropa que me había prestado. La camiseta me iba algo grande y los pantalones largos, no era el estilo seductor que me apetecía para aquel momento, pero tampoco tenía mucha más opción. Así que intenté darle toda la feminidad que pude a aquella ropa masculina y me acerqué hasta el sofá. Él estaba sentado haciendo como que hojeaba un catálogo de muebles.


-¡Ya estás aquí!- dijo girando el cuerpo hacia el respaldo del sillón para no darme la espalda- ¿Qué tal la ropa?
-Bien, bien... ¡Seca!- sonreí mirándome las piernas y tocando la tela.
-Oye- me echó un vistazo- pues ese pantalón te sienta mucho mejor a ti que a mi- rió.
-Gracias- sonreí tímidamente mientras me acercaba a la ventana y veía como seguía lloviendo a rabiar- ¿Esto no va a parar nunca?
-¿Qué prisa tienes?- dijo él.
-Eso ha sonado un poco a psicópata- reí con cara de desconfianza.
-Sí, vaya, tienes razón... El otro día me compré un libro en el que vienen varios ejercicios para ocultar esos pequeños gestos que delatan mi condición de asesino en serie de mujeres que vienen a mi casa a cobijarse, que de esas vienen tres o cuatro todos los días ¿sabes? Pero aún no he empezado a leerlo...- dijo con la ironía del que se sabe gracioso.

Nos reímos y pude observar en su mirada algo que me hacía sentir segura. Quizá un brote de humildad o sencillez, no sé exactamente qué era pero despertaba mi confianza.

-¿Qué te apetece hacer?
- No lo sé ¿esperar?
-Puedes sentarte si te apetece, no te quedes todo el rato de pié que me incomodas- sonrió
-¿Te incomodo?
-Sí, porque si estás de pié y yo sentado me parece que soy poco caballeroso así que deberé ponerme de pié yo también y será una situación rara, los dos de pié al lado de un sofá tan cómodo...
-¡Bien buscada esa!- le solté mientras me acercaba al lado desocupado del sofá.
-Así mejor.... ¿Quieres beber algo? ¿Vino?
-¡Claro! Pero poco que luego tengo que conducir...

Se levantó del sofá y a medio camino entre éste y la cocina se giró rápido, me señaló con el dedo -índice y dijo buscando una respuesta rápida:

-¿Blanco o tinto?
-Yo prefiero el tinto...
-¡Muy bien! Marchando una de vino tinto para la señorita...

Era como si no pudiera parar de sonreír. Cualquier cosa que decía me parecía que encajaba a la perfección con la escena, con la acción y no era capaz de encontrarle el truco. Así que decidí dejarme llevar guiada por el buen hacer de aquel desconocido. Volvió al poco con una botella y dos copas.

-No, no te preocupes...No es que quiera que nos bebamos la botella entera...

Le sonreí advirtiéndole de que me había leído el pensamiento.

-Es que no tenía ninguna de tinto abierta.
-Ya... las chicas somos más de vino blanco ¿no?- le dije pícara.
-Emmm, esto...- se rascó la cabeza- Para qué negar la evidencia. Rotundamente sí- rió como si hubiera desvelado uno de sus secretos.-Pero veo que te sales de la norma y eso está bien.
-De siempre he sido muy carnívora y el vino tinto es lo que mejor va con la carne...

Puso una divertida cara de terror.

-Ahora el que se asusta soy yo... Con eso de que eres carnívora no estarás diciendo que....- miró hacia los lados- Quiero decir que...-se tocó la tripa- hombre, por aquí podrías... Pero...-se puso las manos en la cabeza- ¡No me comas por favoooor!

La sonrisa inicial se convirtió en una carcajada imparable. Estuvimos un buen rato sin decirnos nada, mirándonos mientras nos reíamos....

-¡Cómo necesitaba esto!- dije sin pensar.
-¿El qué? ¿Un psicópata asesino al que te comerías con una copita de vino tinto?

Y otra vez nos reímos sin tregua.

Continuará.....



miércoles, 10 de agosto de 2011

La primera cita (Parte 1)

Aquella noche al cielo le dio por descargar mares. Una tormenta imprevista se precipitó sobre mi parabrisas y en pocos minutos mi coche desorientó el rumbo previsto. Perdí las referencias en las señales borrosas y me confundí de salida. Atraqué en una zona residencial encharcada. Paré a un lado de la calle y pensé en quedarme en el coche hasta que el diluvio escampara. Cogí el móvil para informar a quien me esperaba en mi destino sobre el contratiempo y evitar así que se preocupara. La mala suerte enseñó todas sus cartas de nuevo quitándome la opción de hacer esa llamada, ya que el teléfono estaba apagado y sin batería. Lancé el aparato al asiento del copiloto con la desgana del que tiene asumido el desastre y me regodeé en mi propia estupidez. La lluvia no cesaba y empecé a notar frío, quise arrancar el coche para poner la calefacción pero fue inútil. Puestos a pedir ya sólo podían empezar a caer rayos sobre mi cabeza.


Había pasado un buen rato y cada vez me sentía más incómoda en aquella cubitera. No había señal alguna del fin de la cascada y decidí salir e improvisar. Antes de exponerme al agua me paré a observar la calle. Había luz en la ventana de una de las casas adosadas. Salí corriendo hacia allí repasando mentalmente el discurso que iba a recitar al llamar a aquella puerta. "Quizá ni me abran", pensé. En segundos estaba en el minúsculo porche del portal que había escogido. Llamé al timbre una vez. La ventana con luz estaba justo al lado de la puerta de entrada lo que me permitió vislumbrar una sombra que se acercaba. Alguien abrió.

Era un chico, con camiseta blanca de manga corta y pantalón vaquero. El pelo medio ondulado, algo alborotado, como si hubiera estado recostado en el sofá. Antes de que abriera, yo había intentado adecentar mi aspecto sacudiendo mi pelo y secándome la cara, pero poco podía hacer, mi carta de presentación no era la más atractiva.

-Hola- me dijo él.
-Hola, perdona que te moleste- me pareció joven, más o menos de mi edad, así que me permití la licencia de no hablarle de usted- Mi coche me ha dejado tirada, estoy sin batería en el teléfono y me preguntaba si...bueno...si no te importaría que hiciera una llamada desde aquí...- dije algo avergonzada.
-¡Vaya!- espetó y se calló durante unos segundos pensativo- Está cayendo una buena, sí- miró hacia afuera- Pero.....pasa, pasa, perdona....- dijo por fin.

Entré en el salón y una bocanada de calidez invadió mis sentidos. Intentaba disimular la tiritera del labio inferior pero era demasiado evidente.

-Estás calada...¿Quieres tomar algo caliente? ¿Un café?
-No te preocupes, no quiero molestar...
-Lo acabo de hacer, no es molestia mujer, ahora te lo traigo...Yo es que soy muy cafetero...- hablaba mientras desaparecía por la puerta de lo que asumí era la cocina.

Me sorprendió su hospitalidad inmediata pero, por otro lado, me sentí extrañamente a gusto al instante. El lugar era confortable. Le esperé plantada en mitad del salón observándolo todo. A un lado estaba el sofá con varios cojines y una manta. La televisión encendida con la imagen de un videojuego en pausa. Las paredes forradas de posters de películas y grupos de música. Vi muchas referencias a los Beatles por doquier y sonreí. "Alguien a quien le gustan tiene que ser majo a la fuerza", pensé mientras él volvía de la cocina con dos tazas. Me ofreció la humeante y yo la cogí con las dos manos. Él alzó la suya y dijo:

-A mi me gusta más con la leche fría- sonrió y cruzamos las miradas. Me pareció muy atractivo.

Di un sorbo al café que me supo a gloria. Noté como la rojez volvía a mis pómulos y suspiré profundamente. Seguía de pié y él delante de mí. A los pocos segundos me dijo.

-Ahí tienes el teléfono...
-¿Eh?

Señaló una mesita al lado del sofá.

-Ah, sí, sí...gracias- me acerqué al aparato sintiéndome absurda.
-Voy a buscarte algo de ropa, vas a coger un catarro...- y desapareció por el pasillo antes de que pudiera decirle nada.

Descolgué el teléfono y marqué instintivamente. Al poco de esperar la señal, me di cuenta de que no había tono.

-Vaya, parece que no hay línea- le dije alzando la voz en dirección al pasillo.
-¿Qué?- respondió él mientras se aproximaba con un par de prendas de ropa- A ver...- me cogió el teléfono de la mano y al hacerlo rozó mi dedo meñique. De repente sentí un intenso escalofrío- Es verdad, debe ser por la tormenta, a veces nos quedamos incomunicados por aquí ¡Qué desastre!- me miró con cara de apuro- Bueno, habrá que hacer tiempo ¿no?- sonrió.
-De verdad que no quiero molestar. Me voy a mi coche y espero allí...-dije sin ganas de hacerlo.
-¡Pero bueno! Cómo te vas a ir así... A saber cuándo para de llover ¡De eso nada! Toma...- me ofreció la ropa que llevaba en la mano- Me da un poco de vergüenza dejarte ese pantalón pero es el único que tengo que te puede ir de talla... Es así un poco feucho... -tocó la tela como si fuera a deshacerse al hacerlo.
-Me gusta...- sonreí- ¿Y el baño?
-Sí, en el pasillo la primera a la derecha.

Le hice un gesto con la cabeza para indicarle que iba hacia allí, cuando estuve en la puerta del baño me giré a verle a escondidas. Estaba acicalando el sofá y ordenando algunas caratulas desperdigadas por la mesita. Me pareció encantador.

Continuará....





domingo, 17 de julio de 2011

En las pequeñas cosas

En los pequeños gestos se esconden las grandes sensaciones. Muchos antes de mí lo advirtieron y muchos otros lo ignoraron, yo lo descubrí hace tiempo pero hoy me vino a la mente como si alguien lo hubiera estampado cual sello. Estoy hablando de algo tan sencillo como un viaje de tren que puede convertirse en la mejor decisión que hayas tomado en años. Un viaje de casi cinco horas en el que perderte en tus pensamientos mientras escuchas la música que un día olvidaste y modelas las nubes con tu imaginación. Te sientes libre y, sin embargo, estás encerrado en un tubo metálico que se desplaza más lento de lo que desearías. Volarías aún sin tener alas porque el destino de tus sueños se encuentra al final de este recorrido y quieres llegar cuanto antes.


Y recuerdas y llegas a la conclusión de que ha sido un camino largo y corto. Largo desde aquel primer "hola" y corto desde el "a por todas". Y tienes ganas de gritarlo y tienes ganas de callarlo porque en la disparidad reside el encanto de lo intenso. Planeas entre la euforia y el terror, entre la máxima alegría y la tristeza sin consuelo, entre la risa y la seriedad, el frío y el calor, el caos y el orden. Pero no es algo que puedas razonar, a veces ni siquiera eres consciente de ello, te agita el cuerpo y te absorbe el alma para deleite de tus ganas de aventura. Y sientes que el único fin de este gran viaje que es vivir es absolver cada segundo como si fuera el último.

viernes, 8 de julio de 2011

Cuando algo se siente, se siente.

Estos días me he estado preguntando por qué le tenemos tanto pánico a reconocer que estamos enamorados. En un mundo en el que la seguridad y la estabilidad tienen un papel importante en la vida de muchas personas, el amor se está convirtiendo en sinónimo de todo lo contrario, de descontrol e inquietud. Y caer en el conformismo a veces es la única manera de lograr tener lo que todos anhelamos, alguien con quien estar. En un entorno en el que parece que las medias tintas son lo que prima, cuando encuentras algo intenso y desgarrador, deberías ser capaz de expulsarlo de tu cuerpo en forma de rayos infinitos de energía contagiosa. Y, sin embargo, nos contenemos ¿Por qué? Porque la experiencia nos dice que nada es para siempre, que la relación definitiva es un mito y que por mucho que hayas pensado que unos sentimientos son insuperables, con el tiempo y las desavenencias toda esa seguridad se pone en duda. Entonces ¿cómo se puede estar seguro al 100% de que lo de ahora es lo definitivo? Eso no lo puedes saber. Vale, y si, aún viviendo en la incertidumbre ¿decido apostar al máximo? ¿Eso es seguridad en lo que siento o atracción por el riesgo?

Todo va muy rápido y, sin embargo, lo lento nos aburre. ¿Es la fugacidad de las relaciones lo que nos mantiene enganchados a ellas? ¿O la idea de exprimir al máximo lo bueno hasta que le has sacado el jugo quizá antes de que el fruto tuviera tiempo a madurar? ¿Somos demasiado impacientes? ¿O sólo nos dejamos embaucar por la facilidad con la que podemos encontrar retazos de placer? ¿Tenemos objetivos vitales? ¿O vamos dando tumbos probando de aquí y de allá con la falsa ilusión de terminar encontrando lo que ni nosotros sabemos definir? ¿Queremos a alguien o queremos la imagen primera que nos hemos formado de esa persona?

Ante tanta duda es normal que nos perdamos y dejemos de prestar atención a lo que realmente es importante, los sentimientos. Y es que al final, dudas a parte, una cosa está clara: cuando algo se siente, se siente.

lunes, 13 de junio de 2011

La rotación de la tierra

Es la primera vez que escribo desde la terraza de mi habitación en Barcelona. Justo un año hace que me trasladé a este piso del barrio de Gracia y en este tiempo mi vida, como se dice tópicamente, ha dado un giro de 180 grados, aunque en este caso es totalmente real. Desde aquí alcanzo a ver la iglesia del Tibidabo iluminada y las luces parpadeantes de la Torre de Collserola. La oscuridad de la noche contrasta con el blanco destellante de la pantalla del ordenador y la luna, casi plena, contempla en perspectiva cenital al Museo Nacional de Arte de Catalunya (MNAC), en Montjuic. Llevo una chaqueta de punto porque el bochornoso calor del verano todavía no ha hecho presencia, aunque la climatología empieza a premiarme con cálidas noches de brisa suave y aura acogedora. Escucho a Lori Meyers, porque últimamente no suena otra cosa dentro de los límites de mi intimidad. Estoy sola y así es como me siento más yo, más natural, más auténtica. Siento una paz inquietante, como si fuera libre para hacer cualquier cosa y, sin embargo, sólo me apeteciera quedarme un rato más aquí sentada en mi silla, con el ordenador frente a mí y, más allá, cientos de personas en sus casas haciendo su vida. Y cada vez se hace más oscuro y cada vez estoy más a gusto. Pienso y repienso, en todo cuanto ocupa mi cabeza, y me aburro de pensar. A veces sonrío al mirar la silla vacía que hay a mi lado y descubriéndome a mi misma imaginando quién se sentaría en ella si pudiera elegir compañía en este momento. Y, aunque esté muy a gusto en mi soledad, quizá ahora merezca la pena sacrificar parte de ella en favor de algo que pinta mucho mejor. Lo iremos viendo, seguro.

viernes, 3 de junio de 2011

El mundo en el que vivo

El mundo en el que vivo solía ser azul pero ahora es rojo. A veces se nubla sin motivo alguno y en otras ocasiones luce el sol sin buscarle razón. Es un lugar pequeño y acogedor en el que pasan las historias más inverosímiles, se retuerce el destino hasta posturas inexplicables, se alimenta a la pasión con píldoras de creatividad, invención y sarcasmo. El pequeño mundo en el que vivo no entiende de razones lógicas, ni de cuadrículas esquematizadas, ni de organización precisa. Aquí reina el caos y la improvisación. En el mundo en el que sólo vivo yo la sorpresa lo abarca todo, lo construye todo, lo absorbe todo, lo explosiona y lo perfecciona hasta la imperfección. Es un mundo lleno de abismos, lleno de caídas, lleno de objetivos a corto plazo y vacío de planes de futuro. Mi mundo rojo tiene cientos de matices que lo hacen cambiar a cada momento. Y aún siendo un mundo incomprendido por muchos nunca perdí la esperanza de encontrar a alguien que sepa admirarlo como yo lo hago. En mi mundo nunca se pierde la capacidad de soñar.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Volviendo

Estoy de vuelta y ni siquiera me fui. Es cosa rara pensar que nada ha cambiado todavía, que nada a dejado de ser raro, inquietante, desvariante. Pero a la vez todo tiene un nuevo sentido, tan desgarrador como ilusionante ¿Qué es todo? No más que nada. La vida, el mundo, cualquier elemento cotidiano cobra hoy la imagen de la felicidad. Y de la incertidubre, el desequilibrio, el tremendismo y la inestabilidad emergen llamas de esperanza.

lunes, 9 de mayo de 2011

Escenarios (Varry Brava)

"Si el fin del mundo llega que me pille bailando en un concierto". Es lo que pensé este sábado mientras saltaba al son de "Radioactivo" del grupo Varry Brava. Lucía el sol, hacía calor, no era un contexto propio de un directo divertido y bailable como aquel. Sin embargo, muchos de los desconocidos que se reunieron a las siete y media de la tarde en el escenario del SOS 4.8 se dejaron las caderas, la garganta y el aliento. A algunos se les llegaba a notar la fidelidad en la mirada, el orgullo en la cara y la admiración en los gestos. Brazos arriba en la mayoría de los estribillos y coros para letras gamberras, simpáticas y con un punto de sarcasmo. Algo refrescante y disparatado.

Escondida entre el gentío con la mirada escrutadora sobre los cinco elementos desenfadados y crecidos que componen una de las bandas emergentes del panorama musical murciano, me deleitó la capacidad que tienen de crear ambiente. Cada uno en su estilo pero todos a una, aglomeraron al público haciéndolos parte de un todo que se completaba con la banda y sus canciones. Hubo complicidad y entrega mutua. Supo a poco, aún cumpliendo las expectativas. Se ganaron con sudor el éxtasis con el que invadieron todo. Y, al final, comprendí por qué tienen un séquito de incondicionales.

martes, 3 de mayo de 2011

Tila

Lo hicimos bien mientras pudimos y luego lo intentamos cientos de veces hasta que el mundo dijo basta. Lo vimos correr y lo vimos saltar delante de nuestros ojos. Lo notamos salir de nuestros cuerpos para irse por sí mismo a lugares que ni siquiera nosotros alcanzamos a imaginar. Dejamos que huyera corriendo sabiendo que si lo amarrábamos sólo fomentaríamos su deseo de marchar. Y allí se quedó, en su mundo de satisfacción, sin nosotros, desprendido.

Nos quitó el aliento del alma y separó las membranas que nos hacían eternos. Nunca tuvimos valor para hacerlo mejor pensando que ya era suficiente. Lo dejaremos correr hasta que el salto de agua destruya los restos. Y cuando el cauce reduzca su violencia, lo hablaremos como adultos, lo maduraremos y lo desenvenenaremos. Sólo así construiremos el futuro feliz que deseamos. Aunque no sea de la manera en que un día lo soñamos.

viernes, 22 de abril de 2011

Agua sin sed

Si en el mundo de las medias tintas los extremos no son bienvenidos, en el mundo de los extremos las medias tintas tampoco son plato de buen gusto. ¿Es posible, entonces, poner de acuerdo a dos actitudes totalmente enfrentadas? Quizá esta sea una de esas cuestiones que sólo se pueden responder con ejemplos prácticos, vivencias personales que no están a mi alcance. A veces quisiera poder entender cómo llegamos a ser tan diferentes, cómo nos construimos sobre fundamentos tan dispares y, pese a todo, seguimos relacionándonos dando lo que, según creemos, es lo mejor de nosotros mismos. Seamos extremos o medias tintas, al fina, lo que nos une es nuestra verdad, ser quien creemos que somos junto a la persona que nos hace sacar nuestro yo profundo a flote. A veces lo conseguimos con sujetos de nuesto mismo calibre, extremos o medias tintas, pero, muchas otras veces, pese a saber que el choque de naturalezas puede ser brutal, nos aventuramos a apostar por aquel más opuesto a nosotros. Y es el de extremos el más voluntarioso a la hora de congeniar con un opuesto. De ahí el devenir de los conflictos y el eterno debate, nunca jamás resuelto, espero, de por qué los extremos nunca fueron buenos. Pero, por suerte, seguimos siendo muchos los que exprimimos el mundo desde un punto de vista salvaje y alborotado. De no ser así, éste seria un lugar demasiado aburrido para estar.

domingo, 17 de abril de 2011

Monstruos y otras locuras

El mundo se vuelve un poco más loco cada día y con él nosotros. Son los influjos de la maduración personal, que nos atrapan, nos absorben y nos proveen de corazas protectoras. Capas de resistente transparencia. Algunas se ven a simple vista, otras yacen en los terrenos pantanosos del profundo sentir. Son irreverente y descaradas, sarcásticas y arrogantes, capaces de crear personalidades diversas y adversas enfundadas en la imagen exterior de uno mismo. Corazas que construyen y destruyen, se rompen y se regeneran, te protegen y te limitan. Nadie puede asegurar que sin ellas el mundo sería mejor, pero con ellas, probablemente, cada día estemos más locos.