miércoles, 14 de julio de 2010

Escritora

Un día sueñas con ser periodista y otro con ser letrista. Otro con ser actriz y otro con ser musa de un gran artista. Al día siguiente deseas saber dibujar o que se te hubiera otorgado el don de la canción. Más tarde valoras la posibilidad de ser fotógrafa, diseñadora, realizadora, presentadora, cámara, reportera o superheroína. Hasta que te quedas con un sólo deseo, ser feliz. Lo intentas por activa y por pasiva. Desde la exigencia y la tolerancia, desde el amor y la profesionalidad. Tomas la determinación de que el mundo no gira externo a ti sino contigo dentro y superas la barrera del sueño para convertirlo en realidad. Ahora te toca apostarlo todo a una. Seré escritora.

viernes, 9 de julio de 2010

Ramos de rosas

La primera vez que me regalaron un ramo de rosas eran amarillas. Fue el último regalo de cumpleaños que recibí de mi hermano. La segunda vez que me regalaron un ramo de rosas eran rojas. Fue la primera vez que me partieron el corazón. La tercera vez que me regalaron un ramo de rosas eran rojas también. Fue la penitencia del que quiere sin estar enamorado. La cuarta vez que me regalaron un ramo de rosas eran igualmente rojas. Fue la segunda vez que me rompieron el corazón.

Así que la única vez que sonreí al recibir un ramo de rosas fue con las amarillas. La única vez en que realmente me enorgulleció lucir en mi escritorio un voluptuoso ramo de rosas fue a mis catorce años. Después, simplemente se convirtieron en el testigo mudo de los momentos más tristes de mi vida. Por eso siempre preferí las margaritas.

martes, 6 de julio de 2010

Recuerdos

El tesoro mejor guardado eran tres cigarrillos y una película antigua. Se quedaron en el recuerdo de las cosas por hacer, como referentes de la virtud del mundo que podría haber sido. Intocables, se habían convertido en las piezas de un puzzle que nunca llegaríamos a armar. Yacían en una vitrina custodiada por dos perros guardianes que mostraban su peor mueca al acercamiento ajeno. Sólo dos personas podíamos acceder a tales preciados elementos de culto. Tú y yo. La cara y la cruz de monedas alternas. Acudíamos a nuestro mausoleo ya por separado los días de guardar. Y nos recreábamos en el visionado ciego de aquella película y las caladas desahumadas de aquellos cigarrillos. Objetos que nunca adoramos en su faceta de alcanzables y que, sin embargo, resultaban del todo atractivos en su estado inasequible. Dejamos de amarnos para amarlos a ellos. Aunque ya ni recordemos por qué los recordamos.