lunes, 7 de junio de 2010

Cuéntame un cuento....

La primera vez que le vi se mostraba sereno y apacible tras unas vallas amarillas. Hablaba animadamente con otras personas sin saber que, a poca distancia, mis ojos le escrutaban escondidos entre un grupo de desconocidos. Esperaba con cierta impaciencia el momento en que pudiera verlo subido al escenario. Las anteriores habían sido unas semanas cargadas de ilusiones renovadas. Todo había pasado muy rápido y, en cambio, la espera hasta llegar a ese mismo instante había resultado tortuosa. Disfruté cada segundo como el primer sorbo de agua después de horas de intensa sed. El mundo decidió cambiar de la noche a la mañana y empezar a hacerme sentir especial. A veces, incluso, como si fuera lo más importante que existiera. Costaba perder la sonrisa. Nerviosa y aturdida por haber estado demasiado tiempo planeando lo que iba a suceder aquella noche, decidí dejar de pensar y hacer lo que siempre he hecho...improvisar.

Por fin salieron al escenario. Mientras colocaban los instrumentos no perdí detalle ya que, intuía, todo lo que aquella noche aconteciera iba a ser algo que recordaría durante mucho tiempo. No me faltaba razón. Le miré y le remiré, con aquella americana resultaba incluso más atractivo de lo que había imaginado. Jugueteaba con la idea de que él pudiera estar algo nervioso por mi presencia allí y me sonrojaba como una quinceañera cada vez que su mirada parecía dirigirse hacia mi. El ruido se detuvo y sonaron los primeros acordes de su bajo. La emoción me subía desde el estómago hasta la garganta. Sentí admiración y orgullo, felicidad y alegría. Era como si ya le conociera y aquel fuera un encuentro de tantos. Pero, en realidad, era el primero.

De pronto identifiqué la melodía que llevaba esperando desde que le vi tras las vallas. Se giró, me buscó entre el público e hizo un gesto de cortesía con la cabeza. Aquel prometía ser uno de los momentos más indescriptibles de mi vida y sigue siéndolo. Después de aquello ya no pude concentrar mis sentidos en nada que no fuera él. Terminaron y al poco le tenía pasando por delante de mí sin darse cuenta de que casi llegaba a rozarme. Me extrañé y dudé un segundo de si acercarme, una siempre ha deseado ser la protagonista del cuento. Pero aquel segundo dubitativo expiró y enseguida me armé de valor y decidí parar el tiempo. Me fui acercando por detrás, él iba acompañado y charlaba animadamente, quería encontrar el momento idóneo. Y creo que no lo hice pero dió igual. Toqué su espalda cubierta por su fiel cazadora de cuero negro y él se giró. Cuatro segundos más para recordar toda una vida. Su cara de asombro, sus primeras palabras, su voz, su sonrisa. La fotografía de aquel instante derrocha intensidad. Hablaron más nuestros ojos que nuestras bocas y en un parpadeo rodeó mi cintura con su brazo. Acaricié su mano, suave, firme, conquistadora. Y dejé caer mis ojos hasta su boca, me detuve unos segundos y regresé a su mirada, dulce y honesta. No podía estar más tiempo allí con él y, sin embargo, me hubiera quedado una eternidad.

Había conocido mucho de él hasta aquel instante y todo me atraía. Sabía que era sincero, cariñoso, divertido, tímido, alguien con quien poder contar, sereno, paciente, pícaro y olvidadizo. Sólo quedaba desvelar una incógnita. Me acerqué a él tanto que no quedaba a penas hueco entre nuestros labios y le dí un tímido beso. Creo que la chispa de aquel beso podría haber cegado a cualquiera capaz de verla. Aquel fue el desencadenante de una retahíla de apasionados besos que fundieron mi consciencia. Y pocos minutos después, al separarnos, supe que él iba a cambiar mi vida.

1 comentario:

Gus dijo...

Snif, qué potito! Me emociono recordando cunado me contaste aquel encuentro en la cocina de la ofi... no ha pasado tanto y parece otra vida!
En realidad, nuestras vidas han cambiado muchísimo desde entonces, a mejor afortunadamente!
Besos a los dos y seguid conservando siempre esa magia del primer encuentro ;)