jueves, 8 de abril de 2010

Mentiras

El día que dijiste tu primera mentira, aunque pensaras por error que era piadosa, retaste a la honestidad. Pusiste en vilo aquella verdad infantil que se deslizaba por tu inocencia hasta tu inmadura boca de niño. Dijiste la primera mentira y, sin saberlo, te hiciste mayor de golpe. Porque el que más miente es el que tiene más conciencia de las consecuencias de la verdad. La experiencia es un grado siempre y en esto más. Creces y mientes para no herir, para no dar explicaciones, para salir de situaciones incómodas. La mayoría de veces dices que mientes sin mala intención, aunque la mentira sea ya por sí misma una intención oscura. Y aunque sabes que el remedio a la mentira es la verdad, en ocasiones la conviertes en el último recurso posible. ¿Por qué? Quizá porque inventarnos una vida sea más complaciente que vivir la nuestra tal y como es. O quizá porque la emoción a que nos pillen, aunque sea terriblemente angustiante, nos encanta. O porque simplemente somos unos mentirosos compulsivos sin razón y sin explicación que sólo desean algo de atención. Sea por lo que fuere, el primer día que dijimos una mentira nos condenamos a la inmadurez del adulto.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Conviene creer, asumámoslo así, que el compromiso con la honestidad (al menos en términos internos) no requiere de una auténtica profusión de verdades.

Y sí, el crecimiento abigarrado en edad confluye con la particular (por propia) caída en la oscuridad de la carencia de verdad.

Disfrute de Barcelona.

el 22