domingo, 14 de febrero de 2010

Regalo

A veces tengo la enorme necesidad de hacerte el mejor regalo del mundo. Y me pregunto ¿qué podría entregarte? Me pregunto ¿qué podría darte que estuviera a la altura de lo que tú me das? Paso cientos de maravillosos minutos al día pensando en ello. En lo que daría por ver la felicidad en tus ojos, la ilusión en tu cara, la emoción en tus gestos. Se me va la vida en ello, vida que vuelve cuando me dices que soy todo lo que puedes desear. Suspiro. Lo hago con dulce desespero, como si quisiera hacer salir todas esas mariposas que revolotean dentro llenándome de palpitante nerviosismo. Suspiro otra vez. Es mi único idioma. El que puede llegar a decir lo que no tiene palabra. El que desvela, descifra, desmiente, desata. El que innunda los pulmones, llenándolos hasta el límite y los vacía, los encoge, los desnutre durante unos segundos, los hace sufrir para en milésimas volver a llenarlos de vida. El placer de la tortura. El juego del todo o nada, mediado por la locura. Un regalo para los sentidos. Te despierta, te aviva, te asoma al valor de las pequeñas cosas. Y sigo pensando ¿qué podría regalarte que se compare a lo que me regalas tú a mi?

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