sábado, 12 de diciembre de 2009

Seguiremos siendo valientes

Son pocas las personas que te cambian la vida. Y aún son menos las que saben que lo han hecho. Es complicado hablar de sentimientos cuando son los própios, y demasiado fácil hacerlo cuando se trata de los de otros. Llegamos a ser los mejores consejeros para los demás y pésimos analizadores de nuestro devenir. Y no es por la subjetividad, no es porque nuestro caso sea diferente, es por miedo. El miedo nos ata, nos amordaza, nos ciega y nos limita. El miedo nos paraliza, nos enfría, nos encierra y nos desmorona.

Miedo a ganar para luego perder. Miedo a convertirnos en poseedores de todo para ser despojados después. Miedo a quedar en rídiculo, a que vean desde fuera al tonto que sabes que llevas dentro. Miedo a desarticular las palabras, a no ser entendido, a empeorar las circumstancias. Miedo al rechazo y a la aceptación.

Es la fuerza de una decisión la que puede derrumbar ese muro de miedo que se construye de forma instantánea. Sólo hay que saber si estamos preparados para enfrentarnos a lo que pueda haber escondido destrás. Si tenemos voluntad, agallas y fortaleza suficiente lograremos derribar el muro. Pero ese sólo será el primer paso, luego hay que seguir luchando por no retroceder.

Complicado resulta hallar la seguridad y el espíritu suficiente como para encararse al miedo. Muchas veces son otras personas las que nos regalan esa fuerza necesaria y nos empujan sin darnos cuenta a mirar más allá de los muros que delimitan nuestra agilidad emocional. Son ellas las que nos regalan un horizonte más optimista y ellas las que provocan el punto de inflexión.
Por ellas, por las personas que cambian nuestras vidas, seguiremos siendo valientes.

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