martes, 15 de diciembre de 2009

Dias únicos

Mientras saboreaba una piruleta de fresa ácida en forma de corazón pensaba, esta tarde, en la felicidad. Notaba como mis labios pegajosos se pringaban del dulzor de aquel caramelo que, intuía, dejaba un rastro rojizo en mi lengua. Sigo disfrutando de las sensaciones infantiles, lo noto en mi mirada pícara cuando siento la emoción de un instante singular. Es el valor de las pequeñas cosas. Ese contacto fugaz con la piel de un ser especial y el mundo que no para de girar sobre tu eje, como si todos menos tú hubieran subido al tiovivo. Una mirada de deseo y del suelo inerte empiezan a brotar flores de colores vivos, árboles incluso, vida que engalana el paralizante placer. Te sube por los dedos de los pies como una raíz que te va atrapando y termina explotando en tu boca en forma de carcajada incontenible. Es el mareo de la alegría. Perder fuelle, dejarse caer sabiendo que una nube de azúcar te recogerá.

Notarás que ha llegado cuando dejes de pensar en ello. Si lo buscas escapará de tu alcance. Si lo olvidas volverá a ti de maneras imprevisibles. Es el sentido del sinsentido. Si esperas no llega. Si llega no esperes. Sonarán los tambores anunciando el gran evento popular. La nieve caerá sobre tu mágica parcela de felicidad. Sentirás lo mejor del verano, de la primavera, del otoño y del invierno. Bocanadas de calido aire refrescante invadirán tus rincones. Y entrará la luz. Saldrá el sol y brillará la luna. De nada valdrá tratar de explicarlo, porque está hecho para sentirlo.

Y terminaba mi sabroso caramelo recuperando las capturas de mi antigua felicidad y preparando el objetivo para las nuevas formas de experimentarla. Porque malos días hay muchos, pero buenos, de esos hay tan pocos que de pocos son únicos. ¡Disfruta!

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