sábado, 28 de noviembre de 2009

Puentes y otras construcciones

“No voy a pensar”, es una frase que, creí, nunca saldría de mi boca. ¡Qué ingenuidad la mía!

Estaba segura de que no llegaría el día en el que ni pudiera ni quisiera pensar. Yo, que siempre me caractericé por “darle demasiadas vueltas” a todo. Yo, que analizaba cada sílaba, de cada palabra, de cada frase, para cotejarla con mi experiencia pasada y darle un sentido que sólo yo entendía. La que se empeñaba en creer que existía un mundo perfecto en el que las personas se entendían y no hacía falta esforzarse por nada, porque todo lo que se hiciera sería fruto de la motivación y la ilusión. Un mundo en el que nunca se hablara de resignación y en el que “bastante bueno” no fuera suficiente.

Realmente estaba convencida de que existía la compatibilidad absoluta, las mariposas, el soñar despierto. Convencida de la existencia de ese sentimiento tan profundo y tan frágil a la vez, que aterroriza incluso respirar por si el simple movimiento del aire pudiera perturbar tan maravillosa sensación.

Empecé soñándolo y terminé creyéndolo con tanta convicción que mi objetivo vital era encontrarlo. El amor de los románticos, el amor de locura, el amor de desazón. El de subirse por las paredes, de deshelar los polos, de encontrarle el placer al sufrimiento. Amor de fuego, de incontinencia verbal, de dolor y resurrección. Enorme amor de madurez inmadura por el que merece la pena quedar suspendido a 2 metros de los cocodrilos, sobre un fino alambre, haciendo equilibrios con la pasión y el sosiego. Relajada inquietud. Disparos de velocidades supersónicas. Asumiendo a cada momento el papel de herido y el de doctor. Palabrería difícil que se vuelve fácil. Sentimientos que son únicos en cada ocasión.

Y, como me ocurre con bastante frecuencia, la vida se ha empeñado en ser tajante conmigo. Después de mucho desvarío mi mente surcaba mares estancos. Y aunque inquietud es lo que soy, estaba agradecida por la rutina adquirida. Un ratito de monotonía no hace daño a nadie, la verdad. Pero fue entonces cuando la vida, por enésima vez, decidió cortarme el rollo. No contenta con el abismo que había instalado en mi camino, se burlaba de mí colocando justo en el borde los materiales con los que, se supone, iba a ser capaz de construir un puente que me permitiera seguir hacia delante. Otra vez tenía que idear la forma de salir airosa de un nuevo reto. Durante un tiempo, por cansancio y desesperación, me negué a pensar en soluciones. Acampé al borde del abismo, corriendo el riesgo de caer en cualquier momento. Me senté y esperé, con el temor en el cuerpo y la tensión del que no controla su porvenir. Me expuse a cualquier cosa y fue cuando cualquier cosa pasó. Así que una mañana me levanté y pensé en cómo llegar al otro lado.

Todavía no tengo claro qué debo hacer para seguir adelante, pero desde luego “no pensar en ello” no es la mejor opción.

2 comentarios:

Taina dijo...

En el camino de "qué debo hacer para segir adelante" andamos muchos. Ánimo. Tu vales un montón.

Hippeis dijo...

Niñaaaa... que me preocupassss...