lunes, 16 de noviembre de 2009

El amanecer

Hoy han caido piedrecitas del cielo. Eran pequeños fragmentos que, no hace mucho, formaron parte de una enorme roca. Un imponente meteorito que en su viaje estelar a la velocidad de la luz encontró a su paso otro meteorito. El choque fue brutal. Tanto que hasta se experimentó un pequeño temblor en los planetas más lejanos. Luego el espacio se ensució de polvo y este fue absorviendo poco a poco los elementos galácticos. Se hizo la oscuridad en la mayoría de los cielos.

Aquí, en la Tierra, pocos han notado el efecto del impacto. Seguramente sólo lo haya notado yo. He visto como el cielo se volvía marron y caían pequeñisimas piedras encima de mi cabeza. El molesto devenir de la situación me ha inquietado. La repentina llegada de la oscuridad, después de los días de mayor luminisidad, me ha pillado desprevenida. La incertidumbre de no sabes de dónde salía todo aquel penetrante polvo que mermaba mis ánimos, me entristecía. Lloré y mis mejillas se llenaron de barro. Arcilla con la que he decidido moldear un nuevo amanecer.

Es cuando he cogido mi escoba y me he puesto a barrer, esperándo que cayera más polvo para seguir barriendo y así hasta conseguir que todo esté reluciente de nuevo. Y quizá, cuando haya logrado tenerlo todo limpio, los ultimos restos del impacto estelar caigan sin esperarlo. Porque la amenaza de la oscuridad siempre está ahí. Por eso empuñaré mi escoba como si de una espada se tratara y lograré enfrentarme al temible dragón. Con fuerza y temperamento. Con decisión y rotundidad. Con alegría y perseverancia. Siempre con la vista puesta en el siguiente amanecer.

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