domingo, 29 de noviembre de 2009

Moderando las palabras

Me resulta muy interesante ver como las personas cambian a lo largo de su vida. Aunque es difícil tener la oportunidad de compartir con alguien el tiempo suficiente como para apreciar esas variaciones en su actitud, su forma de pensar e incluso de expresarse. Y, aún compartiendo ese tiempo, me imagino que los cambios son tan mínimos en el día a día que hasta pasados años y con la referencia inicial para comparar se puede llegar a la conclusión de que una persona ha cambiado, es diferente.

Curioso, también, el adjetivo “diferente”. Muchas veces he pensado en todos los usos que le damos a esta palabra. La utilizamos sobre todo para definir a alguien que no comparte nuestros puntos de vista. Pero pocas veces nos la hacemos propia. Me gustaría ser diferente y, sin embargo, los diferentes siempre son los demás. Los que consiguen destacar, impregnar su espíritu único en otras personas, ya sea para ser alabado o ser criticado. Al fin y al cabo lo importante es permanecer.

Otro de los usos que le encuentro a la expresión “diferente” es como salvoconducto. Reconozco haber recurrido alguna vez a la frase “no nos entendemos porque somos demasiado diferentes”. Y reconozco, también, haberla usado como mera excusa para terminar una discusión en la que se me han acabado los argumentos. Quizá, sea más bien el último golpe de efecto que consiga reconducir la situación hacia un esfuerzo por el entendimiento mutuo. Pero de sobras sabemos que no todo el mundo está preparado para reaccionar rápidamente a una bola que se desvía de su trayectoria habitual.

El entendimiento es otro de los puntos conflictivos en juego. Me sobrepasa la incomprensión. Los sinsentidos son mi talón de Aquiles. Y, sin embargo, vivo mi etapa más comprensiva. Siempre necesité entender, siempre pedí explicaciones cuando las cosas resultaban desencajadas. Tuve la fortaleza para enfrentarme a la resignación y la ignorancia. Siempre controlando la adversidad mediante el conocimiento. Tejí una red perfectamente entrelazada donde mantener mi status quo. Y las veces que alguien retó mi sed informativa cerré las puertas. Pocas veces resulté comprensiva más que en aquellos años en los que no había experiencia previa.

Y ahora me veo en la tesitura del que gana perdiendo. He perdido en palabra, en belleza comunicativa, en delirio oral. Por contra he ganado en expresión no verbal. El conflicto llega en la interpretación. Cuando la comunicación no verbal se lleva a las palabras y estas no consiguen transmitir lo mismo, el desvarío se vuelve desconfianza y la desconfianza se torna desaliento. Es entonces cuando me resulta complicado luchar contra lo que siempre fui, contra lo que siempre busqué en los demás. Y sin embargo, la gente cambia.

sábado, 28 de noviembre de 2009

Puentes y otras construcciones

“No voy a pensar”, es una frase que, creí, nunca saldría de mi boca. ¡Qué ingenuidad la mía!

Estaba segura de que no llegaría el día en el que ni pudiera ni quisiera pensar. Yo, que siempre me caractericé por “darle demasiadas vueltas” a todo. Yo, que analizaba cada sílaba, de cada palabra, de cada frase, para cotejarla con mi experiencia pasada y darle un sentido que sólo yo entendía. La que se empeñaba en creer que existía un mundo perfecto en el que las personas se entendían y no hacía falta esforzarse por nada, porque todo lo que se hiciera sería fruto de la motivación y la ilusión. Un mundo en el que nunca se hablara de resignación y en el que “bastante bueno” no fuera suficiente.

Realmente estaba convencida de que existía la compatibilidad absoluta, las mariposas, el soñar despierto. Convencida de la existencia de ese sentimiento tan profundo y tan frágil a la vez, que aterroriza incluso respirar por si el simple movimiento del aire pudiera perturbar tan maravillosa sensación.

Empecé soñándolo y terminé creyéndolo con tanta convicción que mi objetivo vital era encontrarlo. El amor de los románticos, el amor de locura, el amor de desazón. El de subirse por las paredes, de deshelar los polos, de encontrarle el placer al sufrimiento. Amor de fuego, de incontinencia verbal, de dolor y resurrección. Enorme amor de madurez inmadura por el que merece la pena quedar suspendido a 2 metros de los cocodrilos, sobre un fino alambre, haciendo equilibrios con la pasión y el sosiego. Relajada inquietud. Disparos de velocidades supersónicas. Asumiendo a cada momento el papel de herido y el de doctor. Palabrería difícil que se vuelve fácil. Sentimientos que son únicos en cada ocasión.

Y, como me ocurre con bastante frecuencia, la vida se ha empeñado en ser tajante conmigo. Después de mucho desvarío mi mente surcaba mares estancos. Y aunque inquietud es lo que soy, estaba agradecida por la rutina adquirida. Un ratito de monotonía no hace daño a nadie, la verdad. Pero fue entonces cuando la vida, por enésima vez, decidió cortarme el rollo. No contenta con el abismo que había instalado en mi camino, se burlaba de mí colocando justo en el borde los materiales con los que, se supone, iba a ser capaz de construir un puente que me permitiera seguir hacia delante. Otra vez tenía que idear la forma de salir airosa de un nuevo reto. Durante un tiempo, por cansancio y desesperación, me negué a pensar en soluciones. Acampé al borde del abismo, corriendo el riesgo de caer en cualquier momento. Me senté y esperé, con el temor en el cuerpo y la tensión del que no controla su porvenir. Me expuse a cualquier cosa y fue cuando cualquier cosa pasó. Así que una mañana me levanté y pensé en cómo llegar al otro lado.

Todavía no tengo claro qué debo hacer para seguir adelante, pero desde luego “no pensar en ello” no es la mejor opción.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Mundos

A veces nos empeñamos en tomar decisiones, en definir las cosas que quizá no tengan definición. Nos aferramos a los cuatro parámetros conocidos y clasificamos todo equello que nos sucede como si tuviera que pertenecer al mundo de lo ya experimentado. Nos da pánico no controlar las situaciones, encontrarnos con problemas que nunca hemos resuelto antes.

Sucede en múltiples facetas de la vida. Las primeras veces nunca son fácilies. Pero menos fáciles son cuando resultan verdaderamente nuevas. Es cuando preferimos aferrarnos a lo malo conocido antes que a lo bueno por conocer. Y aunque nuestro interior grite en rebeldía atraído por la fántastica visión de lo que nunca tuvimos, sigue asustándonos desbaratar unos esquemas que a fuerza de los años se han afianzado con demasiada naturalidad. Y que, siendo correctos o incorrectos, son nuestros y por ello los sentimos como la única dirección a seguir.

Estos días he pensado mucho en ese pequeño mundo subjetivo que todos llevamos en la cabeza. Un mundo creado a nuestro gusto, con personas perfectamente definidas a nuestra imagen y semejanza, seres que piensan, hablan y sienten como nosotros. Un mundo en el que el dolor no existe y todo adquiere una dimensión tan ideal como irreal. Pero, al fin y al cabo, es nuestro mundo. El que explota en mil pedazos cuando nos damos de bruces contra lo real. El que nos permite caminar hacia adelante en busca de algo mejor y nos hace retroceder cuando lo que conocemos no se ajusta a sus parámetros. Ese mundo que nos empeñamos en proteger de la adversidad y que en ese afán por aislarlo acabamos encerrándonos en nosotros mismos.

Hay todo un mundo real por descubrir ahí fuera. Un mundo de cosas nuevas jamás conocidas, cosas que son distintas a lo que ya habremos vivido. Cosas que asustan, que duelen, que activan las emociones, las lágrimas, las inseguridades. Cosas que nos hacen sentir vivos. Y la vida, lo digo por experiencia, es el mejor regalo que nadie nos habrá podido hacer nunca.

Sigo viviendo...

lunes, 16 de noviembre de 2009

El amanecer

Hoy han caido piedrecitas del cielo. Eran pequeños fragmentos que, no hace mucho, formaron parte de una enorme roca. Un imponente meteorito que en su viaje estelar a la velocidad de la luz encontró a su paso otro meteorito. El choque fue brutal. Tanto que hasta se experimentó un pequeño temblor en los planetas más lejanos. Luego el espacio se ensució de polvo y este fue absorviendo poco a poco los elementos galácticos. Se hizo la oscuridad en la mayoría de los cielos.

Aquí, en la Tierra, pocos han notado el efecto del impacto. Seguramente sólo lo haya notado yo. He visto como el cielo se volvía marron y caían pequeñisimas piedras encima de mi cabeza. El molesto devenir de la situación me ha inquietado. La repentina llegada de la oscuridad, después de los días de mayor luminisidad, me ha pillado desprevenida. La incertidumbre de no sabes de dónde salía todo aquel penetrante polvo que mermaba mis ánimos, me entristecía. Lloré y mis mejillas se llenaron de barro. Arcilla con la que he decidido moldear un nuevo amanecer.

Es cuando he cogido mi escoba y me he puesto a barrer, esperándo que cayera más polvo para seguir barriendo y así hasta conseguir que todo esté reluciente de nuevo. Y quizá, cuando haya logrado tenerlo todo limpio, los ultimos restos del impacto estelar caigan sin esperarlo. Porque la amenaza de la oscuridad siempre está ahí. Por eso empuñaré mi escoba como si de una espada se tratara y lograré enfrentarme al temible dragón. Con fuerza y temperamento. Con decisión y rotundidad. Con alegría y perseverancia. Siempre con la vista puesta en el siguiente amanecer.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Desorganizándome

No me gustan las listas de la compra, ni los planes a meses vista. No me gustan los preparativos, ni las agendas. No me gustan las cuadrículas, ni las categorías. Me gusta la improvisación y la espontaneidad. Me gusta el caos. Me gusta mi caos.

Por fin encontré el equilibrio perfecto entre el mundo y mis circunstancias. No ha sido fácil, tampoco difícil. Simplemente fue el resultado del paso del tiempo y el querer entenderme, a poder ser antes de intentar entender a los demás. Siempre me lo habían dicho y nunca hice caso: para convencer a otros sólo tienes que saber tú mismo de qué les estás hablando. Es así. Me conozco, sé lo que quiero, lo tengo claro, estoy convencida. A partir de ahí, cualquiera de mis argumentos tiene fundamentos suficientes como para ser tomado en cuenta.

Directa, honesta, implacable. Dicen que poseo un no se qué hipnótico difícil de describir. No lo creo. Quizá simplemente se trate de un espejismo provocado por la decisión con la que defiendo mi diálogo. Despilfarro verborrea a cambio de entendimiento. Y así logro apaciguar el insaciable monstruo interior que despierta feroz en situaciones de emergencia. Maldita y bendita imprudencia.

No sé hacia donde me llevan mis pasos. Eso es lo mejor de todo. Sin planes, sin expectativas que puedan frustrarse. Sin embargo todos necesitamos marcarnos un objetivo a largo plazo, una meta que alcanzar. Y al marcárnosla sólo tenemos ojos y voluntad para ella, sin ser conscientes de todo lo que nos dejamos en el camino. Mirar hacia adelante es bueno, aunque de vez en cuando no viene mal echar un vistazo alrededor.

A mi alrededor sigue habiendo caos. Me gusta mi caos.