domingo, 9 de agosto de 2009

Un lugar muy aburrido

Es curioso como las emociones fuertes intensifican y precipitan las relaciones personales. Hace unos días subí a 100 metros de altura para caer al vacío en un viaje de cuatro segundos. Seguramente los más espectaculares de toda mi vida. Sentada en aquel aparato, minutos antes de ser elevada hacia las alturas, mi cuerpo se encontraba en un estado de paralizante tensión.

A mi lado, en el último segundo, se sentó un chico de rizos amarillos. Tuvimos una breve conversación, diría que para distraernos durante el tiempo previo, la espera siempre es el peor momento de los grandes experiencias. Aquella máquina comenzó a elevarse y nuestros pies dejaron de tocar el suelo firme. "Ha sido una bonita forma de conocerte" me dijo. "Lo mismo digo", le respondí con una sonrisa nerviosa.

Frente a mí se extendía un paisaje increible. Lo más grande parecía una maqueta. Se me acumularon las sensaciones, las emociones, la incertidumbre, la pena y la alegría. "Esto no llega arriba nunca", grité. Él miró hacia arriba, "Estamos llegando", soltó. Parados a la altura de los dioses la adrenalina empezaba a correr por mi cuerpo y actuaba como un potente deshinibidor. "Cómo te llamas?", le dije. "Hector ¿y tú?". "Esther. Encantada de conocerte Hector". "Una forma bastante original de conocernos Esther".

Después de aquello sólo pude gritar mientras luchaba por mantener los ojos bien abiertos. Grité hasta quedarme sin aliento. Y tomé aire para seguir gritando. Sin discusión fueron los cuatro segundos más memorables de mi vida. Un compactado de las sensaciones más intensas recorrió todo mi cuerpo. Desde la eufória al terror, pasando por la perplejidad y la valentía. Fue un trayecto tan intenso que al detenernos solté un grito de alegría "Ha sido completamente alucinante". Cuando me quité de encima toda la parafernalia de seguridad me di cuenta de que todo mi cuerpo temblaba sin control. Mis manos no podían estar quietas y mis piernas casi ni me sostenían. Me levanté inmersa en una enorme emoción. Destensionada como nunca. Absolutamente embriagada por la experiencia vivida. Hector me esperaba también extasiado. "Ha sido genial ¿verdad?", me dijo. "Ha sido mejor que genial, sin duda", le respondí. Nos dimos un par de besos de cortesía y seguimos nuestro rumbo por separado.

Entonces pensé que así debía ser la vida. Una sucesión de situaciones impactantes, de una forma u otra, que nos unen a personas anteriormente desconocidas. Sin esos golpes de adrenalina nada tendría sentido. Sin esas bandadas de sentimientos incontrolables todo sería demasiado monotono. Sin temeridad, valentía y libertad de decisión, el mundo seguramente sería un lugar muy aburrido. O eso me gusta pensar.

1 comentario:

Anónimo dijo...

nada hay casual, me temo, en esta existencia...

la conjunción (y el desborde de adrenalina) mezclaría bien con algún tipo de historia de Murakami que, a buen seguro, se desarrollaría en una limpia habitación de un "love hotel"...

o, igual, mi marginalidad vuelve a habitar terrenos excesivamente mundanos...

besos (extraños y/o nostálgicos) desde el refugio