martes, 25 de agosto de 2009

El horizonte olvidado

A medida que vas creciendo la vida te da menos oportunidades para ser tu mismo. En la edad adulta la madurez es el antídoto a la inocencia, la racionalidad a la incoheréncia, la sensatez a la locura. Todo ello provoca que perdamos la naturalidad. Esa chispa de espontániedad por la que hacíamos lo que nos apetecía de críos sin importar la represalia. Creyéndo firmemente que hacerlo y ser castigado era mejor que no hacerlo. Nos educan y dejamos de ser salvajes. Pero seguímos conservando esa mirada inexperta por la que creémos ser capaces de alcanzar los tópicos sobre ls que se afianza nuestro limitado conocimiento de la realidad. Amor, familia, realización personal, felicidad.

Luego te haces mayor. Empiezas a tener experiencias fallidas. Y esas experiencias se convierten en ladrillos que puestos uno encima del otro crean un muro. Una barrera que impide vivir las siguientes experiencias con la despreocupación de la primera. Y se apodera de nosotros el tan temido "Y si.." ¿Y si me engancho? ¿Y si me estampo? ¿Y si acabo sufriendo?

Olvidamos olvidar. Olvidamos coger margaritas de camino a casa. Olvidamos mirar al cielo cuando llueve y dejar que se nos empape la cara. Olvidamos pasear descalzos por el cesped. Olvidamos abrazar a alguien que te ha hecho sonreir. Olvidamos dar las gracias por un día maravilloso, aunque mañana no pueda ser igual. Olvidamos hacer cosas especiales por personas especiales. Olvidamos el placer de conocer más. Porque nos ensimismamos en hacer de nuestro mundo una balsa de agua estanca, cuando deberíamos potenciar el oleaje y las corrientes, en un mar extenso. Un mar donde el horizonte fuera siempre el destino a alcanzar y cada brazada hacia él una prueba más de que luchar por ir más allá vale la pena.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Esther,

No tengo palabras para explicar lo que me sugieres. Te admiro de verdad.