miércoles, 26 de agosto de 2009

Dehesa 20:30h.

Como si de una de esas casualidades de la vida se tratara esta tarde regresé a la Dehesa en la hora mágica. No hubo premeditación, simplemente un impulso físico por el que abandonar la postura horizontal y hacer ejercicio. Esta vez sonaba algo de Atención Tsunami y Facto Delafé.

Caminaba sobre pasos ya andados en múltiples ocasiones anteriores y, sin embargo, el de hoy fue el primer paseo de muchos. Porque hoy iba pensando en la persona que ha logrado devolverme mi locura, insensatéz de la que tanto habré renegado. Hoy mi mente repasaba las seis horas más increibles de los últimos meses y se recreó en todos los detalles.

El ritual fue el mismo de siempre. Llegué hasta la curva, giré a la izquierda y me paré en el balcón donde se puede ver la puesta de sol más bonita de Madrid. Y mirando aquel espectáculo de colores verdes, naranjas, grises, amarillos y azules, sentí una felicidad desconocida. Me subía por el estómago hasta la garganta y me dejaba sin voz. Era como si tanta emoción se me atragantara y no pudiera respirar. Emoción contenida, de saltos en quietud y gritos en silencio. Alegría para sonreir en cada momento, para permanecer embobada en mi pensamiento.

Y por primera vez en muchísimo tiempo sentí orgullo. Orgullo de poder hacer partícipes a los demás de mi alegría, mi ilusión y mi eufórica. Orgullo de mi misma y orgullo del que me sonrie.

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