sábado, 1 de agosto de 2009

Agujeros en la arena

A veces me cuesta escribir. Lo hago porque me gusta, de eso no hay duda. Pero cuando ya llevas mucho contado, no queda más remedio que adentrarte en las profundidades para encontrar la inspiración y eso cuesta, en ocasiones se hace duro. Pero resulta muy revelador.

Es como hacer un agujero en la playa. Vas sacando arena, primero seca, luego húmeda, y no puedes parar hasta que encuentras el agua. Pero cuando ya has llegado a descubrir un pequeño charco y podrías darte por satisfecho, la ambición puede contigo y sigues, más profundo, más y más. Llega un momento en el que hay tanta agua que reblandece las paredes del hueco y se van derrumbando, y el agujero se hace más y más grande. Metes los pies y sigues rascando las paredes, el pequeño y profundo agujero se convierte en una charca donde van a terminar las olas, creándo un caminito hasta el mar. Erosionándolo todo hasta que desaparece tu obra.

Eso es lo que intento hacer cuando escribo. Bajo hasta el punto más escondido, escarbo, sonsaco, encuentro el agua. En lo profundo, en lo hondo. Lo identifico y me lo llevo todo a la superficie, para admirarlo, para comprenderlo, para desmitificarlo. Y una vez expuesto es vulnerable a cualquier tipo de marea. Esta es mi forma de arrastrar algo de lo más trascendente a lo prácticamente banal.

Por eso los secretos son tan importantes, porque cuando dejan de serlo pierden su encanto, pierden su relevancia. Dejan de ser algo nuestro, único, fascinante. Para transformarse en algo común y carente de interés. A veces destapar resulta terapéutico. Y a veces ocultar resulta la única forma de darle emoción a la vida. Es cuestión de mantener el equilibrio entre hacer agujeros y dejar la arena virgen.

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