sábado, 4 de julio de 2009

Prefijos y sufijos

Si algo he aprendido en los últimos años es que en la vida hay que establecer prioridades. La importancia de las cosas es lo que nos arrastra a tomar decisiones. Y con esas decisiones definimos el rumbo que va a seguir nuestro universo personal.

No es una opción, es una obligación. Cuando no sabes qué debes hacer ante un hecho concreto, todos te asedian para que decidas. Algunos lo hacen en parámetros de escoger lo correcto o lo incorrecto. Otros preferirán presentar las posibles consecuencias que deriven de una u otra opción. Tal vez, alguien, el más raro, procure respetar tu confusión y te libere de toda esa carga por un rato. Pero, al final, todos intentarán que acabes decantándote y lo harán por tu bien, por el bien de los demás, porque es lo que toca.

Decidir a veces es fácil y otras no. La seguridad en uno mismo y en los demás juega un papel importante en este punto. Siempre vamos a poder tomar nuestras propias decisiones, sobre las cosas que nos afectan, sobre las cosas que van a cambiar nuestra vida cotidiana, sobre las cosas que van a hacer que nada sea lo mismo o que todo siga igual. Somos libres. Y, sin embargo, estamos sujetos a esas cadenas que nosotros inventamos. Porque queremos estar atados a la obligación. Porque nos da miedo decidir, nos da miedo equivocarnos, nos da miedo perder. Y, al hacerlo, más perdemos coaccionando nuestra propia libertad. Y con ella omitiendo nuestros deseos más profundos y certeros.

Quizá la vida sea sólo un cúmulo de decisiones. Y en ellas esté la clave de lo que somos y lo que llegaremos a ser. Pero, sobre todo, de lo que nos dejamos en el camino.

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