domingo, 12 de julio de 2009

El octavo día

Llevo tiempo diseñando un plan. Trazando las líneas de acción que me lleven al octavo día. Lo he escrito todo en la servilleta de un bar de carretera. Mi perfecto análisis de la realidad futura. He dibujado el esquema de mis pensamientos en un cuadrado de papel que se ha convertido en el tesoro mejor guardado de mi ilusión. Entre manchas de café, aquel que tomé una mañana de domingo, se intuyen las líneas de un mapa del tesoro.

Tendré que atravesar mares y acantilados imposibles. Deberé ir a pueblos desiertos y preguntar a personas desconocidas hacia dónde debo guiar mis pasos. Conoceré la parte más aventurera y arriesgada de mí. Será un camino largo y lleno de obstáculos. Eso que llaman vida, eso que llaman vivir la vida. Duro y gratificante a partes iguales, aunque lo primero parezca absorberle espacio a lo segundo casi siempre.

A veces me aburro y repaso mi plan. Ese camino pleno hacia el octavo día, donde dejen de existir las semanas, donde dejen de existir los límites, donde todo sea felicidad. Y veo que inconscientemente he dejado poco margen a la improvisación. Quizá porque últimamente los planes espontáneos no han salido demasiado bien. Y me planteo si podría ir en contra de mi naturaleza. Si podría seguir un plan. Si podría calcular todo lo que me va a suceder de aquí al final y, lo más importante, si podría limitarme a hacer de mis cálculos una realidad.

La respuesta la encuentro en el no. Pero tengo la servilleta bien guardada, por si algún día cambio de opinión. Por el momento, sigo improvisando.

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