domingo, 21 de junio de 2009

Toda una vida estaría contigo

Ayer conocí el amor verdadero.
Paseaba bajo un sol punzante de un sábado madrileño, cuando me detuve en un semáforo para cruzar la calle. Yo buceaba en mi mundo, pensando en todas esas cosas que me han ido pasando en los últimos meses, cosas buenas y cosas no tan buenas. Fue cuando me di cuenta de que en la acera de enfrente había gente también esperando a que apareciera el muñeco verde. Debíamos ser las tres únicas personas que habría en la calle a la hora de mayor calor.

Fijé bien mis ojos en ellos, parecia que no habían ni siquiera notado mi presencia. En aquel momento sentí que era invisible, un fantasma que espiaba a aquellas dos personas que se iban aproximando a mí sin percatarse de que no les quitaba el ojo de encima.

Cuando el semáforo dió paso me quedé quieta. Sólo podía seguirles con la mirada. Eran dos ancianos, una mujer y un hombre, vestidos con ropa playera. Venían de la piscina pública cercana al lugar. No les puse edad, pero parecían haber vivido casi demasiadas experiencias ya. Ella iba delante, andaba con algo de dificultad pero con firmeza, su espalda curvaba hacia adelante pero ella lucía espléndida. Él, unos pasos más atrás, portaba una bolsa algo pesada y seguía su estela. Creí ver algo de brillo en su mirada, como un mozo persiguendo a la niña de sus ojos. Y cuando llegaron a mi lado de la calle, ella le esperó. No pude eviar girar la cara para acabar de contemplar aquella bella imagen que me brindaba un sábado cualquiera, a la hora de mayor luz, en una esquina cercana a mi piso de soltera. Fui descarada. Pero ellos exhibían orgullosos su gesto. Creo que hasta les ví sonreirme. Al llegar él donde ella le esperaba se cogieron de la mano en un gesto que parecía el primero de cientos y a la vez el centenar de los primeros, y se marcharon calle abajo, como danzando con la brisa. Y fue entonces cuando pensé en la letra de aquella canción "Toda una vida estaría contigo". Y sonreí.

Ese es el amor de verdad. El de cuidarse hasta que la vida aguante. El de darse la mano con la misma ilusión del primer día. Ese que te hace perder el juício, la voluntad y la vida por el bienestar de otra persona. Es hacer que el mundo cobre sentido en cada escena cotidiana. Amar es querer estar toda la vida contigo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Esther, me encanta tu relato y tu vísión de la vida pero siento comuncicarte que existen dos tipos de matrimonio: Los que acaban felizmente y los que duran toda la vida..jaja. Seguro que tus encantadores abuelos del semáforo en cuanto llegan a casa se están tirando los trastos. De todas maneras, qué tiernos. Hay que llegar. Un beso, guapa.

*Mejorquebien dijo...

Anónimo,
La vida es demasiado tremenda como para seguir siendo realista. Prefiero el bando del idealismo. Prefiero pensar que esta pareja de ancianos que se cogieron de la mano para apoyarse el uno en el otro, son todo lo felices que las circunstancias les permiten.
Prefiero ver la vida desde el lado de *mejorquebien......Al menos para seguir teniendo esperanzas.