domingo, 3 de mayo de 2009

Gigante

"Este instante será sólo un recuerdo dentro de un momento..." (Facto Delafé y las Flores Azules)

Hoy Madrid amaneció soleado. Empiezo a pensar que se empeña en llevarle la contraria a mi estado de animo. Por las rendijas de la persiana se colaban los rayos en mi habitación mientras me desperezaba pensando en no pensar. Desayuno en mesa, llamada a mamá, ducha...Ropa cómoda, Ipod, llaves, móvil y a la calle.
El sol ardía en mi piel al son de los pasos que me acercaban al balcón de los sentimientos perdidos. Mi lugar favorito de esta ciudad que a veces se me vuelve tan sorprendente como traidora. Tardé en llegar. Me acompañaba música que lograba activar mi irracionalidad más profunda. Y empezaba a brotar desde el estómago y subiendo por la garganta la misma bocanada de impotencia que habré sentido en innumerables ocasiones, aunque esta vez se mezclaba con la serenidad de la experiencia ya vivida.
Desbordante sensación de inseguridad. Mil palabras en la mente esparcidas como un puzzle sin armar. Y al fin llegué. Me senté frente a la inmensidad, dejando a mi espalda el trajín de deportistas y familias viviendo un domingo más. Alrededor mío, se iba formando una burbuja imperceptible que me aislaba. Sólo estábamos yo, el sol, la música y el paisaje que se abría ante mis ojos.

Mirando a la inmensidad era inevitable pensar en mi pequeñez. ¿Cómo ser grande? ¿Cómo dejar huella? ¿Cómo ser algo más? Preguntas a las que no quise responder. De esas que hay tantas y tantas se quedan sin preguntar, sin explicar, dudas que nunca serán despejadas. Borrón y cuenta nueva. Cierre del ejercicio. Otra nueva margarita marchita, quizá.

Le volvía a dar vueltas. Y arrancaba de mí la convicción de querer vivir una vida de intensidad prolongada. Vivendo al día, me olvidé que existen rotos de temprana aparición. Otra lección. Me empeñé en ser ignorante. En hacer que las cosas evidentes no existieran. Que no hay mundo más allá de La Luz de la (esta) Mañana.

Acabo sin moraleja, ni frase de cierre. Porque hay historias que nunca terminarán, aunque nos empeñemos en darles la espalda. Siempre quedarán los restos rotos de un magnífico espectáculo de fuegos artificiales.

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