miércoles, 8 de abril de 2009

Cuento de hadas con principio feliz

Hay ángeles que pueden ascender de los infiernos y hay dragones que pueden descender del mismísimo cielo. Lo sé. Ví uno. Y me gustó. La historia es, cuanto menos, curiosa.

Andaba yo por las calles de Madrid habiéndome reconciliado (por fin) con la vida y derrochando sonrisa, cuando, sin venir a cuento, apareció una inquietante sombra detrás de mí. Miré de reojo, era un enorme dragón rojo siguiendo mis pasos. Me estaba custodiando, quizá pensando que era su princesa de cuento de hadas (sin torre y sin caballero dispuesto a jugarse el cuello por salvarme). El cuento era bien distinto ahora. La princesa caminaba, sin escolta real, por las ajetreadas calles de una urbe del siglo XXI. Asfalto, contaminación y gente de aquí para allá. Sólo unos pocos se percataron de la presencia del dragón, pero nadie supo a ciencia cierta cuales eran sus intenciones. Nadie excepto yo.

Identificada su presencia. No tarde mucho en darme cuenta de que había algo diferente en su mirada. Algo profundo, más allá de lo superficial. El dragón, cuyo historial confirmaba mis peores sospechas, delató un carisma altamente seductor. Me trasmitía serenidad en vez de miedo, seguridad en vez de inestabilidad, luz en vez de tinieblas. Era tan inesperado como real y tan real como imaginario. Un cúmulo de sorpresas escondidas en los pequeños gestos.

Chispeaba su mirada combinando toques de marrón y verde. Penetrante hasta enrojecer. Divertido y paradigmático. Una montaña rusa de sensaciones corrientes diseñadas especialmente para mí. Él continuaba pisando por donde yo pisaba, adelantándose en ocasiones, poniéndose a mi lado en otras, rozándome con su finísima piel de terciopelo rojizo, que hacía más sensible la mía. Era divertido, atento, encantador y siniestro a la vez. Parte de su encanto residía, según mi opinión, en un gran secreto que no ocultaba pero que mantenía en el anonimato. Durante nuestro paseo nunca se me ocurrió sonsacarle más información que la que él quiso darme. Y fue poca, pero tan brillante que mi corazón sobresaltado bombeaba con disparidad a cada palabra.

Prescindiendo del control, pasamos juntos horas que parecieron días. Entre confesiones, sin dar importancia a lo relavarte que parecía ser su presencia en mi vida, construimos un cuento de hadas atípico. Donde el final "y comieron perdices para siempre" desapareció...y el "fueron felices" se podía leer al principio de la historia. El cuento empezaba así: "Érase una vez una princesa y un dragón que eran felices..." No hay finales felices...Sólo principios felices.

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