lunes, 23 de febrero de 2009

Automuros

La vida es realmente rara. A veces el caos es tal que abruma. Otras se estabiliza tanto que aburre. De altibajos está tejida la tela que envuelve mi corazoncito, cada día más y más pequeño. Y alrededor voy construyendo un muro que lo aísla del dolor y del amor. Ya no sé ni siquiera si alguna vez habré sentido tal sentimiento. Quizá durante la época más inocente de mi vida, cuando era inexperta, temeraria, despreocupada. Estaba absolutamente abocada al fracaso sin darme cuenta y sin querer saberlo.

Quizá fuera mi atormentado pecho el que decidiera un día huir del objetivo derecho a querer y del subjetivo derecho a sufrir. Dolor, amor, temor, ilusión, miedo...desastre. Y en las sombras de la confusión, dejo de vislumbrar una vía contraria a la de escape, se me nubla la vista y se me acumulan las cuentas pendientes. Supero ya los límites del menos es más y me quedo flotando en mi propia burbuja, tan frágil que en cualquier momento puede explotar y dejarme caer hacia lo desconocido. De nuevo, diferente pero, al fin y al cabo, lo de siempre. El bucle sigue.

Estaba aquí, dí una vuelta y volví al mismo punto. Soledad anhelada. No me dejes ni me acompañes. Te quiero y te odio. Te defiendo y te repudio. Quiero y, en el fondo, no puedo. ¿Habré dejado de ser apta?

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