jueves, 16 de octubre de 2008

El chico que recuperó la sonrisa

Un día el chico de la sonrisa escondida me miró con picardía. Guardaba un secreto. Y a mi me encantan los secretos. Se metió misteriosamente la mano en el bolsillo de su eterno vaquero y, unos segundos más tarde, la sacó cerrada, envolviendo en su puño algo que no podía ver. Se acercó a mi poco a poco con su particular mueca seriota y comenzó el juego. Yo le dediqué mi mirada más intensa, con la intención de adivinar su misterio. Sin moverme un ápice busqué con mis ojos los suyos. El azul le hizo titubear, deshizo su aparente frialdad y su mano se tornó débil, tanto que se abrió lentamente hasta desvelar una luz chispeante. Entonces dí un paso adelante y noté como la comisura de mis labios creaba concavidad. Aquella radiante chispa viajó por su brazo, su hombro, escaló por su cuello y se instaló en sus labios.

Era su sonrisa, la llevaba siempre ahí, guardadita, y así nadie podía verla. Pero ahora le iluminaba la cara, hacía que sus ojos fueran más bonitos, que su piel fuera más suave, que su expresión resplandeciera como un día soleado.

Él completa un día de playa, es la fina arena, el caluroso sol y la refrescante marea. Es el refresco que alivia la sed más intensa y las imprescindibles patatas firtas de un aperitivo. Es el sonido en mitad del silencio y las ganas cuando estás desganado. Cuando sonrie el mundo cobra un sentido distinto, único, casi divino y practicamente irreal. Es la persona sobre la cual puedo proyectar todos mis sentimientos, buenos y malos. El que quiere entenderme, aunque a veces le cueste conseguirlo. Es natural, frágil y prometedor. Es sólo él y nada más que él.

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