martes, 12 de agosto de 2008

Mi descarada honestidad

Aquí ando, derritiéndome por momentos a 20 kilómetros de la húmeda Barcelona. Sudo incluso sólo con mover la punta de los dedos para escribir en el ordenador. Impresionante. Descanso, lo que el calor me deja, después de unos días intensisimos en Roma, la ciudad del amoR. Ha sido uno de los mejores viajes de mi vida. Ya os contaré en persona, que hoy estoy un poco espesilla. El no hacer nada me provoca más ganas de no hacer nada, es un bucle sin fiiiiiiiiin.

A grandes rasgos todo ha ido *mejorquebien. Ha sido un viaje de instrucción total, tanto cultural como emocional. Definitivamente hablar italiano no es lo mío, pero he conseguido comunicarme, ahora sé que la sonrisa y la educación son de entendimiento universal. En el aeropuerto a poco estuve de perder el avión de vuelta, un napolitano intentó ligar conmigo y casi me espachurran los souvenires. Pero la suerte del principiante quiso estar de mi lado y que todo marchara casi a la perfección.

Me fui con la convicción de que los italianos eran unos aduladores de finalidad perversa.Y vuelvo con la certeza de que los españoles son unos aduladores del mismo calibre. El reencuentro absolutamente inesperado, después de un año, con un "amigo" (de corta trayectoria) ha logrado romper algunos de mis esquemas más estables. Guapa, preciosa, princesa, pequeña...El recital de piropos provoco en mi un escepticismo elevado a límites irreconocibles. Y, ni corta ni perezosa, usé mi mejor arma, la sinceridad.

Después de eso, y de otras experiencias recientes, he concluido (dentro de mi desagrado por las conclusiones cerradas) que: cuando dices lo que piensas te expones al rechazo del resto, pero, quizá, del resto solo valga la pena aquel que sigue ahí después de asumir mi descarada honestidad.

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