viernes, 1 de agosto de 2008

El sentido de no tener sentido...

Hoy me he quedado dormida como cuando era pequeña. Reposaba la cabeza en el respaldo del asiento del coche, lucía mi boca semiabierta y mi lengua apoyada en los dientes inferiores, se intuían los de arriba y algo de saliba humedeciéndolo todo. No sé qué tiene el run-run del coche que actúa como un anestésico infalible sobre mi.

Últimamente ando muy cansada. Quizá sean las emociones, que se suceden, que no cesan, que se han aferrado a mi y no me sueltan. "Ahora sonrío por la calle" me confesó alguien ayer. Y me sentí bien. Satisfecha. Hasta desinteresadamente feliz. Y es que, aunque prometí ser más egoísta, pensar más en mi, ser más proteccionista con mis cosas, no me sale. Vuelvo a expresarme hacia afuera. Acabo de abrir las puertas de par en par. Y alguien entrará, seguro que alguien lo hace.

Estoy en caos y mi comportamiento sigue asustando(me). Pero sé que debo dejar atrás los fantasmas, acostumbrarme (de una vez por todas) a las cicatrices que dejaron las heridas del ayer. Esas "lecciones" que reaparecen cuando todo se convierte en algo demasiado familiar. Sentimientos. Malditos y perversos. Imprescindibles y geniales. Bolas de fuego que arden en el estómago. Ganas de cuidar y ser cuidado. Dar lo mejor de uno mismo.

Tiemblo al pensar que todo vuelve. Y después de un año de que nadie diera conmigo, voy y me encuentro. Estaba justo ahí, mezclándome con la gente en cualquier bar, escondiéndome del querer, del dañar, del volver a ser vulnerable. Inevitable ceguera. Hoy me siento más fuerte y más débil a la vez. Una niña pequeña que remira el móvil por si acaso. Una soñadora de pies saltarines, que luce risa sincera y ojos acristalados. Una insensata con ganas de llorar de alegría.

Será que voy corriendo a los sitios, pero esa es mi forma de vivir la vida.... No la cambio.

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