domingo, 3 de agosto de 2008

Desayuno....curiosidad....y cartas de amor

Hoy me levanté con los ojos hinchados de tanto dormir. Me miré en el espejo. Pelos revueltos, párpados caídos y labios inexpresivos. Toda yo era un poema, el que habla del despertar más dulce. Fuera había amanecido hacía horas un sol reluciente acompañado de la jornada más calurosa. Antes de desayunar entré en mi antigua habitación, la amarilla, para coger alguna cosa que no recuerdo y vi "la caja plateada".

Me dió por abrirla y saltaron las antiguas cartas de amor. Estaban ahí, mirándome, incitándome a leerlas... Mareé una entre mis manos, le dí un par de vueltas a distancia, como si no fuera conmigo....De repente, me encontré inmersa en la duda, leer o no leer, esa es la cuestión. Y, sin más, me sobresaltó mi madre llamándome con insistencia. Escondí deprisa los papeles, como si estuviera haciendo algo malo, pensando que iba a llegar ella por detrás a descubrirme. El corazón a mil y voy al salón. "¿Desayunamos?" dijo mi padre con una sonrisa. "Sí, claro", respondí con la certeza de que algo se intuía en mi cara. Pero nadie dijo nada.

Nos tomamos con calma el desayuno. Unas risas. Unos comentarios. Y, después de recoger los restos, volví a la habitación. No puedo remediar ser tan curiosa. Abrí, de nuevo, "la caja plateada". Sentí una mezcla de emoción y añoranza, algo como volver a ver a alguien del que hace tiempo no sabes nada. Metí la mano y al azar saqué un cartón cuadrado con un CD dentro y una carta de cuatro folios escrita a mano. La letra era demasiado conocida, las palabras demasiado lejanas, el color demasiado azul. Y me reía. "Gracias por hacer que esta sea la mejor aventura de mi vida". ¡Vaya!, exclamé. Le seguían infinitas palabras de admiración, cariño, agradecimientos por cosas que se suponía yo había hecho por esa persona. Y me he sentido bien. Quizá mejorquebien. Porque me he dado cuenta de que sí hice todas aquellas cosas, de que sí que fuí ese ángel bueno que describen sus palabras, sí que fui capaz de dar tanto.

Y puede que hoy haya superado uno de mis mayores miedos, el de no ser ya tan ingenua como para entregar todo lo que puedo dar sin pensar en las consecuencias. A lo mejor no entendéis de lo que os hablo, pero siento que he estado escondiéndome de las emociones y acercándome a las personas que, sabía de antemano, no iban a exigírmelas. Porque perdí mi propia referencia y pensé que era yo la que debía encontrarla. Pero estaba equivocada, los demás completan esa tarea que nosotros empezamos. Los demás nos ayudan, nos sustentan, nos hacen crecer e ir más allá.

Es complicado darse cuenta de que no es la ingenuidad lo que nos lleva a creer en las personas, es la valentía. Y hoy por hoy yo creo, creo más que nunca. Y soy valiente.

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