viernes, 30 de mayo de 2008

Desde el otro lado de la luz

Es curioso como el sentido de las canciones que escuchamos cambia según lo que te está ocurriendo en cada momento. En ocasiones una melodía no te dice nada, te resulta insípida, insustancial, odiable. Y, en otras, la misma sucesión de notas te parece el canto de los ángeles. Hecha, escrita, tocada y parida para ti y tus circunstancias.

De la música saco buena parte de la inspiración para escribir. Me acompaña casi cada segundo de mi vida. En el tren, en el coche, cuando salgo a pasear, cuando me ducho, hago lo cena, me tumbo en el sofá o tiendo la ropa. Me gusta bailar a solas en el salón y me gusta llorar cuando siento que todo se derrumba. Siempre acompañada de la voz de un desconocido y su partitura. ¿Cómo es posible que continuamente se creen músicas diferentes? ¿Os lo habéis preguntado alguna vez? Sí, hay canciones que se parecen a otras pero hay muchas que, cuando las escuchas por primera vez, son como renacer. De esas que no puedes dejar de oír, que te aprendes, que silbas por la calle y tarares en el metro. Canciones aborrecibles. Esas son las mejores, las que marcan la Banda Sonora de una vida.

Yo de esas tengo muchas. Pero la más, la que está por encima de cualquiera es "We are de Champions" de Queen. Qué gran canción. Era la favorita de mi hermano. Ese ser extraordinario que se está perdiendo tantas cosas buenas y bonitas de la vida. Ojalá estuviera aquí. Ojalá nunca esa canción hubiera marcado mi vida. Porque, si él no hubiera muerto, si siguiera aquí, si me mirara y me aconsejara. Si me abrazara cuando llego a Barcelona y me dijera lo bonita que soy. Esa canción no significaría ni la mitad de cosas que significa. Queen es "el grupo", lo que él escuchaba antes de irse, la música que más sonaba en su habitación, en aquella mini cadena que no me dejaba casi ni mirar.

No puedo evitar pensar en que él siempre estuvo por encima de mi, que debí ser yo la que se fuera, que no le demostré todo lo que era, lo que le quería, lo que le necesitaba, lo que le echaría de menos. Si él lo supiera, si llegara a verme ahora y sintiera lo que yo, sabría que todo y nada ha cambiado desde que murió. Mi amor y mi admiración siguen intactas, tanto que, a veces, me parece escucharle decir "Esther no entres en mi habitación, te lo advierto". ¡Dios! Cómo te echo de menos.

Y quiero verlo jugar al baloncesto. Quiero volver a molestarle, a chincharle. Quiero verle enamorarse, besar a una chica, ir con él a su restaurante favorito. Quiero saber si es informático, si trabaja de lo que le gusta, si es feliz. Quiero conocer a su mujer y a sus hijos. Quiero que sea todo lo que pudo llegar a ser y nunca será. Porque él es el mejor, es alguien a quien admirar y un punto de referencia demasiado grande como para no verlo. Es una señal luminosa al final del camino. ¿Me esperas? Luego te cuento todo. Ojalá algún día vuelva a ver esa bonita cara. Te quiero.

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