lunes, 26 de mayo de 2008

Algo de Renoir

Ayer, a eso de las 6 de la tarde salió el sol en Madrid, después de un fin de semana pasado por agua. Estaba cansada, agotada, pero acababa de llegar de dejar a mi amiga Maricarmen en el aeropuerto y sentí una necesidad imperiosa de salir a andar. Me enfundé el chándal, por primera vez en mucho tiempo, las zapatillas y el IPod (como no). Había estado demorando demasiado tiempo el momento en el que encontrarme a solas conmigo misma.

La última semana ha sido de vértigo, como montar en el Dragon Kahn. Primero la espera, luego la euforia, subes, bajas, te das la vuelta, llegas al mismo punto y vuelves a empezar. El gráfico se dispara hacia arriba en parámetros de bienestar y existe un mínimo grado de inquietud que avecina una locura al límite de la eclosión. La vida tiene más sentido ahora que antes pero es inevitable buscar un agujero negro, quizá para dotar a todo lo que pasa del realismo que evite el batacazo.

Caminaba por la Dehesa de la Villa pensando que alguien había pintado el paisaje a mi gusto. El sol vestía la copa de los árboles de purpurina y olía a verde. Perros, niños, corredores, ciclistas... Cada uno en su propio mundo. Gente feliz al mismo tiempo. Todos parecían formar parte del engranaje perfecto que hacía de aquel paseo algo extrañamente ideal. Una pintura impresionista. Algo de Renoir, sin duda.

Suena a cursilada pero todo a mi alrededor era digno de admirar. Será que mis ojos miran diferente. Será que me cuesta darme cuenta de que he vuelto a un estado de ensoñación permanente en el que, aún sabiendo que todo puede ir mal, vale la pena arriesgarse.

Pensé y pensé. Después de lo cual lo lógico hubiera sido llegar a alguna conclusión. Pero ¿Desde cuándo sigo yo el cauce lógico de las cosas? Me da que soy más irracional de lo que proyecto y a pesar de darle al coco de una forma casi compulsiva, eso sólo me sirve para añadirle preguntas al cuestionario. Creía que el resultado de la experiencia era llegar a identificar bien los sentimientos y poder ponerles nombre con facilidad. En mi caso, a mayor experiencia, mayor miedo a definir estas cosas.

Me senté en un banco mirando el paisaje que quedaba a mis pies, una llanura verde intensa, frondosa. Cerré los ojos un momento y noté como si alguien se sentara a mi lado. ¿Qué vas a hacer ahora? me preguntó. Nada -le dije susurrando- voy a quedarme aquí sintiendo que no puedo desperdiciar la vida. ¿Y qué quieres hacer ahora?, insistió. Ir, le dije. ¿A dónde? Sólo hay un sitio al que volaría sin penarlo ¿Por qué? porque es donde me siento en paz, donde se me admira por ser yo, donde se me quiere por mis pequeños defectos. ¿Y ese sitio dónde está? titubeó. Te lo digo cuando sea valiente.

2 comentarios:

Gus dijo...

Tú eres la que está pintando su propio cuadro... no tengas miedo, tienes los colores adecuados.
Un beso enorme!

P.D.: por cierto, el otro día vi algo en la tele que me hizo surgir una pregunta "¿De qué color son los besos?". Es decir, cada beso, de cada persona, seguro que inspira en la persona a la que se besa un color... es interesante planteárselo. Los míos los han definido verde-turquesa ;)

*Mejorquebien dijo...

¿Mis besos? No lo sé, quizá estarían entre el azul océano o el naranja fuego...¿Existe ese color? jajajaja...Me encanta ese nuevo concepto. ¿El color del último beso que me han dado? Verde esperanza ;)