jueves, 14 de febrero de 2008

EsCupido

Esta mañana el despertador ha sonado tan repelente como siempre. Mi dubitativa conciencia empezaba el día con una visita. Una presencia inesperada ha amanecido recostada en la cama, a mis pies. He abierto los ojos todo lo que las legañas me lo han permitido y, en penumbra, he visto una expresión de tristeza.

-Lo siento Esther, de momento no hay flechas con tu nombre- me ha dicho.

Al oír aquellas palabras, una sensación familiar me ha recorrido el cuerpo. Era él, pequeño y poderoso. Estaba insatisfecho, diría que hasta decepcionado. Con la voz apagada y la respiración inquieta intentaba explicarme su supuesto fracaso. Yo le he pasado la mano por sus cabellos rizados y se ha calmado.

-No te preocupes por mí- le he dicho– ya me has cuidado bastante en los últimos años. Has procurado que no me faltara el amor y has conseguido que alguien me quisiera casi con devoción. Lo he tenido todo durante mucho tiempo y ahora no puedo, ni quiero, exigir nada parecido. Yo no tengo ninguna prisa. Quizá sea mañana, como dentro de un mes, como dentro de un año. No importa. Todo está bien ahora.

Ojalá todo el mundo sea, al menos una vez en la vida, tan afortunado de sentir la placidez de ser amado y de amar con tanta fuerza que hasta duele de placer (de la misma forma que lo hacen las llagas de la boca que no podemos dejar de morder). Es difícil despertar un día y perder esa seguridad de que alguien te quiere tanto, tanto, tanto, que nada puede ir mal. Pero poco a poco vas aprendiendo que siempre habrá una persona que te quiera, a lo mejor en silencio, a lo mejor de una forma fraternal o con miedo a descubrirlo. Pasan los días y quien te regala la fuerza para enfrentarte al mundo ya no es alguien externo, eres tú mismo. Entonces sientes que aquel vacío, por fin, se ha llenado. Y que se abre un nuevo mundo de posibilidades infinitas ante tus ojos.

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