lunes, 13 de agosto de 2018

Las galletitas saladas

A Sara le gustan las galletitas saladas, los leones marinos y el olor del aceite de churrería. Vive en un pequeño apartamento y come spaguetti, con atún y limón. Es una receta que le enseñó su amiga italiana cuando la visitó por primera y única vez, juntas recorrieron toda la ciudad y fueron a un concierto de Nada Surf y lo dieron todo. Hace poco, a Sara le ha ocurrido algo que era del todo impredecible, ha visto al guitarrista de Nada Surf en un evento, tomando una cerveza, justo a su lado. Sara odia ponerse en modo fan, así que le ha observado por el rabillo del ojo unos minutos, procurando aparentar total desconexión de la emoción y la euforia. En mitad de esa situación se ha puesto a hacer cuentas de los años que han pasado desde aquel concierto y desde todos. Sara es muy dada a la hostia de realidad repentina en el momento menos oportuno. Y a veces se da cuenta de que todavía conserva la ingenuidad de los ojos que no quieren ver. Y cuando llega la ansiedad de pensar en lo que ha hecho, lo que quiere hacer, lo que puede hacer, lo que nunca hizo y lo que no hará, cuando esa bola se le pone en el estómago y al respirar profundo le duele el pecho, se da un paseo por la Monumental y pasa por delante del puesto de churros ambulante a impregnarse de ese olor reconfortante. Sara piensa que tiene un troyano dentro y es lo que todo el mundo llama madurez. Y cuando decida salir del caballo, va a estallar la guerra. Habrá bajas, habrá damnificados y todo cambiará, para siempre. A Sara no le gusta pensar con antelación que las cosas van a dar un giro, pero le gusta girar de manera inesperada. Porque se aburre con facilidad, no comprende el concepto "sentirse pleno". Porque no entiende lo que no conoce. Sara la mayor parte del tiempo se siente vacía, como si tuviera hambre pero en el alma. Y le ruge, le ruge mucho, como un quejido permanente que solo se detiene cuando se le desborda la pasión. Sara lo da todo, no sabe vivir a medio gas, nadie le ha enseñado, ninguna de las dos cosas. Vienen de serie. Lo que tampoco sabe es si está tomando buenas decisiones o malas, sólo las toma, se las argumenta y luego las duda.  En ocasiones se siente muy segura pero inmediatamente contempla la posibilidad de estar equivocándose. Y se siente dual, eufemismo de bipolar. Las galletitas saladas la ayudan a focalizar, a centrarse en lo bueno, a disfrutar de un respiro en un largo caminar de obstáculos raros. Si hay algo que a Sara no le gusta es que le digan lo que tiene que hacer. Quizá por eso a veces esté más perdida que un cachorro en un laberinto de espejos. "Sara, céntrate", "Sara, las cosas no siempre son como uno quiere", "Sara, insiste", "Sara, desiste", "Sara, calla ahora", "Sara, ponte en el lugar del otro", "Sara, sé un poco egoísta", "Sara ¿qué quieres?"... y se atraganta. Las galletitas saladas están muy buenas, pero a veces se hacen bola. 

jueves, 12 de julio de 2018

Julio

Seguramente nunca llegue a conocerte del todo. Lo pienso cuando me subo a tu coche y regulo el asiento a mi gusto. La espalda me duele, justo en el centro. Llevo las piernas mal depiladas, intento esconderlo aunque es muy posible que sea la única que ve el parche de vello que me he dejado al pasarme la maquinilla con prisas. Te miro. Me pregunto si debes tener alguna inseguridad. Si eres de los míos y al verte en el espejo lo primero que buscas son defectos. Sonríes sin apartar tus ojos de la carretera, sabes que te estoy mirando y me ruborizo. Estar en tu coche es raro. Es como si fuera posible volver al pasado tantas veces como hiciera falta hasta que todo saliera bien. Y, de alguna manera, es posible. Porque tú y yo somos pasado y ese pasado nos ha traído aquí hoy. Se nos da bien repetir las primeras veces. Y todo es extrañamente familiar pero nuevo. Mi cavidad torácica no puede contener la cantidad de emoción que acumulo y se me escapa un suspiro. Siento mucho placer en mi esófago mientras expiro el aire. Me libero por un momento pero enseguida me encorseto de nuevo. Contigo me pasa siempre, no termina nunca de desaparecer esa vergüenza infantil. Quizá por eso estamos aquí hoy, porque no soportaría vivir en una balsa de aceite.

jueves, 24 de mayo de 2018

Lemmings

A veces no hablas. No dices nada y no puedo adivinar si es porque no te apetece o no puedes hacerlo. Apostaría mi suspiro de alivio a que algo te inquieta y no quieres preocuparme. Lo intento leer en tus ojos, en las frases que se dibujan en tu frente cuando frunces el ceño, en cada exhalación de aire que balancea suavemente las arrugas de tu camiseta. Dentro de tu cabeza están trabajando cientos de Lemmings, lo sé porque, si fijo la mirada en un punto de la habitación y agudizo el oído, soy capaz de escucharlos. Te están construyendo un muro. Lo hacen bajo tus órdenes, aunque tú no se lo hayas pedido expresamente. El consentimiento es algo volátil cuando prima el subconsciente y todo aquello que te golpea, noquea a tu primer yo, al que está más afuera, pero los golpes desde adentro son los que más duelen. Quizá estés evitando el efecto rebote, que el golpe externo despierte al interno, y eso haga que todo se te descontrole, pierdas las luces de posición dentro del túnel y rompas la porcelana. No tengas miedo, estoy aquí. Voy a lanzarte una batería de preguntas y por cada una me llevaré un ladrillo de ese muro como trofeo. Voy a mirarte directamente a los ojos y te haré saber que soy el hielo para tus golpes. No voy a evitarlos pero intentaré que te duelan lo menos posible y dejen la mínima secuela. Cuántas veces voy a verte así, autogestionando tus preocupaciones, dejándolas crecer dentro de ese cubículo donde tratas de contenerlas para siempre. Quiero respetar tus tiempos y, a la vez, me impacientan. Quisiera que nunca tuvieras que sufrir por nada. Sé que es imposible y, sin embargo, sigo deseándolo con todas mis fuerzas. Me imagino un escenario en el que no tuvieras que enfrentarte a situaciones que minaran tu confianza, que alteraran tu organismo, que diluyeran tu paz. Desearía prolongarte los días de felicidad y acortarte los de inquietud. Después de un rato, te doy un abrazo. No sé si todo lo que he estado diciendo para distraerte tendrá algún sentido. Sólo sé que cuando he empezado a hablar de lo maravillosos que eran los videojuegos en los noventa, te has reído. Me compensa. 

viernes, 30 de marzo de 2018

Tu montaña rusa

Siempre he querido montar en tu montaña rusa. Siempre. Así que cuando tuve la oportunidad de comprarme el abono, no lo dudé. Era joven y visceral. Pagué el precio, sin miramientos: "take my money, and shut up!". Tenía tantas expectativas. No se lo dije a nadie, pero muy dentro de mí sabía que aquella iba a ser la experiencia de mi vida. A ticket to ride (forever). Estaba tan feliz, que me alimentaba de mi propia fortuna. Hasta que un día, admirando mi entrada ilimitada, se me ocurrió leer la letra pequeña: "el acceso a esta atracción está sujeto a la disponibilidad y a las condiciones determinadas por el responsable de la misma" ¿¡Qué!? Aquello, si lo entendía bien, significaba que, a pesar de tener un abono de viajes sin limites, no podía disfrutar de la montaña rusa cuando yo quisiera, tenía que esperar a que me dieran permiso. Por un segundo, me sentí enjaulada, privada de total libertad, decepcionada y estafada. Me habían vendido un "vía libre" y había obtenido un "restringido el paso". Pero no me rendí. Motivada sólo por mi intuición y con el peligro de que todos los castillos que había construido en las nubes se desmoronaran con un simple chasquido, me cosí un disfraz de valiente. Y con la cabeza bien alta golpeé tu puerta varias veces. Pero no abriste. Volví al día siguiente, con la cabeza un poco menos alta y con los dedos cruzados. Pero tampoco resultó. Tu silencio se convirtió en mi verbo. Te escribí cartas infinitas que deslicé bajo tu puerta. Te conté todo sobre mí sin explicarte nada de mi vida. Tuve muchas veces el abono de tu montaña rusa en las manos para devolvértelo, pero cuando pensaba seriamente en deshacerme de él, me paralizaba un fuerte dolor de estómago. Intentaba convencerme de que, quizá, aquella iba a ser la más decepcionante atracción en la que jamás hubiera montado. Al fin y al cabo, hasta la fecha, la lista de contras superaba con creces a la de pros. Así que desistí a regañadientes. Y la vida siguió. Y hubo norias, hubo barcos piratas, hubo autos de choque, pero nunca montañas rusas. Hasta que un día, mucho tiempo después, cuando aquella historia se había convertido en un recuerdo alterado por las emociones idealizadas, recibí un mensaje: "Tras una exhaustiva reforma, la montaña rusa está lista para ser usada en exclusiva por la única persona poseedora de un abono ilimitado... sin restricciones". Después de ilusiones rotas y esfuerzos aparentemente en vano, me detuve a pensar: ¿Podía renunciar a algo que había deseado siempre sólo por orgullo? Mi empeño, si bien no había servido de mucho en el momento, parecía haber caído como una semilla en el campo adecuado. Sólo necesitó tiempo para transformarse en un carril retorcido en tirabuzones, subidas y bajadas, loopings imposibles y toda la diversión que siempre había imaginado. ¿Iba a renunciar a todo eso? ¿Iba a hacerlo? ¿Sería capaz? ¿Podría? Abrí un cajón, revolví algunos papeles y ahí estaba la respuesta a cualquier pregunta, ahí estaba el antídoto de mi orgullo, la contraseña de mi caja fuerte, la ventana abierta tras cerrar la puerta, ahí estaba mi yo del pasado dándome una lección de humildad, ahí estaba el abono, guardado todo ese tiempo, como el "y si" que nunca te sacas de encima. Nunca hasta ahora.

miércoles, 7 de marzo de 2018

SER MUJER

Yo nací mujer. Y cuando salí de las entrañas de mi madre (mujer) no sé si vine con un pan bajo el brazo, pero el tiempo me ha enseñado que con lo que sí vine es con un estigma de serie. Un estigma que me otorgó una sociedad que me señala con el dedo y dice que soy el sexo débil. Una sociedad que todo lo divide por sexos: los colegios, los juegos, las carreras, los trabajos, las obligaciones y los derechos. Una sociedad representada y manipulada por una panda de carcas que dictaminan que la mujer no puede elegir el rol que quiere tener en su propia vida, porque eso ya viene predefinido por su condición de procreadora. Y, según estos iluminados, dar vida te hace débil, menos productiva para la sociedad, indefensa e incapaz de desarrollar otras tareas. Aquí me detengo un momento para subrayar: la mujer es capaz de crear vida en su interior, VIDA. De entre todas las cosas magníficas que puede hacer un ser humano, qué puede ser más meritorio que eso ¿QUÉ?
Por si eso fuera poco, las mujeres además de gestar, parimos. Sacrificamos nuestro cuerpo para dar a luz a personas que, en algunos casos, de mayores preguntarán en las entrevistas de trabajo a sus candidatAs si tienen previsto quedarse embarazadas para no contratarlas. Las mujeres expulsamos bebés del tamaño de un melón por nuestra vagina ¿Dónde está el respeto y la empatía por todo el dolor que eso supone? Cómo no podemos alucinar constantemente con la fortaleza, la determinación y el coraje de las mujeres en cualquier faceta de su vida. Cómo puede ser tan admirable una mujer por el simple hecho de serlo y, por contra, lo único que hace esta sociedad es sexualizar nuestra imagen y, al mismo tiempo, vetarla. Y no sólo vetan nuestra imagen desnuda, también vetan nuestra regla, nos obligan a esconder que sangramos mensualmente y durante una media de tres días al mes nos sentimos ENFERMAS, nos vetan los cambios de humor justificados por los cambios hormonales que soporta nuestro cuerpo en la carrera constante hacia la maternidad (la quieras o no), nos vetan nuestra propia libertad sexual, nos vetan la decisión de no tener una relación estable, ni desear tener hijos como único objetivo de nuestra vida, nos vetan nuestro desarrollo profesional, nos vetan nuestras aspiraciones vitales, nos vetan vestir como nos de la gana, salir con libertad por la calle a cualquier hora sin miedo, nos vetan no querer ser y estar perfectas todo el rato, nos vetan el vello corporal, nos vetan los pezones, nos vetan dar de mamar en público, nos vetan la celulitis, las arrugas, las canas, nos vetan los pensamientos revolucionarios, las protestas, las ansias de justicia, NOS VETAN LA IGUALDAD.
Somos las esposas, putas y esclavas del patriarcado. Somos las que criamos a las nuevas generaciones y en el proceso aprendemos sobre enseñanza, psicología, medicina, entretenimiento... Se nos menosprecia por hacer algo crucial en la sociedad que es preparar a los que nos tomarán el relevo. Y, mientras, los que deciden lo que puedo o no puedo hacer con mi cuerpo, los que se atreven a acosar a las víctimas de agresión sexual, los que hablan por mí, se dan palmadas en la espalda por su mentalidad retrógrada, machista y perversa. Quizá naciéramos con el estigma de ser el sexo débil pero eso no es más que una etiqueta, la que pone el cobarde, el que ve peligrar su hegemonía. Y eso no pasa sólo con las mujeres, ocurre con todo aquello que es considerado una amenaza sobre lo establecido, sobre lo arcaico, sobre lo que coarta las libertades para crear élites de poder. Somos fuertes, somos constantes y tenemos un ejercito de aliados que están con nosotras, el primer paso es alzar la voz por una sociedad feminista, el segundo es conseguirla.

jueves, 1 de febrero de 2018

Besar a un desconocido (parte I)

Nos casi-conocimos en una jam-session que organizaban en un bar cercano a mi casa el primer domingo de cada mes de verano. Aquel día me llevé mi libreta porque de alguna manera tenía que acallar la culpa de no haber escrito una palabra en meses y la música solía despertar el animal creativo que sabía que llevaba dentro, pero que se tomaba su tiempo para salir a la luz. Últimamente me había dado por contarle a todo el mundo que pasaba por un bloqueo creativo severo, a todos, hasta el carnicero, al que se lo conté un día que me incomodaba esperar en silencio a que despedazara el pollo con ese enorme y ligeramente aterrador talento para descuertizar. Todos, sin excepción, me decían, porque todos eran muy entendidos en la materia y/o abrazaban la empatía como el borracho abraza las columnas, que tenía que llevar una libreta allá donde fuera para hacer algo parecido a atrapar la inspiración al vuelo. Como si la libreta fuera una red y la inspiración una mariposa. Así me imaginaba la situación cada vez que me lo sugerían: yo, de cría, en agosto, con cangrejeras blancas, el bañador amarillo (discreta, pasando inadvertida por la vida) y en la mano un largo palo que terminaba en una trampa para mariposas o, en su defecto, cualquier bicho volador que se cruzara en mi camino. Así se suponía que tenía que convertirme en la escritora que siempre había querido ser, yendo a la caza de las ideas que van levitando por encima de nuestras cabezas, invisibles, innoloras, incapaces de ser rastreadas por ninguna aplicación del móvil. 
Aunque lo de la libreta nunca funcionó conmigo, porque soy un engendro raro que no hace nada de lo que se supone que sirve en estos casos (y ningún otro), al menos he cultivado un bonito huerto de sarcasmo que, de vez en cuando, me hace florecer alguna sonrisa. Aquel día decidí llevar mi pequeña libreta, siempre por cuestión de presión social, y le pedí a Roberto, el camarero, que veía todos los primeros domingos de cada mes de verano, una coca cola. Yo me imaginaba que era wisky con hielo, al estilo de mis escritores favoritos, pero no tenía el estómago muy fino aquel día. Recuerdo que divagué internamente un rato sobre la pesadez de hacerse mayor y la consciencia del cuerpo, la debilidad, las cargas y la muerte. Tomé un buen trago de mi coca cola y, os juro que estaba tan metida en la historia de que aquello era whisky que, me ardió en la garganta. Entonces supe que me estaba volviendo loca, pero no loca en plan camisa de fuerza, loca en plan "mira esa chica qué montaña rusa de emociones lleva en el cuerpo y qué poco sabe gestionarlas", loca en plan "inventarme la historia de cada desconocido que pasa por mi lado en la calle", loca en plan "no sé lo que siento, no sé lo que quiero, no sé nada, sólo sé que no me gusta esto, pero no sé por qué", quizá eso sea una locura de manicomio, ojalá no. Roberto me miraba, podía sentirlo aunque no le viera directamente, pensé que se me habrían quedado ojos de puta loca o algo, cuando me meto en el trance de mis juergas mentales, nunca sé qué salvapantallas estoy ofreciendo al exterior. 
Los músicos empezaron a hacer lo suyo, se subieron a una pequeña tarima con sus instrumentos y a improvisar. Yo saqué el tapón de mi boli bic azul y empecé a pintar sin sentidos en la libreta, la mayoría eran corazones, es lo único que sé dibujar, en realidad. Me gustan, son muy cursis y, al final, siempre puedes hacerles una línea en zig-zag a la mitad y dártelas de dura. Pero también dibujo estrellas y caras de personas totalmente amorfas y desproporcionadas. Los ojos enormes y las narices de orificios descompensados son mi especialidad. Me gusta dibujar algo muy feo y luego pasarle el boli por encima un montón de veces hasta que no se vea y dejar un buen borrón de tinta. A veces pienso que esas cosas las hago porque mi vida es muy solitaria y otras porque estoy loca, pero eso ya lo hemos hablado. Tomé otro trago profundo y ardiente de (whisky) cola y el efecto placebo me llevó a pensar como cuando estoy ebria. Y me puse a apostar conmigo misma (otro clásico en el día a día de mi pequeño pero jugoso planeta interior) si sería capaz de besar a un desconocido así, sin más. Ir, darle un morreo que se quedara muerto y largarme. Regalarle eso, un besazo porque sí ¿Podría hacerlo? Seguramente no. Eso está muy bien para una historia, lo típico de "esto nunca pasaría en la vida real" y, me jode, porque yo sólo puedo escribir sobre las cosas que ocurren, aunque luego tengo una imaginación que da miedo, cuando cuento algo, cuento la realidad. Aunque luego me digan: "esto no ha pasado de verdad ¿no?", yo lo dejo a la elección de cada uno pero, sí, ha pasado, no tengo más que añadir señoría. Joder, besar a un desconocido... el estómago me hacía chirivitas. Y he de decir que, cuando se me mete algo en la cabeza, pocas veces desisto. Como cuando llevo mucho tiempo dejando que crezca mi pelo, pasando por un montón de incomodidades como, por ejemplo, que se me meta en la boca cada dos por tres en los momentos más inoportunos y, un buen día, me levanto y quiero el pelo corto, y se lo digo a una amiga y me dice, piénsatelo y lo pienso y cada vez veo el elefante más grande en la habitación. Besar a un desconocido... 

jueves, 16 de noviembre de 2017

It's all too much (Todo esto es demasiado)

Han venido los Beatles a mi casa esta mañana. Han llegado en un rayo de sol que apuntaba directamente a mi oreja. Es extraño porque yo a los Beatles nunca les he invitado a desayunar, pero se han comido mis galletas y se han bebido todo el café. Eso sí, han tenido el detalle de vestirse para la ocasión, todos con traje negro, corbata y su clásico pelo-casco, muy elegantes. Así quién les iba a negar nada. Hemos estado hablando del mundo, he sacado yo el tema, ha sido por no entrar a saco con el amor que, en realidad, era de lo que más me apetecía hablar con ellos hoy. Les he explicado un poco cómo están las cosas y negaban con la cabeza en silencio, John ha sido el único que ha dicho algo, susurrando, con evidentes signos de angustia en su cara "¿el ser humano no cambiará nunca?". En realidad no sé si lo ha dicho o lo he pensado yo y se me ha mezclado todo, pero, lo cierto es que estábamos muy preocupados con el panorama. Y, como anfitriona, no podía permitir que los ánimos decayeran de esa manera, no era una buena forma de empezar el día, para ellos, claro. Para mí el sólo hecho de tener a los Beatles en casa ya convertía el día en el mejor de mi vida. Así que, para relajar el ambiente, les he enseñado un proyecto en el que estoy trabajando, un mural que quiero pintar en mi casa. Les he mostrado un boceto y George enseguida ha tarareado "Happinness is a warm gun" ¡qué pillo! Le he mirado y le he dicho que ese es uno de mis temas favoritos, que es raro porque siempre que lo escucho me crea un agujero en el estómago pero, al mismo tiempo, me da mucha energía. Es como el amor, he dicho medio vergonzosa y han sonreído. Son muy majos los Beatles, la verdad. En ningún momento me han dicho nada de la colección de tazas y posavasos con las portadas de sus discos que tenemos en casa, pero sé que lo han visto, porque cuando he ido a la cocina a por azúcar, se les escuchaba murmurar entre risas nerviosas. Y cuando he vuelto, Paul había cogido el bajo y George la guitarra que hay en mi salón, Ringo, sentado en la mesa, se ha sacado de la manga unas baquetas y me han preguntado que qué tema quería que tocaran. Casi me desmayo, los Beatles me querían tocar un tema, el que yo escogiera, uno de todos los maravillosos temas que hay en su extensa discografía, uno, UNO. Por un momento me he quedado bloqueada mirando a la nada y sintiendo como si el mundo se hubiera parado y tuviera ante mí la decisión más importante. No estaba preparada para que surgiera esta posibilidad en mi vida, nada me hubiera hecho sospechar que aparecería esta oportunidad, ni en mis sueños más surrealistas. Y, sin embargo, ahí estaba. He salido de mi bloqueo brillando, los ojos me chispeaban, me he dado cuenta de que no podía fallar, daba igual el tema que pidiera, todos son buenísimos, todos los que escogiera iban a hacerme súper feliz durante unos minutos y eso ya no me lo robaba nadie. No es posible elegir un tema de los Beatles y luego decir "Ay no, hubiera sido mejor escoger este otro", ni hablar, imposible. Y les he dicho el tema que quería escuchar y durante el tiempo que ha durado la canción, he sentido la magia recorrer todo mi cuerpo. Han terminado, han soltado los instrumentos, se me han acercado y se han despedido. Según se han ido, John me ha mirado y me ha dicho "esto es como el amor" y se ha reído. He pensado que se refería al subidón de adrenalina que he sentido durante el rato que ha durado la canción. Pero, al quedarme sola, con la electricidad del tema todavía cargándome las pilas, me he puesto a pensar: "¿Y si John se ha referido a otra cosa? ¿Y si John se ha referido al hecho de escoger entre todas las opciones la que más feliz te haga en cada momento? ¿Y si John se refiere a que puedes dudar de si tomas la mejor decisión pero, tu instinto te lleva siempre en la dirección de lo que te hace brillar? ¿Y si John se refiere a que la felicidad es cualquier elección que hagas si la encaras con buena actitud? ¿Y si John simplemente me ha copiado la frase para escribir un final redondo, irse y dejar un halo de misterio? Ay John...

miércoles, 8 de noviembre de 2017

El imbécil que me enamoró

Por un imbécil aprendí a amar. Y así empiezo esta historia, desvelando el mayor de mis descubrimientos: se puede amar a un cactus y, por alguna razón extraña, muy dentro de ti, ser futuróloga y saber que en ese cactus terminará por nacer un capullo y de ese capullo saldrá una flor tan increíble que ni la imaginación puede describirla. Pero antes de la gran metamorfosis final, a lo "Lluvia de estrellas", tienes que pincharte, una y otra vez, pillar una buena infección, tomar antibióticos emocionales, recuperarte, vivir, volver a pincharte, que te hagan una transfusión de sangre, revisen tus neuronas, chequeen tus antecedentes, entrar en prisión por reincidente, pasear y que te de el aire, escribir dos novelas, avergonzarte muchas veces, salir, beber, el rollo de siempre... ¡Ah! y que se te olviden tus poderes de pitonisa, claro. Joder, nadie elige de quién enamorarse ¿no? y yo elegí mal, muy mal, pero luego bien, muy bien. Cómo es la vida ¿eh? Que lo mismo estás loco de amor, que lo mismo estás más frío que un casquete polar, con la amenaza del cambio climático planeando sobre tu inerte estado emocional y sin inmutarte, que lo mismo vuelves a estar loco de amor, a lo memoria de pez. Te vas a derretir, si ya lo sabes para qué te resistes. Es cosa de ser Tauro y ya está.  

El caso es que me enamoré de un imbécil, pero, con mis rayos L de listilla, vi algo en él que ni él mismo sabía que tenía. Era una sensación extraña, un feeling que me decía que ese era el río donde debía buscar el oro. Y juro, por la gloria de los mejores grupos indie de este país, que busqué el oro con todas mis ganas. Pero no había manera. Tendría que remontarme mucho tiempo atrás para contar las veces que mandé a la mierda al imbécil, más o menos, tirando por lo bajo, varias docenas. Pero deba igual, porque cuanto más manía quería tenerle, más taquicardia sentía al pensar en él. Y de esa taquicardia vienen estos lodos. Las arenas movedizas en las que te metes cada vez que aparece en tu vida de nuevo. Da igual lo que estés haciendo, da igual el giro de guión que haya dado tu existencia en los últimos meses, da igual si sientes que, por fin, has topado con alguien que te quiere como mereces (sinceramente, no sé cuánto merezco que me quieran ¿hay un porcentaje? ¿hay un medidor? ¿dónde lo busco? ¿en Google?) o que hayas decidido que estás mejor sola que mal acompañada (otro maravilloso consejo patrocinado por tus amigas, las que te adoran y no soportan verte sufrir, pero que, al mismo tiempo, caen en tus mismos errores dos de cada dos veces) da igual todo, porque cuando aparece la taquicardia, se acabó lo que se daba. Ya te puedes esconder bajo tu capa de invisibilidad y estar más callada que un caimán antes de atacar a su presa para que el amor pase de largo y ni te mira que, fíjate bien lo que te digo, no lo hará. El muy cabrón, viene por detrás, sigiloso y te da un susto de muerte. Y sientes LA corazonada, se te nubla la vista, se te enreda las entrañas y te idiotizas para siempre. La taquicardia ha visto tu apuesta de mierda y te saca un full. Venga, a tope. ¿Qué haces? Recuerdas que en algún sitio habías escondido algo de dignidad de reserva, por si las moscas. Pero no eres capaz de acordarte dónde. Entre tanto, el amor ha encendido un neón rosa delante de tus narices con las palabras "Y si...". Te está metiendo un gol por toda la escuadra, a cámara lenta, y tu portero se está comiendo el bocadillo de nocilla del recreo. 

Entonces recapitulas. Sacas los informes y haces recuento de todas las veces en que te sentiste incapaz de querer a nadie al mismo nivel en que quieres al imbécil. Y el imbécil se sienta en tu oficina, con la calculadora y la visera de plástico verde de contable y hace el cálculo de las veces en que se sintió incapaz de querer a nadie como te quiere a ti. Y es cuando tú le dices que es imbécil y él asiente con la cabeza y te hace un comentario estúpido que te provoca un ataque de risa de los de llorar. Estás en el río, de agua hasta las rodillas, te saltas la técnica y metes la mano hasta coger un buen puñado de arena. Te la juegas, a todo o nada. Abres la mano, dejas que la gravilla y la arena se te escurran entre los dedos. Tienes los ojos cerrados, muerta de miedo, o sale o no sale. Lotería pura y dura. Abres los ojos y ahí está: el oro. Al fin, brilla como nada que hayas visto antes, brilla y el resplandor se refleja en tus ojos. Y, aunque seguirás llamándole imbécil entre risas durante un largo tiempo, de imbécil no tienen nada. De amor de tu vida... de eso lo tiene todo. 

viernes, 20 de octubre de 2017

El liquido inmune, la insatisfacción y la felicidad (con matices)

La vida va bien. Aunque te de un poco de miedo decirlo en voz alta, porque sabes, el tiempo te lo ha dicho, que tarde o temprano llegarás al pistacho rancio del paquete. Pero, oye, te levantas un día más y todo va bien, tu paladar sigue degustando un sabor entre dulce y salado muy agradable. Y, a pesar de que no seas partidario de ponerle etiquetas a las emociones, porque crees que eso hace que pierdan toda su complejidad y sus matices, te permites, en la intimidad, llamarlo felicidad. Te imaginas una conversación con alguien que acabas de conocer, alguien que está tratando de saber más de ti y te pregunta ¿cuál ha sido la mejor etapa de tu vida? Lo primero que te pasa por la cabeza es la respuesta que más veces has escuchado "lo mejor está por llegar", pero, por supuesto, no lo dices. Sonríes y piensas en lo absurdamente programado que tenemos el cerebro para la insatisfacción constante. Alguien te dice que es la manera de que siempre estemos buscando mejorar. Y tú le miras y le dices que si vives esperando que llegue siempre algo mejor ¿cómo vas a reconocerlo cuando lo estés viviendo? Ahora estás bien, este es un buen momento. Tienes amor. Y tienes trabajo y tienes aspiraciones y proyectos, ilusiones, planes, objetivos, sueños. Y tienes algo muy grande que se llama familia y amigos que respetan que seas tan solitario. La vida va bien. Has aprendido muchas cosas, no eres ya tan visceral, aunque guardes algo de ese tesoro descontrolado para ocasiones especiales. En tu cabeza está todo almacenado, no has olvidado a las personas que te han querido bien, las que te han querido regular y las que te han querido mal. Tienes esa mente capaz de expresar cierto orgullo cuando piensas en los malos momentos que has pasado y, al mismo tiempo que echas la culpa a otros, tu cabeza te dice que tú también lo hiciste fatal. Y lo reconoces. Ahora, que todo va bien, también haces cosas mal. Y sientes angustia, insatisfacción, presión, conflicto, frustración. Tu positivismo juega al bingo cada mañana para saber con qué problema lidiará hoy, con qué sensación, con qué grado de pesimismo. Quizá por eso nunca has sido una persona de humor lineal, ni de alegres despertares. Pero, ahora que la vida va bien, de vez en cuando hay mañanas dulces y tranquilas, en que la persona que más has querido en tu vida, te abraza y te mira y te prepare un buen café como a ti te gusta. Y ya está, te explota el corazón. Tu probeta de la felicidad va hasta los topes de líquido inmune y sales de casa a ver qué te depara el día, vas lanzando liquido inmune por aquí y por allá, cuando algo te molesta, cuando tienes un pensamiento negativo sobre ti mismo, cuando se te enquista una injusticia, cuando te abruma la ignorancia, cuando todo es un sin sentido, cuando no sabes por dónde tirar, cuando te proponen estupideces, cuando te ataca la contractura de la madurez, cuando la sociedad decide por ti cuál es el momento adecuado, cuando te sientes solo en una lucha interna extraña, innecesaria y corrosiva. Hay días en que vuelves a tu nido con el líquido inmune prácticamente intacto y otros a niveles muy bajos. ¿Cuál es tu suerte entonces? Que ahora sabes cómo generar más líquido inmune, lo sabes y hay días en que lo fabricas y otros en que no te apetece. Y no pasa nada, porque has aprendido a conseguirlo, has descubierto su composición y ahí reside la fuerza de tu felicidad.

viernes, 8 de septiembre de 2017

No seas cretino

A ti cretino,
Personaje de cuestionado bagaje cultural y, sobre todo, emocional. Tú que haces más ruido que cien personas mentalmente sanas y respetuosas. Tú que no conoces filtro, ni empatía. Tú, que te sientes superior porque sí, que piensas que sólo hay una manera de vivir la vida, la tuya, la que calificas de "normal", una vida de mente vacía y boca llena (de veneno). Tú, que me miras el culo cuando paso, como si eso me tuviera que hacer sentir realizada, y me silbas como si fuera ganado. Tú, que te ríes con tus amigos a costa del papel de segundona que la mujer se ha visto obligada a desempeñar en la sociedad gracias a la cantidad de machismo con el que nos habéis enterrado en vida. Tú, que cobras más, que gozas de un rol social superior, compartes palmaditas en la espalda con los que menosprecian al que se sale de "la norma" (religión mediante). Tú, cretino, has estigmatizado la regla, provocando que tengamos que escondernos cuando de repente empezamos a sangrar y nos retorcemos de dolor durante días enteros. Tú, cretino, has estigmatizado el embarazo, provocando que tengamos miedo de anunciar a nuestros jefes que vamos a traer vida a este mundo, esa vida que dentro de unos años pagará tu pensión. Esa vida que descubrirá la cura de tus enfermedades futuras, ESA VIDA. Tú, que dices que una mujer sin depilar no es atractiva, que un hombre no puede amar a otro hombre, que sexualizas la desnudez y luego la censuras, que decides que es más entretenido el deporte masculino que el femenino, que etiquetas, empaquetas y sellas a cada persona según tu vergonzosa base de estereotipos retrógrados. Tú, que llamas "nenaza" al hombre que muestra sus sentimientos y debilidades y "marimacho" a la mujer que realiza actividades que consideras sólo aptas para el género masculino. A ti, que eres como un virus, que a veces te manifiestas en forma de persona y otras en forma de comentario o acto, te deseo la extinción. Ojalá te quemes en el fuego que enciendes cada vez que degradas todo aquello que merece ser exaltado, admirado y respetado.