viernes, 20 de octubre de 2017

El liquido inmune, la insatisfacción y la felicidad (con matices)

La vida va bien. Aunque te de un poco de miedo decirlo en voz alta, porque sabes, el tiempo te lo ha dicho, que tarde o temprano llegarás al pistacho rancio del paquete. Pero, oye, te levantas un día más y todo va bien, tu paladar sigue degustando un sabor entre dulce y salado muy agradable. Y, a pesar de que no seas partidario de ponerle etiquetas a las emociones, porque crees que eso hace que pierdan toda su complejidad y sus matices, te permites, en la intimidad, llamarlo felicidad. Te imaginas una conversación con alguien que acabas de conocer, alguien que está tratando de saber más de ti y te pregunta ¿cuál ha sido la mejor etapa de tu vida? Lo primero que te pasa por la cabeza es la respuesta que más veces has escuchado "lo mejor está por llegar", pero, por supuesto, no lo dices. Sonríes y piensas en lo absurdamente programado que tenemos el cerebro para la insatisfacción constante. Alguien te dice que es la manera de que siempre estemos buscando mejorar. Y tú le miras y le dices que si vives esperando que llegue siempre algo mejor ¿cómo vas a reconocerlo cuando lo estés viviendo? Ahora estás bien, este es un buen momento. Tienes amor. Y tienes trabajo y tienes aspiraciones y proyectos, ilusiones, planes, objetivos, sueños. Y tienes algo muy grande que se llama familia y amigos que respetan que seas tan solitario. La vida va bien. Has aprendido muchas cosas, no eres ya tan visceral, aunque guardes algo de ese tesoro descontrolado para ocasiones especiales. En tu cabeza está todo almacenado, no has olvidado a las personas que te han querido bien, las que te han querido regular y las que te han querido mal. Tienes esa mente capaz de expresar cierto orgullo cuando piensas en los malos momentos que has pasado y, al mismo tiempo que echas la culpa a otros, tu cabeza te dice que tú también lo hiciste fatal. Y lo reconoces. Ahora, que todo va bien, también haces cosas mal. Y sientes angustia, insatisfacción, presión, conflicto, frustración. Tu positivismo juega al bingo cada mañana para saber con qué problema lidiará hoy, con qué sensación, con qué grado de pesimismo. Quizá por eso nunca has sido una persona de humor lineal, ni de alegres despertares. Pero, ahora que la vida va bien, de vez en cuando hay mañanas dulces y tranquilas, en que la persona que más has querido en tu vida, te abraza y te mira y te prepare un buen café como a ti te gusta. Y ya está, te explota el corazón. Tu probeta de la felicidad va hasta los topes de líquido inmune y sales de casa a ver qué te depara el día, vas lanzando liquido inmune por aquí y por allá, cuando algo te molesta, cuando tienes un pensamiento negativo sobre ti mismo, cuando se te enquista una injusticia, cuando te abruma la ignorancia, cuando todo es un sin sentido, cuando no sabes por dónde tirar, cuando te proponen estupideces, cuando te ataca la contractura de la madurez, cuando la sociedad decide por ti cuál es el momento adecuado, cuando te sientes solo en una lucha interna extraña, innecesaria y corrosiva. Hay días en que vuelves a tu nido con el líquido inmune prácticamente intacto y otros a niveles muy bajos. ¿Cuál es tu suerte entonces? Que ahora sabes cómo generar más líquido inmune, lo sabes y hay días en que lo fabricas y otros en que no te apetece. Y no pasa nada, porque has aprendido a conseguirlo, has descubierto su composición y ahí reside la fuerza de tu felicidad.

viernes, 8 de septiembre de 2017

No seas cretino

A ti cretino,
Personaje de cuestionado bagaje cultural y, sobre todo, emocional. Tú que haces más ruido que cien personas mentalmente sanas y respetuosas. Tú que no conoces filtro, ni empatía. Tú, que te sientes superior porque sí, que piensas que sólo hay una manera de vivir la vida, la tuya, la que calificas de "normal", una vida de mente vacía y boca llena (de veneno). Tú, que me miras el culo cuando paso, como si eso me tuviera que hacer sentir realizada, y me silbas como si fuera ganado. Tú, que te ríes con tus amigos a costa del papel de segundona que la mujer se ha visto obligada a desempeñar en la sociedad gracias a la cantidad de machismo con el que nos habéis enterrado en vida. Tú, que cobras más, que gozas de un rol social superior, compartes palmaditas en la espalda con los que menosprecian al que se sale de "la norma" (religión mediante). Tú, cretino, has estigmatizado la regla, provocando que tengamos que escondernos cuando de repente empezamos a sangrar y nos retorcemos de dolor durante días enteros. Tú, cretino, has estigmatizado el embarazo, provocando que tengamos miedo de anunciar a nuestros jefes que vamos a traer vida a este mundo, esa vida que dentro de unos años pagará tu pensión. Esa vida que descubrirá la cura de tus enfermedades futuras, ESA VIDA. Tú, que dices que una mujer sin depilar no es atractiva, que un hombre no puede amar a otro hombre, que sexualizas la desnudez y luego la censuras, que decides que es más entretenido el deporte masculino que el femenino, que etiquetas, empaquetas y sellas a cada persona según tu vergonzosa base de estereotipos retrógrados. Tú, que llamas "nenaza" al hombre que muestra sus sentimientos y debilidades y "marimacho" a la mujer que realiza actividades que consideras sólo aptas para el género masculino. A ti, que eres como un virus, que a veces te manifiestas en forma de persona y otras en forma de comentario o acto, te deseo la extinción. Ojalá te quemes en el fuego que enciendes cada vez que degradas todo aquello que merece ser exaltado, admirado y respetado.

domingo, 27 de agosto de 2017

Ricky

-Ricky ¿qué haces?
-Nada, aquí.
-¿Y ese vaso? ¿Estás bebiendo?
-¿Quieres?
-¿No es un poco pronto?
-Es domingo
-Ya veo.
-¿Quieres?
-Aún no he desayunado
-Ya...
-Llevas la camisa de anoche
-Me gusta esta camisa
-Acabas de llegar ¿no?
-Sí.
-¿Qué hiciste?
-Pensar una barbaridad en ti.
-¿Cómo?
-Estuve en el bar de Luís...
-Ah, sí. Recibí tu mensaje, pero estaba ya en la cama...
-Te perdiste una gran noche.
-Ahora entiendo todo esto...
-¿El qué?
-Este cuadro...
-¿De Manet?
-De Miró
-¿Quieres ver un cuadro?
-¿Qué haces?
-Tengo calor
-¡Siempre igual!
-Como si nunca me hubieras visto sin camisa...
-Necesito un café ¿quieres?
-Sí, esta copa está aguada
-¿Qué se cuenta Luís?
-No hemos hablado en toda la noche... En realidad no estaba...
-¿Y por qué fuiste allí?
-Porque la camarera me invita a copas
-Lidia... Entiendo...
-¿Esta marca de café es nueva?
-Es la de siempre
-Ah.
-Pero, entonces ¿has estado toda la noche bebiendo en el bar de Luís sin Luís y con la camarera de
Luís?
-En efecto
-¿Toda la noche?
-Sí.
-¿Allí?
-Así es.
-¿Sin moverte?
-He ido al baño un par de veces...
-Muy gracioso... ¿Te gusta Lidia?
-Sí, es maja y me aguanta toda la noche... ¡Un momento! ¿Te estás haciendo tostadas y no me ofreces?
-Háztelas tú.
-¿Te pasa algo?
-No.
-¡Vámos que no! ¿Te molesta que me guste la camarera de Luís?
-No.
-¿Ni un poco?
-¡Que no!
-Un poco sí... venga...
-¡Eres idiota! Ahora te pones tú el café...
-¡Pero no te enfades!
-¡Que no me enfado! ¡Serás pesado! ¡Déjame en paz!
-¿Sabes de qué hemos estado hablando?
-No me interesa.
-Te lo voy a contar igualmente.
-Me da igual...
-De si para ser un gran artista tienes que estar medio loco y de ti.
-Claro que tienes que estar algo loco para ser creativo, eso lo hemos hablado mil veces, las personas creativas tienen una sensibilidad distinta al resto...
-Y de ti.
-¿Le has contado que soy la peor compañera de piso que has tenido?
-Sí.
-¡Perfecto! Así no me verá como competencia...
-No creo que lo haga, le gustan las mujeres... Por eso hemos hablado de ti.
-¿Qué? Desarrolla este tema...
-¿Por qué crees que voy tanto al bar de Luís? Si Luís es más amigo tuyo que mío...
-Luís es amigo de los dos.
-Pero me lo presentaste tú.
-Eso sí. Pero os caéis bien.
-Bueno, le soporto... Pero... ese no es el tema.
-¿Entonces? ¿Esto tiene que ver con el mensaje indescifrable que estoy leyendo en mi móvil ahora mismo?
-Sí.
-Me estás tomando el pelo... Estás de resaca...
-Aún no.. Y no creo que lo esté... Lidia no me ha dejado beber demasiado. Decía que debía estar centrado...
-¿Centrado para qué?
-Para decirte que voy al bar de Luís porque es el único sitio al que te gusta ir cuando sales por la noche...
-Es que me deja poner la música que quiera...
-Lo sé.
-Y nos invita de vez en cuando...
-Y está claro que a Luís le gustas...
-¿Tú crees?
-¿Recuerdas aquella noche en que te llamé para que te bajaras y hasta que no te mandó un mensaje Luís no viniste?
-No me acuerdo de eso...
-Yo sí.
-Qué rencoroso ¿no? Ya sabes que me hago de rogar a veces.
-Lo sé y no puedo entender por qué también me tiene que gustar eso de ti.
-Es la primera vez que me dices que te gusta algo de mí.
-¡No es verdad!
-Sí.
-Deberías estar en mi cabeza... Ese pijama que llevas también me gusta mucho...
-¡Venga! No te burles.
-¿Te gusta Luís?
-Sí, es majo y me aguanta toda la noche...
-Ja-ja muy graciosa...
-¿Te molesta?
-Si a ti no te molesta Lidia, a mí no me molesta Luís.
-¿Qué pasaría si me hubiera molestado lo de Lidia por un segundo?
-Que me parecerías más adorable si eso es posible...
-A mí no me gusta Luís, no de la manera en que me lo preguntas...
-En realidad antes no estaba bebiendo, era agua...
-No sé si esa era la contestación que quería.
-Y no me he pasado la noche en el bar de Luís. Sólo un rato. El resto de la noche he estado sentado en el sofá esperando a que te despertaras.
-Lo sé, te escuché llegar, pero no sabía si estabas solo o con alguna muy silenciosa...
-De verdad ¡qué tonta eres!
-Ya...
-¿Nos duchamos y salimos a dar una vuelta?
-Vale ¡tú primero!
-Voy a poner música... El domingo no empieza bien si no nos pegamos un baile.
-Pero ponte la camisa...
-No.
-¡Eres insoportable!
-Me encanta bailar contigo
-Y a mí.




viernes, 11 de agosto de 2017

Mi padre

Yo no soy la mejor hija. Siempre escurridiza, algo antisocial y, por supuesto, intrínseca, de la manera más cerrada y solitaria posible. No soy de ese tipo de persona que está siempre encima de los demás, que les hace la vida más fácil, que se acuerda de llamar, de preguntar, de aparecer, de quedarse. Yo no soy la hija perfecta y sin embargo, no sé por qué motivo, tengo el amor más grande que nadie puede tener, el amor incondicional de mi padre (y de mi madre, sin duda, pero hoy voy a hablar de él, porque es su día y merece que su hija, la que habla poco, le dedique algunas palabras en el formato que mejor se le da).
Él, siendo uno de los hombres de mi vida, merece que yo sea la mejor hija posible y, sin embargo, siento que es capaz de aceptarme tal y como soy, un torpe desastre que va y viene con las emociones a flor de piel y la cabeza quemando engranajes. Siempre en un segundo plano, tiene el don de mejorar mi vida sin decir nada, sin pedir nada, sin protagonismo ninguno. Seguramente haya heredado de él más cosas de las que pienso, ojalá entre ellas estén su fortaleza, su tenacidad y su inteligencia. Él me ha enseñado a ser curiosa y a intentar con todas mis fuerzas hacer lo que me gusta y perseguir mi felicidad por encima de todas las cosas. No somos una familia de película, de grandes discursos reveladores, somos una familia de semillas, de pequeños gestos que van germinando hasta crear sensaciones. Como la sensación de protección, la de bienestar, la de calidez. Como la sensación de no estar solo, de tener una roca a la que agarrarse cuando el temporal te arrastra a alta mar, la de caerse y levantarse con ese bastón de apoyo que siempre te sigue pero que no ves hasta que ya estás en el suelo. Y este es el amor más grande que jamás conoceré, el que me dan desde el día en que nací y llené sus vidas de mis rarezas. Tengo el recuerdo fascinante de los dibujos que hizo mi padre en su juventud, de las poesías que escribía y un día me leyó, su letra manuscrita, su amplio vocabulario, su educación, su saber estar, su seriedad, su forma de curarme las heridas y creer en mi. Decepcionarle siempre ha sido uno de mis mayores temores, aunque él se encarga de que sepa constantemente lo orgulloso que está de mí. A veces pienso que no me los merezco pero, no os voy a engañar,  he tenido mucha suerte en esta lotería del amor, me lo he llevado todo.

domingo, 30 de julio de 2017

Te estoy esperando

Te estoy esperando mientras como cerezas al lado de una ventana. Atardece, la brisa es cálida y hay perros bonitos andando por el paseo. Las copas de los árboles hacen ese ruido tan hipnótico al ser balanceadas por el aire. Me gusta esta soledad y, sin embargo, sé que te estoy esperando. Si mis pensamientos fueran páginas de una novela, en la primera pondría "Todo esto estaba en blanco y ahora estás tú". Estás tú, por todas partes, y está mi forma extraña de decírtelo. Me abruma lo convencional, tú lo sabes, lo sabes todo sobre mí, has tenido más tiempo que nadie para estudiarme, para verme de cerca y a distancia. Estoy convencida de que sabes que si todo hubiera sido perfecto desde el minuto uno, no hubiéramos sobrevivido al aburrimiento. De vez en cuando salgo de mis pensamientos para afinar el oído, tratando de escuchar tus llaves en la cerradura. Y, aunque sepa que es imposible, nunca pierdo esa chispa de emoción de volverte a ver cuando menos lo espero. "Cuando menos lo esperas" es el título de nuestra larga y accidentada historia que termina y empieza aquí, en este punto justo en el que como cerezas al lado de la ventana ¿Qué sería de mis historias sin ti? Ya ni recuerdo cuánto hace que te hiciste musa, que te hice musa. Nadie tomó la decisión y, sin embargo, fue la más acertada de todas. El punto de inflexión hacia una manera de saborear la vida de la que no tenía conocimiento prévio. Así que, aunque sea pésima en el arte de esperar, a las musas se las espera todo lo que haga falta, siempre.

domingo, 23 de julio de 2017

Con las prisas

Estoy un poco cansada de este mundo de tanta prisa y tanta ignorancia. Me he dado cuenta de que cada vez me cuesta más opinar en voz alta sobre lo que ocurre a mi alrededor. Y no es porque no tenga una opinión sobre todo, que la tengo, a veces mi cabeza es un entramado de opiniones diversas sobre el mismo tema que me cuesta desenmarañar. Ni yo, ni mi cabeza podemos entender cómo alguien puede ser capaz de expresar una opinión al segundo de que algo salte a la luz. Cuando yo no paro de darle vueltas al mismo asunto durante días. Maldigo a la inmediatez, a la moda del que llega antes lleva la razón, a la hipocresía de lo superficial. Cada día encuentro más razones por las que no querer exponer mis opiniones y, sin embargo, creo profundamente en que necesitamos personas y profesionales que piensen, que razonen y que opinen desde el conocimiento.

¿Desde cuándo pensar se ha vuelto una lacra? ¿Cuándo fue la última vez que te quedaste pensando un rato sólo por el placer de pensar? ¿Cómo puede tan increíble don ser a la vez tan desaprovechado y tan despreciado? No pienses, actúa. Claro que sí ¡házlo! Pero cuando se trata de compartir ideas y opiniones, piensa, por favor. Piensa sólo en una cosa: ¿tienes toda la información para tener una opinión firme y fundamentada? Quizá sea por mi formación, a veces lo pienso, me habré convertido en una idealista. Puede que por ser periodista trate de ver las cosas desde todos los puntos de vista y, si no soy capaz de verlas, no puedo defender una opinión con toda la convicción. Pero ¡qué demonios! prefiero ser una idealista a ser una ignorante que no le da ninguna importancia a pensar un poco en lo que dice. A veces leo cosas que hacen que me enfurezca y me entristezca y me frustre. Cuando miro a mi alrededor y veo cuánto reconocimiento tienen unos y qué poco tienen otros, cuando veo lo distorsionada que está la escala de méritos sociales, me pregunto ¿a qué parte de la sociedad quiero pertenecer: a la que se le da una categoría superior por sus banalidades? Parece que hoy en día sólo puedes llegar a las masas por un camino, un camino que, cuanto más investigo, menos me gusta. Y con las prisas y el desencantamiento general, se me olvida que lo que me gusta es escribir y ya está. 

domingo, 9 de julio de 2017

Querido Jaime

Querido Jaime,

Ya van unos cuantos meses en los que no me meto en tu vida. Perdóname. He estado un poco ocupada poniendo en orden la mía. No quiero que creas que, en este tiempo, he dejado de pensar en ti. Eso nunca podría ocurrir, eres parte de mí, lo has sido desde el primer día en que escribí tu nombre en aquella página en blanco. Te llevo en mi cabeza y te imagino a diario, haga lo que haga. Te pongo en distintas situaciones y analizo todas tus posibles reacciones. Estoy tan enganchada a ti como lo estoy de la persona que inspiró tu creación. La vida da tantas vueltas, Jaime, pero qué te voy a contar a ti, si no he parado de marearte desde que apareciste en el mundo de las palabras hace unos cuantos años ya. Recuerdo aquellos inicios, cuando nos encontrábamos en la biblioteca de la plaza Lesseps. Subía cada mañana andando, con cara de sueño y ansia viva por estar contigo de nuevo. Me sentaba en una mesa y miraba instintivamente por la ventana para verte, tan meticulosamente aislado de las emociones, tan perdido, tan egoísta. Tenía claro, por entonces, que el antídoto a tu veneno eras tú mismo y mi reto era hacértelo ver. Fueron meses intensos: tú luchabas por sobrevivir ante cada abismo que ponía bajo tus pies y yo, te retorcía hasta exprimir el jugo de tu esencia. Jaime, me enseñaste tanto. Me enseñaste que si lloras cuando escribes, es posible que alguien llore al otro lado de la lectura contigo. Que si se te encoge el corazón mientras cuentas una historia, a alguien se le encogerá cuando la lea. Que si amas algo por encima de cualquier otra cosa, da igual el tiempo que pases sin dedicarle tu atención, siempre terminas en sus redes. A mí me pasa contigo, eres la persona de ficción más importante de mi vida. Mi amor por ti supera todas las expectativas. Ahora mismo te tengo colocado entre las cuerdas, en la historia que nos ha reunido de nuevo, que me ronda en la cabeza desde que puse el punto y final a El cohete azul. Ahora mismo te tengo atrapado, te agarro fuerte, porque sé que puedo sacar más y más de ti, del hombre en que te has convertido, del hombre que serás. Me encanta verte crecer, en paralelo a mi crecimiento, juntos de la mano, seremos más fuertes. Y el día en que alguien se enamore de ti como yo lo estoy, seré feliz, porque eso significará que ven en ti lo que yo veo, que no es más que un tesoro entre mis dedos.

sábado, 1 de julio de 2017

Eres todas las canciones alegres

Antes eras todas las canciones melancólicas y ahora eres todas las canciones alegres. Te miro como si estuviera viendo un atardecer en Marte, sin venir a cuento, sin previo aviso. Me pregunto cómo puedes brillar tanto en los momentos más banales. Una vez te dije que quería todo lo cotidiano contigo, lo más aburrido de la vida, la rutina, lo que todo el mundo hace, lo que todo el mundo planea hacer, lo que todo el mundo... eso y, por supuesto, todo lo demás. Sigo en Marte, viendo atardecer. Y me acuerdo de las veces en que nos hemos entretenido con cualquier cosa, la más sencilla, a veces, hasta la más tonta. Me acuerdo de haber reído hasta hacer caer lagrimones por mis mejillas. Recuerdo pensar en lo difícil que es llegar a los buenos momentos y lo fugaces que son. Sé que después de un buen día habrá otro contigo, pero me recuerdo a cada instante que es importante que inspire todas las sensaciones, que las saboree con pausa y recreándome. Nadie sabe cómo será el después, pero sí el ahora, el ahora son todas las canciones alegres.

martes, 20 de junio de 2017

¿Cuántas veces has perdido el control?

¿Cuántas veces has perdido el control? Y, tras innumerables tropiezos, sigues pensando que "ahora va a ser diferente". Aunque no lo digas en voz alta y te hagas el insensible ante los demás, el incrédulo, el escéptico. Y les digas que esta vez no vas a creerte nada, que todo ha cambiado, que ya no sientes lo mismo. Puedes hablar todo lo que quieras, desgasta tus cuerdas vocales diciendo lo que se supone que debes decir, lo que tus amigos quieren escuchar, lo que tu familia está harta de aconsejarte, lo que es mejor para ti. Les dices que ahora piensas primero en ti y que nadie se merece que pases por lo que has pasado. Díselo y créetelo mientras lo digas. Siente como las palabras engordan tu tibieza interior y te envalentonas a cada conversación sobre "lo mismo" que tienes con los demás. Luego ve a casa y desnúdate, despójate de toda esa falsedad, sácatela a tiras como el pegamento que se mimetiza con la piel.
En compañía de tu soledad puedes dejar de aparentar. Durante un rato te lo has llegado a creer, has sonreído al pensar que, por fin, ya no te importaba, que nada de lo que te pudiera decir iba a sacudirte las entrañas y te iba a tener pendiente de lo que viniera después. Te lo has creído sin creértelo, porque eres bipolar en lo que a este tema se refiere. Tú, el racional, el que tiene un buen consejo para todos los casos, el que amuebla cabezas a su paso, tienes la tuya patas arriba. Sabes muy bien lo que deberías hacer y sabes muy bien lo que vas a hacer, tu cerebro te proporciona más información de la que tus emociones son capaces de digerir. Por un lado se ocupa de actualizar tu memoria y nutrirte de un buen arsenal de malos recuerdos que te comprimen el estómago y despiertan una tortuosa sensación de angustia permanente, por otro, sopla los malditos polvos de la esperanza que lo cubren todo. Así que tu cabeza es un caos de purpurina en vendaval, rayos, truenos y unicornios. Y vas a perder el control otra vez. Desmontarás todo lo construido. Vas a culpar a todo lo que no tiene que ver contigo de esta catástrofe, pero sólo tú has dejado que pasara. Lo curioso es que lo sabes, perfectamente, tu bipolaridad te permite echar balones fuera para luego rebotar en tu cara. Te llevó muchas horas construir esta fortaleza que nadie ha podido franquear excepto una sola persona, en un instante, en un mensaje, en una simple señal de vida. Dices que eres agnóstico pero en realidad eres un creyente, devoto de las emociones fuertes, del empeño, de la cabezonería máxima. Sigues tu instinto, has perfeccionado el arte de la recuperación por repetición y hay algo que te dice que tienes que seguir ese camino, que ahí está todo, que no hay recompensa sin sacrificio.

sábado, 20 de mayo de 2017

Todo quedará en nada

Te arropas entre las sábanas, tratando de seguir dormido a pesar de toda esa luz que entra por la ventana. Anoche olvidaste bajar las persianas y hoy te arrepientes de esa última copa que tomaste pensando en ella. De repente viene a tu mente una canción que creías olvidada, una canción que te hace sentir nostálgico, pero, a pesar de lo triste de su letra, la energía de la melodía te electrifica los músculos. La susurras mientras cierras el puño derecho con fuerza, enfatizando el momento de éxtasis musical ¿Cuánto tiempo hace que no escuchas ese tema? Tanto como el que llevas tratando de olvidarla. Quieres no creer en las señales, frunces el ceño contrariado porque te jode hacerlo. Al fin y al cabo, qué son las señales sino el deseo de hacer algo que nos aterra. Revisas tu teléfono, las ganas que tenías anoche de verla no se te han olvidado, aunque no sepas ni como llegaste a casa. Por suerte no le mandaste ningún mensaje, ninguna foto, ninguna señal de vida. Y eso también te jode, porque, en el fondo (y nunca se lo dirías a nadie) deseas tener el valor de decirle que la echas de menos, aunque sea borracho, aunque sea por mensaje, aunque sea de la peor manera. Y sigues pensando en cómo esta canción te habla a ti, para decirte que no se puede olvidar lo que no se quiere olvidar. Tu piso está vacío, hay restos del festín en la mesa y huele a exceso todavía. Te levantas porque no te queda otra y te sientas en el sofá derrotado. Maldita canción, piensas. No vas a llamarla, porque esta no es una historia de esas, de las que acaban bien en el momento en que tienes una revelación. Esta es una historia de decisiones mal tomadas y empujones desperdiciados. Algún día os volveréis a ver y le dirás, porque ya no importará, la de veces que estuviste a punto de llamarla para decirle lo que realmente pensabas. Y ella te mirará en silencio y todo quedará en nada.