martes, 20 de junio de 2017

¿Cuántas veces has perdido el control?

¿Cuántas veces has perdido el control? Y, tras innumerables tropiezos, sigues pensando que "ahora va a ser diferente". Aunque no lo digas en voz alta y te hagas el insensible ante los demás, el incrédulo, el escéptico. Y les digas que esta vez no vas a creerte nada, que todo ha cambiado, que ya no sientes lo mismo. Puedes hablar todo lo que quieras, desgasta tus cuerdas vocales diciendo lo que se supone que debes decir, lo que tus amigos quieren escuchar, lo que tu familia está harta de aconsejarte, lo que es mejor para ti. Les dices que ahora piensas primero en ti y que nadie se merece que pases por lo que has pasado. Díselo y créetelo mientras lo digas. Siente como las palabras engordan tu tibieza interior y te envalentonas a cada conversación sobre "lo mismo" que tienes con los demás. Luego ve a casa y desnúdate, despójate de toda esa falsedad, sácatela a tiras como el pegamento que se mimetiza con la piel.
En compañía de tu soledad puedes dejar de aparentar. Durante un rato te lo has llegado a creer, has sonreído al pensar que, por fin, ya no te importaba, que nada de lo que te pudiera decir iba a sacudirte las entrañas y te iba a tener pendiente de lo que viniera después. Te lo has creído sin creértelo, porque eres bipolar en lo que a este tema se refiere. Tú, el racional, el que tiene un buen consejo para todos los casos, el que amuebla cabezas a su paso, tienes la tuya patas arriba. Sabes muy bien lo que deberías hacer y sabes muy bien lo que vas a hacer, tu cerebro te proporciona más información de la que tus emociones son capaces de digerir. Por un lado se ocupa de actualizar tu memoria y nutrirte de un buen arsenal de malos recuerdos que te comprimen el estómago y despiertan una tortuosa sensación de angustia permanente, por otro, sopla los malditos polvos de la esperanza que lo cubren todo. Así que tu cabeza es un caos de purpurina en vendaval, rayos, truenos y unicornios. Y vas a perder el control otra vez. Desmontarás todo lo construido. Vas a culpar a todo lo que no tiene que ver contigo de esta catástrofe, pero sólo tú has dejado que pasara. Lo curioso es que lo sabes, perfectamente, tu bipolaridad te permite echar balones fuera para luego rebotar en tu cara. Te llevó muchas horas construir esta fortaleza que nadie ha podido franquear excepto una sola persona, en un instante, en un mensaje, en una simple señal de vida. Dices que eres agnóstico pero en realidad eres un creyente, devoto de las emociones fuertes, del empeño, de la cabezonería máxima. Sigues tu instinto, has perfeccionado el arte de la recuperación por repetición y hay algo que te dice que tienes que seguir ese camino, que ahí está todo, que no hay recompensa sin sacrificio.

sábado, 20 de mayo de 2017

Todo quedará en nada

Te arropas entre las sábanas, tratando de seguir dormido a pesar de toda esa luz que entra por la ventana. Anoche olvidaste bajar las persianas y hoy te arrepientes de esa última copa que tomaste pensando en ella. De repente viene a tu mente una canción que creías olvidada, una canción que te hace sentir nostálgico, pero, a pesar de lo triste de su letra, la energía de la melodía te electrifica los músculos. La susurras mientras cierras el puño derecho con fuerza, enfatizando el momento de éxtasis musical ¿Cuánto tiempo hace que no escuchas ese tema? Tanto como el que llevas tratando de olvidarla. Quieres no creer en las señales, frunces el ceño contrariado porque te jode hacerlo. Al fin y al cabo, qué son las señales sino el deseo de hacer algo que nos aterra. Revisas tu teléfono, las ganas que tenías anoche de verla no se te han olvidado, aunque no sepas ni como llegaste a casa. Por suerte no le mandaste ningún mensaje, ninguna foto, ninguna señal de vida. Y eso también te jode, porque, en el fondo (y nunca se lo dirías a nadie) deseas tener el valor de decirle que la echas de menos, aunque sea borracho, aunque sea por mensaje, aunque sea de la peor manera. Y sigues pensando en cómo esta canción te habla a ti, para decirte que no se puede olvidar lo que no se quiere olvidar. Tu piso está vacío, hay restos del festín en la mesa y huele a exceso todavía. Te levantas porque no te queda otra y te sientas en el sofá derrotado. Maldita canción, piensas. No vas a llamarla, porque esta no es una historia de esas, de las que acaban bien en el momento en que tienes una revelación. Esta es una historia de decisiones mal tomadas y empujones desperdiciados. Algún día os volveréis a ver y le dirás, porque ya no importará, la de veces que estuviste a punto de llamarla para decirle lo que realmente pensabas. Y ella te mirará en silencio y todo quedará en nada.

martes, 9 de mayo de 2017

El rescate

Te encontré cuando todavía no sabías que te habías caído y, sin embargo, te lancé mi cuerda, como si el mero hecho de hacerlo tuviera que ser una revelación para ti. Yo, y mis ganas de no equivocarme, nos embarcamos en una travesía sin atender la amenaza de tormenta. Lo sentía en mi estómago, y si lo decía mi cuerpo no podía ser algo baladí. La graduación de mi cerebro no enfocaba bien tus señales. ¿Podría haberme dado cuenta de lo que no quería darme cuenta? Si te hubiera tenido delante más a menudo, lo habría escuchado de tu boca y habría corroborado la contradicción en tus ojos. De haber sabido antes que no se puede rescatar a alguien que no se sabe en peligro ¿mis huellas habrían marcado otra dirección? Era tu zona de confort la que se volvía en tu contra y yo trataba de dibujarte el mapa que te permitiera escapar de allí a toda velocidad. Te conté mis trucos para cazar fantasmas y ver a través del miedo. Con todo, dejaste que te alcanzaran las sombras, como un fuerza de la naturaleza inevitable. Puede que dudaras al llegar a la primera bifurcación y a todas las que siguieron. Pero no encontraste en la duda la fuerza, solo un rumor, a veces molesto, a veces fuente de alivio, un salvoconducto que quizá algún día pudieras usar. Te acomodaste en tu escondite, lo empapelaste con excusas y remordimiento. Con el tiempo, la cuerda que te lancé se deterioró, y no fue hasta el momento en que la agarraste y la viste deshacerse entre tus dedos, cuando fuiste consciente de lo agónico de la pérdida. Y te rescataste, construyendo un puente donde el camino se había convertido en un abismo. Y al cruzarlo, encontraste mi camino y te quedaste esperando a que llegara.

martes, 2 de mayo de 2017

Quédate

Todo lo que quiero decirte cuando te vas se resume en una palabra: quédate. Quédate, porque no hay otro lugar en el que un abrazo pueda ser más reconfortante, una risa más alegre y un beso más apasionado. Quédate, porque sólo nosotros sabemos el auténtico significado de nosotros. Quédate y jugamos a escuchar las conversaciones de la gente en la calle e inventarnos sus historias. Quédate y saco unas cervezas frías y comemos patatas con limón y pimienta. Quédate y deja que te observe por encima de mis gafas mientras escribo y pienso en lo guapo que eres. Quédate y dime que el amor no es una debilidad, es una fortaleza y que en este tablero sólo gana el más valiente de todos los valientes.

jueves, 6 de abril de 2017

Adicciones y cosas raras

Abro tu maleta a escondidas. Y, aunque estoy segura de que estoy sola, me sobrecoge la tensión de que me vayan a pillar en cualquier momento. Miro a los lados con el apuro del que sabe que está a punto de hacer algo, cuanto menos, inquietante. Observo tus cosas, pocas y perfectamente ordenadas y suspiro de emoción, como si aquello fuera un regalo sorpresa y yo tuviera seis años. Me paro un instante en esa sensación. Todo lo que tiene que ver contigo me hace temblar, me fascina y me aterroriza sin coherencia ninguna. Soy una kamikaze cuando estás cerca, me lanzo al abismo ante cualquier señal de "vía libre", es como si me inyectaran adrenalina directamente en el corazón y perdiera totalmente la cordura. Me siento al límite todo el rato, pisando la línea, a punto de caer y darme la hostia de mi vida. Soy muy consciente de ello y, sin embargo, me la juego una y otra vez, como si me diera igual cualquier tipo de consecuencia, como si al final fuera a descubrir, de repente, que puedo volar. Estoy delante de tus cosas y me muerdo el labio, sonrío nerviosa, nunca había hecho esto, nunca. Cojo un jersey, el que está más a la vista, sin remover demasiado para no dejar pistas. Me lo acerco a la cara, cierro los ojos e inspiro. Ese olor hace que mi cabeza de vueltas y la sangre se me vuelva más roja y más líquida y me recorra el cuerpo a tal velocidad que estoy a punto de desmayarme. Siento pinchazos en la piel, como si mis poros se estuvieran dilatando para exudar toda esta alegría contenida que me emborracha. Y sólo es tu jersey. Cuándo me convertí en una psicópata, me pregunto. Pero disfruto de este momento en el que me puede la adicción a tu aroma, ese único, que me trae tantos recuerdos. Enseguida me invade el pudor y lo dejo todo tal y como estaba. Apuro los minutos de soledad recreándome en mi locura transitoria. Te voy a ver en unas horas y me comportaré normal, algo distante y manteniendo la compostura. Tú me mirarás y no sabré si lo haces porque me deseas o porque sabes que estoy loca y hago cosas raras. Espero que sea lo primero.

miércoles, 5 de abril de 2017

No te olvides de mí (ti)

Te recuerdo bajo la lluvia, mirándome fijamente helada frente a aquel escaparate. Te recuerdo tan al limite de emociones que parecía que ya no podías sentir nada. Ardías. Las gotas de agua se evaporaban al contacto con tu cuerpo. Me preguntaba qué había pasado, por qué todo parecía desmoronarse una y otra vez. Cuándo los días se habían convertido en batallas de una guerra estúpida contra ti misma. Por tu sonrisa sarcástica supe que estabas pensando alguna barbaridad, como que nada de lo que hacías tenía ningún valor, que eras mediocre ¿Realmente lo eras? Yo no lo creía. Aunque, está bien, reconoceré que cuando las personas que quieres que te vean, no te ven, la sensación puede ser desesperante. Pero yo te veía, te veo siempre. Eres mi inspiración diaria. Te apoyo, te animo, te empujo cuando no te atreves. Invertiré toda mi fortaleza en levantarte si te caes, las veces que haga falta, aunque dejes caer todo tu peso hacia abajo, haré lo que sea. Si quieres llorar, llora cuanto necesites, aquí estaré para hacerte sonreír después. No me iré a ninguna parte. Te he acompañado y te acompañaré hasta el final. Aunque a veces no quieras verme, estoy ahí, en tu propio reflejo. Soy la parte de ti que nunca se rinde, que sigue golpeando ese muro sin descanso, hasta el día en que se rompa y puedas atravesarlo. No te olvides de mí. No te olvides de ti.

lunes, 3 de abril de 2017

El cuadro

Miro el cuadro que colgaste, el que colgaste para mí, y pienso en lo bonito que es tu amor y en lo traicionera que es mi mente. Estuvo un tiempo aparcado, hasta que un buen día decidimos su ubicación, así, como quien no quiere la cosa, sin importar que hubiera estado esperando varios meses a que nos atreviéramos a dar el paso. No sé si soy yo, que veo metáforas por todas partes, o esto tiene muchos paralelismos con nosotros. Nosotros y nuestra manera de amarnos despacio y rápido y despacio y rápido, olvidando, a veces, todo lo que hemos llegado a esperar. Cuando nuestros caminos se han cruzado, y lo han hecho muchas veces a lo largo del tiempo, nunca hemos sabido dónde colocar al otro en la ecuación y hemos terminado dejándolo a la espera en cualquier sitio, con la esperanza de que el tiempo nos situara a ambos en el lugar que deseábamos. Y deseábamos ir hacia el mismo destino pero lo hacíamos a ritmos diferentes, por caminos separados, con obstáculos que nos aceleraban o nos atrasaban según la ocasión y nunca acorde el uno con el otro. Al final, el cuadro, hoy, está donde queremos que esté, no sabemos si en el futuro deberemos moverlo o lo dejaremos ahí. Lo que yo sé es que ese cuadro, cargado de simbolismo, cargado de mí, de mi creatividad y mi yo sin ti, siempre me recordará lo grande que es nuestra historia y lo llena de cicatrices que está, imperfecciones que le dan las pinceladas de la realidad que necesitamos para seguir creyendo en esto. No somos un cuento de hadas, menos mal. Nunca hemos sido convencionales, es más, diría que primero nos enamoramos y luego nos conocimos y nos enamoramos más. Si el tiempo me ha dado algo, es la capacidad para querernos tal y como somos, totalmente imperfectos, con las debilidades a flor de piel y los tropiezos constantes. Sabes que conmigo nada es fácil. A veces pienso que, tras esa capa de sosiego y sencillez, te encanta complicarte ¿Por qué ibas a elegirme sino? Seguramente en eso nos parezcamos. Y tantas veces te digo que no sé si nos conocemos suficiente, como tantas veces soy capaz de leer tu mente y saber si estás bien o mal, nervioso o totalmente relajado. Te siento sobre y ante todo. Siempre me has transmitido códigos que sólo sé leer yo. Aún en los peores momentos, muy dentro de mí, lo sabía. Pero sigo forzando situaciones para que salga de ti y me recuerdes una y otra vez que estamos colocados de manera correcta en el lugar ideal.

viernes, 31 de marzo de 2017

El amor pasado por sexo

Ojalá amar fuera tan fácil como follar. Debería serlo. Sin dramas, sin ética, sin moral. Sólo piel empapándose de piel, sólo cuerpos desnudos libres de tabúes. Lágrimas de placer y sótanos húmedos. Éxtasis sostenido y gemidos en agudo. Sin complejos y sin complejidad. La vida es sana si el sexo es sano. La vida es mejor si el sexo es bueno. Sonríe, la persona que te dé el mejor sexo será la elegida, te vas a enamorar. Y lo harás porque no hay nada más íntimo y sincero que quitarte la opresión de encima y quedarte sólo con lo esencial. Folla implicando a todas tus tropas, entrégate a todo lo que te da placer, a todo lo que te eleva y te evade. Date por satisfecho y satisface, diviértete y divierte, vuela y haz volar. Esa es la verdadera complicidad. Todo lo que creéis en esos momentos, se extrapolará a tantas otras situaciones que viviréis. Y el abanico que mantendrá el fuego vivo nunca dejará de agitarse.

lunes, 13 de marzo de 2017

Los dos

En ese momento solo éramos tú y yo y las ganas de que nuestros sueños se hicieran realidad. Viniste a despertarme a las siete de la mañana. Aún siendo yo más pequeña, ingenua y fácilmente ilusionable, fuiste tú el que no podía dormir. Me tocaste la cara susurrando mi nombre varias veces hasta que lograste que abriera los ojos. Estabas ahí, mirándome, lo recuerdo perfectamente. Aún veo el brillo en tus ojos y esa sonrisa pícara de cuando levantabas sólo una comisura de tus labios. Entonces mi estómago distribuyó nervios por todo el cuerpo y me activé de repente. Tú te metiste en mi cama y me preguntaste si habrían venido los reyes. Yo te dije que no lo sabía pero que era muy pronto y que estaba mal que despertáramos a nuestros padres. Tú me dijiste que sí, que nos quedáramos en la cama un poco más. Pero no aguantábamos, porque los dos estábamos hechos de la misma madera, nuestra sonrisa mostraba su mejor versión cuando nos ilusionaba algo, y esa mañana todo era sonrisa y ojos abiertos y ganas de despertar a las dos personas más importantes de nuestra vida para descubrir la transformación de todo su amor por nosotros en paquetes debajo de un árbol. Y no eran los regalos, era el ritual familiar y la felicidad y las risas y las alegrías. Los abrazos de agradecimiento, las invitaciones a jugar. Nos encantaba descubrir los misterios detrás de cada envoltorio, éramos así, yo sigo siendo así. Ninguna incógnita se me puede resistir. Y aunque no lo pienso siempre, sigues en mí, en cada cosa que hago y lleva el sello de lo que aprendí de pequeña, cuando estaba contigo. No sólo perderte me ha hecho la persona que soy, también crecer contigo, aprender contigo, compartir cada día de mi vida hasta la adolescencia contigo, me ha hecho la persona que soy hoy. Cuidaste mi niñez siempre, protegiendo mi inocencia hasta el último momento. Te debo muchos de mis valores y te debo querer ser siempre mejor. La vida sin ti es pura contención emocional. Y a veces los muros de la presa que sostiene la intensidad sentimental no pueden con la presión y tienen que dejar fluir parte del contenido. Y esa bocanada llega de golpe, sin previo aviso, destruyendo los diques colocados como último recurso. Las mareas del amor perdido vuelven una y otra vez. Y siempre termino pensando lo mismo, qué pena haberte perdido y qué felicidad haberte conocido.

viernes, 3 de marzo de 2017

Un momento

Te miras en el espejo, con la música a todo volumen y esa actitud de videoclip de los noventa. Seria, desganada y con las ojeras pidiendo a gritos tres meses de siesta por prescripción médica. Te abalanzas hacia la sensación de ser una estrella de la música, con tu ropa interior hecha una bola a modo de micrófono y una guitarra imaginaria. A pesar de tu demacrado aspecto, ese tema se te va metiendo dentro expandiéndose de inmediato como el virus de aquel niño que estornudó a tu lado en el autobús y te tuvo sin voz una semana. Te sabes este tema, lo has puesto un centenar de veces y en cada una te has imaginado el escenario donde tus movimientos sugerentes son el centro de atención. Te vas haciendo grande, de menos a más en pocos segundos. Te tocas el pelo con sensualidad programada, te sabes al dedillo las subidas y bajadas en la melodía, cada vez estás más adentro, y empiezas a sentirte menos desastre. Las ojeras siguen ahí, pero la actitud les hace sombra. Vas a comerte el mundo mientras dure esta melodía en tu cabeza. Estás dentro de esa burbuja que amortiguará todos los latigazos que te haya preparado la vida para hoy. Vas caminando con tanta decisión que imaginas cómo tiembla el suelo bajo tus pies. Todo va de cara, todo va bien. Casi no tienes sueño ya. Bueno, un poco. Pero lo superarás. Hoy lo superarás todo.