viernes, 11 de agosto de 2017

Mi padre

Yo no soy la mejor hija. Siempre escurridiza, algo antisocial y, por supuesto, intrínseca, de la manera más cerrada y solitaria posible. No soy de ese tipo de persona que está siempre encima de los demás, que les hace la vida más fácil, que se acuerda de llamar, de preguntar, de aparecer, de quedarse. Yo no soy la hija perfecta y sin embargo, no sé por qué motivo, tengo el amor más grande que nadie puede tener, el amor incondicional de mi padre (y de mi madre, sin duda, pero hoy voy a hablar de él, porque es su día y merece que su hija, la que habla poco, le dedique algunas palabras en el formato que mejor se le da).
Él, siendo uno de los hombres de mi vida, merece que yo sea la mejor hija posible y, sin embargo, siento que es capaz de aceptarme tal y como soy, un torpe desastre que va y viene con las emociones a flor de piel y la cabeza quemando engranajes. Siempre en un segundo plano, tiene el don de mejorar mi vida sin decir nada, sin pedir nada, sin protagonismo ninguno. Seguramente haya heredado de él más cosas de las que pienso, ojalá entre ellas estén su fortaleza, su tenacidad y su inteligencia. Él me ha enseñado a ser curiosa y a intentar con todas mis fuerzas hacer lo que me gusta y perseguir mi felicidad por encima de todas las cosas. No somos una familia de película, de grandes discursos reveladores, somos una familia de semillas, de pequeños gestos que van germinando hasta crear sensaciones. Como la sensación de protección, la de bienestar, la de calidez. Como la sensación de no estar solo, de tener una roca a la que agarrarse cuando el temporal te arrastra a alta mar, la de caerse y levantarse con ese bastón de apoyo que siempre te sigue pero que no ves hasta que ya estás en el suelo. Y este es el amor más grande que jamás conoceré, el que me dan desde el día en que nací y llené sus vidas de mis rarezas. Tengo el recuerdo fascinante de los dibujos que hizo mi padre en su juventud, de las poesías que escribía y un día me leyó, su letra manuscrita, su amplio vocabulario, su educación, su saber estar, su seriedad, su forma de curarme las heridas y creer en mi. Decepcionarle siempre ha sido uno de mis mayores temores, aunque él se encarga de que sepa constantemente lo orgulloso que está de mí. A veces pienso que no me los merezco pero, no os voy a engañar,  he tenido mucha suerte en esta lotería del amor, me lo he llevado todo.

domingo, 30 de julio de 2017

Te estoy esperando

Te estoy esperando mientras como cerezas al lado de una ventana. Atardece, la brisa es cálida y hay perros bonitos andando por el paseo. Las copas de los árboles hacen ese ruido tan hipnótico al ser balanceadas por el aire. Me gusta esta soledad y, sin embargo, sé que te estoy esperando. Si mis pensamientos fueran páginas de una novela, en la primera pondría "Todo esto estaba en blanco y ahora estás tú". Estás tú, por todas partes, y está mi forma extraña de decírtelo. Me abruma lo convencional, tú lo sabes, lo sabes todo sobre mí, has tenido más tiempo que nadie para estudiarme, para verme de cerca y a distancia. Estoy convencida de que sabes que si todo hubiera sido perfecto desde el minuto uno, no hubiéramos sobrevivido al aburrimiento. De vez en cuando salgo de mis pensamientos para afinar el oído, tratando de escuchar tus llaves en la cerradura. Y, aunque sepa que es imposible, nunca pierdo esa chispa de emoción de volverte a ver cuando menos lo espero. "Cuando menos lo esperas" es el título de nuestra larga y accidentada historia que termina y empieza aquí, en este punto justo en el que como cerezas al lado de la ventana ¿Qué sería de mis historias sin ti? Ya ni recuerdo cuánto hace que te hiciste musa, que te hice musa. Nadie tomó la decisión y, sin embargo, fue la más acertada de todas. El punto de inflexión hacia una manera de saborear la vida de la que no tenía conocimiento prévio. Así que, aunque sea pésima en el arte de esperar, a las musas se las espera todo lo que haga falta, siempre.

domingo, 23 de julio de 2017

Con las prisas

Estoy un poco cansada de este mundo de tanta prisa y tanta ignorancia. Me he dado cuenta de que cada vez me cuesta más opinar en voz alta sobre lo que ocurre a mi alrededor. Y no es porque no tenga una opinión sobre todo, que la tengo, a veces mi cabeza es un entramado de opiniones diversas sobre el mismo tema que me cuesta desenmarañar. Ni yo, ni mi cabeza podemos entender cómo alguien puede ser capaz de expresar una opinión al segundo de que algo salte a la luz. Cuando yo no paro de darle vueltas al mismo asunto durante días. Maldigo a la inmediatez, a la moda del que llega antes lleva la razón, a la hipocresía de lo superficial. Cada día encuentro más razones por las que no querer exponer mis opiniones y, sin embargo, creo profundamente en que necesitamos personas y profesionales que piensen, que razonen y que opinen desde el conocimiento.

¿Desde cuándo pensar se ha vuelto una lacra? ¿Cuándo fue la última vez que te quedaste pensando un rato sólo por el placer de pensar? ¿Cómo puede tan increíble don ser a la vez tan desaprovechado y tan despreciado? No pienses, actúa. Claro que sí ¡házlo! Pero cuando se trata de compartir ideas y opiniones, piensa, por favor. Piensa sólo en una cosa: ¿tienes toda la información para tener una opinión firme y fundamentada? Quizá sea por mi formación, a veces lo pienso, me habré convertido en una idealista. Puede que por ser periodista trate de ver las cosas desde todos los puntos de vista y, si no soy capaz de verlas, no puedo defender una opinión con toda la convicción. Pero ¡qué demonios! prefiero ser una idealista a ser una ignorante que no le da ninguna importancia a pensar un poco en lo que dice. A veces leo cosas que hacen que me enfurezca y me entristezca y me frustre. Cuando miro a mi alrededor y veo cuánto reconocimiento tienen unos y qué poco tienen otros, cuando veo lo distorsionada que está la escala de méritos sociales, me pregunto ¿a qué parte de la sociedad quiero pertenecer: a la que se le da una categoría superior por sus banalidades? Parece que hoy en día sólo puedes llegar a las masas por un camino, un camino que, cuanto más investigo, menos me gusta. Y con las prisas y el desencantamiento general, se me olvida que lo que me gusta es escribir y ya está. 

domingo, 9 de julio de 2017

Querido Jaime

Querido Jaime,

Ya van unos cuantos meses en los que no me meto en tu vida. Perdóname. He estado un poco ocupada poniendo en orden la mía. No quiero que creas que, en este tiempo, he dejado de pensar en ti. Eso nunca podría ocurrir, eres parte de mí, lo has sido desde el primer día en que escribí tu nombre en aquella página en blanco. Te llevo en mi cabeza y te imagino a diario, haga lo que haga. Te pongo en distintas situaciones y analizo todas tus posibles reacciones. Estoy tan enganchada a ti como lo estoy de la persona que inspiró tu creación. La vida da tantas vueltas, Jaime, pero qué te voy a contar a ti, si no he parado de marearte desde que apareciste en el mundo de las palabras hace unos cuantos años ya. Recuerdo aquellos inicios, cuando nos encontrábamos en la biblioteca de la plaza Lesseps. Subía cada mañana andando, con cara de sueño y ansia viva por estar contigo de nuevo. Me sentaba en una mesa y miraba instintivamente por la ventana para verte, tan meticulosamente aislado de las emociones, tan perdido, tan egoísta. Tenía claro, por entonces, que el antídoto a tu veneno eras tú mismo y mi reto era hacértelo ver. Fueron meses intensos: tú luchabas por sobrevivir ante cada abismo que ponía bajo tus pies y yo, te retorcía hasta exprimir el jugo de tu esencia. Jaime, me enseñaste tanto. Me enseñaste que si lloras cuando escribes, es posible que alguien llore al otro lado de la lectura contigo. Que si se te encoge el corazón mientras cuentas una historia, a alguien se le encogerá cuando la lea. Que si amas algo por encima de cualquier otra cosa, da igual el tiempo que pases sin dedicarle tu atención, siempre terminas en sus redes. A mí me pasa contigo, eres la persona de ficción más importante de mi vida. Mi amor por ti supera todas las expectativas. Ahora mismo te tengo colocado entre las cuerdas, en la historia que nos ha reunido de nuevo, que me ronda en la cabeza desde que puse el punto y final a El cohete azul. Ahora mismo te tengo atrapado, te agarro fuerte, porque sé que puedo sacar más y más de ti, del hombre en que te has convertido, del hombre que serás. Me encanta verte crecer, en paralelo a mi crecimiento, juntos de la mano, seremos más fuertes. Y el día en que alguien se enamore de ti como yo lo estoy, seré feliz, porque eso significará que ven en ti lo que yo veo, que no es más que un tesoro entre mis dedos.

sábado, 1 de julio de 2017

Eres todas las canciones alegres

Antes eras todas las canciones melancólicas y ahora eres todas las canciones alegres. Te miro como si estuviera viendo un atardecer en Marte, sin venir a cuento, sin previo aviso. Me pregunto cómo puedes brillar tanto en los momentos más banales. Una vez te dije que quería todo lo cotidiano contigo, lo más aburrido de la vida, la rutina, lo que todo el mundo hace, lo que todo el mundo planea hacer, lo que todo el mundo... eso y, por supuesto, todo lo demás. Sigo en Marte, viendo atardecer. Y me acuerdo de las veces en que nos hemos entretenido con cualquier cosa, la más sencilla, a veces, hasta la más tonta. Me acuerdo de haber reído hasta hacer caer lagrimones por mis mejillas. Recuerdo pensar en lo difícil que es llegar a los buenos momentos y lo fugaces que son. Sé que después de un buen día habrá otro contigo, pero me recuerdo a cada instante que es importante que inspire todas las sensaciones, que las saboree con pausa y recreándome. Nadie sabe cómo será el después, pero sí el ahora, el ahora son todas las canciones alegres.

martes, 20 de junio de 2017

¿Cuántas veces has perdido el control?

¿Cuántas veces has perdido el control? Y, tras innumerables tropiezos, sigues pensando que "ahora va a ser diferente". Aunque no lo digas en voz alta y te hagas el insensible ante los demás, el incrédulo, el escéptico. Y les digas que esta vez no vas a creerte nada, que todo ha cambiado, que ya no sientes lo mismo. Puedes hablar todo lo que quieras, desgasta tus cuerdas vocales diciendo lo que se supone que debes decir, lo que tus amigos quieren escuchar, lo que tu familia está harta de aconsejarte, lo que es mejor para ti. Les dices que ahora piensas primero en ti y que nadie se merece que pases por lo que has pasado. Díselo y créetelo mientras lo digas. Siente como las palabras engordan tu tibieza interior y te envalentonas a cada conversación sobre "lo mismo" que tienes con los demás. Luego ve a casa y desnúdate, despójate de toda esa falsedad, sácatela a tiras como el pegamento que se mimetiza con la piel.
En compañía de tu soledad puedes dejar de aparentar. Durante un rato te lo has llegado a creer, has sonreído al pensar que, por fin, ya no te importaba, que nada de lo que te pudiera decir iba a sacudirte las entrañas y te iba a tener pendiente de lo que viniera después. Te lo has creído sin creértelo, porque eres bipolar en lo que a este tema se refiere. Tú, el racional, el que tiene un buen consejo para todos los casos, el que amuebla cabezas a su paso, tienes la tuya patas arriba. Sabes muy bien lo que deberías hacer y sabes muy bien lo que vas a hacer, tu cerebro te proporciona más información de la que tus emociones son capaces de digerir. Por un lado se ocupa de actualizar tu memoria y nutrirte de un buen arsenal de malos recuerdos que te comprimen el estómago y despiertan una tortuosa sensación de angustia permanente, por otro, sopla los malditos polvos de la esperanza que lo cubren todo. Así que tu cabeza es un caos de purpurina en vendaval, rayos, truenos y unicornios. Y vas a perder el control otra vez. Desmontarás todo lo construido. Vas a culpar a todo lo que no tiene que ver contigo de esta catástrofe, pero sólo tú has dejado que pasara. Lo curioso es que lo sabes, perfectamente, tu bipolaridad te permite echar balones fuera para luego rebotar en tu cara. Te llevó muchas horas construir esta fortaleza que nadie ha podido franquear excepto una sola persona, en un instante, en un mensaje, en una simple señal de vida. Dices que eres agnóstico pero en realidad eres un creyente, devoto de las emociones fuertes, del empeño, de la cabezonería máxima. Sigues tu instinto, has perfeccionado el arte de la recuperación por repetición y hay algo que te dice que tienes que seguir ese camino, que ahí está todo, que no hay recompensa sin sacrificio.

sábado, 20 de mayo de 2017

Todo quedará en nada

Te arropas entre las sábanas, tratando de seguir dormido a pesar de toda esa luz que entra por la ventana. Anoche olvidaste bajar las persianas y hoy te arrepientes de esa última copa que tomaste pensando en ella. De repente viene a tu mente una canción que creías olvidada, una canción que te hace sentir nostálgico, pero, a pesar de lo triste de su letra, la energía de la melodía te electrifica los músculos. La susurras mientras cierras el puño derecho con fuerza, enfatizando el momento de éxtasis musical ¿Cuánto tiempo hace que no escuchas ese tema? Tanto como el que llevas tratando de olvidarla. Quieres no creer en las señales, frunces el ceño contrariado porque te jode hacerlo. Al fin y al cabo, qué son las señales sino el deseo de hacer algo que nos aterra. Revisas tu teléfono, las ganas que tenías anoche de verla no se te han olvidado, aunque no sepas ni como llegaste a casa. Por suerte no le mandaste ningún mensaje, ninguna foto, ninguna señal de vida. Y eso también te jode, porque, en el fondo (y nunca se lo dirías a nadie) deseas tener el valor de decirle que la echas de menos, aunque sea borracho, aunque sea por mensaje, aunque sea de la peor manera. Y sigues pensando en cómo esta canción te habla a ti, para decirte que no se puede olvidar lo que no se quiere olvidar. Tu piso está vacío, hay restos del festín en la mesa y huele a exceso todavía. Te levantas porque no te queda otra y te sientas en el sofá derrotado. Maldita canción, piensas. No vas a llamarla, porque esta no es una historia de esas, de las que acaban bien en el momento en que tienes una revelación. Esta es una historia de decisiones mal tomadas y empujones desperdiciados. Algún día os volveréis a ver y le dirás, porque ya no importará, la de veces que estuviste a punto de llamarla para decirle lo que realmente pensabas. Y ella te mirará en silencio y todo quedará en nada.

martes, 9 de mayo de 2017

El rescate

Te encontré cuando todavía no sabías que te habías caído y, sin embargo, te lancé mi cuerda, como si el mero hecho de hacerlo tuviera que ser una revelación para ti. Yo, y mis ganas de no equivocarme, nos embarcamos en una travesía sin atender la amenaza de tormenta. Lo sentía en mi estómago, y si lo decía mi cuerpo no podía ser algo baladí. La graduación de mi cerebro no enfocaba bien tus señales. ¿Podría haberme dado cuenta de lo que no quería darme cuenta? Si te hubiera tenido delante más a menudo, lo habría escuchado de tu boca y habría corroborado la contradicción en tus ojos. De haber sabido antes que no se puede rescatar a alguien que no se sabe en peligro ¿mis huellas habrían marcado otra dirección? Era tu zona de confort la que se volvía en tu contra y yo trataba de dibujarte el mapa que te permitiera escapar de allí a toda velocidad. Te conté mis trucos para cazar fantasmas y ver a través del miedo. Con todo, dejaste que te alcanzaran las sombras, como un fuerza de la naturaleza inevitable. Puede que dudaras al llegar a la primera bifurcación y a todas las que siguieron. Pero no encontraste en la duda la fuerza, solo un rumor, a veces molesto, a veces fuente de alivio, un salvoconducto que quizá algún día pudieras usar. Te acomodaste en tu escondite, lo empapelaste con excusas y remordimiento. Con el tiempo, la cuerda que te lancé se deterioró, y no fue hasta el momento en que la agarraste y la viste deshacerse entre tus dedos, cuando fuiste consciente de lo agónico de la pérdida. Y te rescataste, construyendo un puente donde el camino se había convertido en un abismo. Y al cruzarlo, encontraste mi camino y te quedaste esperando a que llegara.

martes, 2 de mayo de 2017

Quédate

Todo lo que quiero decirte cuando te vas se resume en una palabra: quédate. Quédate, porque no hay otro lugar en el que un abrazo pueda ser más reconfortante, una risa más alegre y un beso más apasionado. Quédate, porque sólo nosotros sabemos el auténtico significado de nosotros. Quédate y jugamos a escuchar las conversaciones de la gente en la calle e inventarnos sus historias. Quédate y saco unas cervezas frías y comemos patatas con limón y pimienta. Quédate y deja que te observe por encima de mis gafas mientras escribo y pienso en lo guapo que eres. Quédate y dime que el amor no es una debilidad, es una fortaleza y que en este tablero sólo gana el más valiente de todos los valientes.

jueves, 6 de abril de 2017

Adicciones y cosas raras

Abro tu maleta a escondidas. Y, aunque estoy segura de que estoy sola, me sobrecoge la tensión de que me vayan a pillar en cualquier momento. Miro a los lados con el apuro del que sabe que está a punto de hacer algo, cuanto menos, inquietante. Observo tus cosas, pocas y perfectamente ordenadas y suspiro de emoción, como si aquello fuera un regalo sorpresa y yo tuviera seis años. Me paro un instante en esa sensación. Todo lo que tiene que ver contigo me hace temblar, me fascina y me aterroriza sin coherencia ninguna. Soy una kamikaze cuando estás cerca, me lanzo al abismo ante cualquier señal de "vía libre", es como si me inyectaran adrenalina directamente en el corazón y perdiera totalmente la cordura. Me siento al límite todo el rato, pisando la línea, a punto de caer y darme la hostia de mi vida. Soy muy consciente de ello y, sin embargo, me la juego una y otra vez, como si me diera igual cualquier tipo de consecuencia, como si al final fuera a descubrir, de repente, que puedo volar. Estoy delante de tus cosas y me muerdo el labio, sonrío nerviosa, nunca había hecho esto, nunca. Cojo un jersey, el que está más a la vista, sin remover demasiado para no dejar pistas. Me lo acerco a la cara, cierro los ojos e inspiro. Ese olor hace que mi cabeza de vueltas y la sangre se me vuelva más roja y más líquida y me recorra el cuerpo a tal velocidad que estoy a punto de desmayarme. Siento pinchazos en la piel, como si mis poros se estuvieran dilatando para exudar toda esta alegría contenida que me emborracha. Y sólo es tu jersey. Cuándo me convertí en una psicópata, me pregunto. Pero disfruto de este momento en el que me puede la adicción a tu aroma, ese único, que me trae tantos recuerdos. Enseguida me invade el pudor y lo dejo todo tal y como estaba. Apuro los minutos de soledad recreándome en mi locura transitoria. Te voy a ver en unas horas y me comportaré normal, algo distante y manteniendo la compostura. Tú me mirarás y no sabré si lo haces porque me deseas o porque sabes que estoy loca y hago cosas raras. Espero que sea lo primero.