domingo, 3 de julio de 2016

El presente siempre contigo.

Te espero. Hoy es el día en que más te quiero de todos los días en que te he querido. No sé qué pasará mañana, cómo puedo saberlo, si sólo tenemos hoy, ahora, para siempre. Si mañana será hoy y volverá a ser el único momento importante. El presente lo quiero contigo. Porque siempre será presente y siempre te esperaré ansiosa a que llegues diez minutos tarde. Y haré como que no me importa y mi cara dirá lo que no pronuncio. Hasta que me leas y me pidas perdón por ser tan tú. Y yo admita en mi interior que lo que más me gusta de ti es precisamente lo que me disgusta. Porque a pesar de que ninguno de los dos somos perfectos y nuestros defectos aclaman la atención del otro con fervor y regodeo, hacemos el mejor equipo. Algunos dirán que lo nuestro es fe ciega, pero hablarán sin saber, porque la ceguera es falta de conocimiento. Y, nosotros, sin embargo, somos ciencia, el resultado de múltiples ensayos y errores. Una combinación de elementos que, con el tiempo, se han ido afinando hasta dar este resultado. No ha sido fácil pulir la aristas y redondear los bordes hasta conseguir la forma idónea para amar sin salir mal herido. Hoy lo hemos logrado, no sé mañana, no sé pasado. El futuro es inalcanzable, porque el futuro es el presente del mañana. Y, de principio a fin, el presente siempre contigo.

sábado, 18 de junio de 2016

El fin de la sutileza

La sutileza ha muerto. Al menos para los de mi generación. Nunca he visto a tanta gente ir al grano como en esta época de mi vida. Y no soy contraria (ni mucho menos) de ir a por lo que deseas usando el camino recto. Pero a veces se echan de menos algunas curvas, disfrutar del paisaje, ver cómo va cambiando poco a poco y adivinar las señales que te indican que estás llegando a tu destino. Lo que sería cocer a fuego lento un buen plato de cuchara. Con dedicación, con esmero, con deleite incluso. Salivar antes de dar el primer mordisco, tensar todos los músculos antes de decir la primera palabra, abrazar la grandeza del lenguaje no verbal. A mí siempre me han gustado mucho las miradas furtivas, tengo que admitirlo. Y leer entre líneas, eso me fascina. Quizá sea demasiado fanática de la sutileza, de decir sin pronunciar o transmitir sin descubrirte por completo. La vidilla del misterio. Tengo la sensación de que eso ya se ha perdido. Y me baso en datos empíricos. En personas que se comportan como si estuvieran en un supermercado y pudieran coger lo que quisieran en el momento en el que lo desearan. Personas que entran por la puerta sin preguntar, invadiendo tu espacio de forma descarada, hasta la incomodidad. Seres egoístas que no entienden de sutileza y muestran la pata de cordero para enseguida auto descubrirse como el lobo feroz que va a darle a tu vida la dosis de salvajismo que le falta. Y esto me lleva a la conclusión de que, existen personas que creen que el amor no puede ser salvaje y, por eso, está permitido buscar en paralelo lo que sacie tu sed. Condeno esta idea. El amor no sólo puede ser salvaje sino que debe serlo. Y lo mejor es que el amor también puede ser sutil. Sutil y salvaje, la dualidad perfecta. Posiblemente no sea el primer amor que llegue, pero claramente será el último en quedarse.

lunes, 13 de junio de 2016

La alineación de los planetas

Yo siempre fui más de Blur pero no por ello dejé de escuchar a Oasis. Lo mismo que siempre fui muy de ti pero no por eso dejé de sintonizar otras emisoras. Aún y así, tu música era la única que escuchaba de fondo, en todas las ocasiones especiales, como una banda sonora compuesta en exclusiva para la película de mi vida. A veces subías el volumen y a veces lo bajabas tanto que apenas podía escucharte. Pero nunca te disipaste como lo hacen los recuerdos lejanos, como lo hacen las cosas que terminan por no importarnos y que el tiempo se encarga de volatilizar. Contigo mi frialdad, estigmatizada por tantos otros, se derrite con la rapidez de un parpadeo. Contigo mi vulnerabilidad, escondida tras capas y capas de prefabricada independencia, autoestima y sarcasmo, se abre camino entre las grietas que crean tus golpes de amor. Yo siempre y nunca creí en nosotros. Esa fue la bipolaridad que me dejó una sucesión de eventos surrealistas en lo que nada era lo que parecía, aunque en realidad sí. Un beso apasionado nunca es un beso a secas, es un beso apasionado, que se podrá explicar de muchas maneras, que tendrá una connotación distinta para cada persona, pero nunca se podrá decir que sólo fue un beso. Igual que lo nuestro nunca fue sólo amor, también fue la sucesión de muchas otras cosas importantes. Nunca sabremos si primero fue la amistad o el enamoramiento, si primero fue el sentido del humor o la incapacidad por dejar de mirarnos, la compatibilidad en gustos o el nerviosismo al tocarnos. Hay cosas que no se pueden desgranar y ponerlas en un ranking de importancia, porque se han creado al mismo tiempo, en un paquete perfecto de sensaciones que parecen obra de la alineación de los planetas.

domingo, 10 de abril de 2016

Soy tu ángel de la guarda

Apareces cuando todos ya se han ido. Sólo quedo yo, tratando de recoger mi dignidad del suelo. He perdido la noche esperando a que tu balanza interna se decante por afrontar el miedo terrible a verme. Y al final lo hace pero, como siempre, tarde. Aunque nunca es tarde cuando la mitad de la ecuación depende de mí. Porque sigo estando ahí, para ti, imaginando el día en que deje de asustarte como los monstruos del armario nos aterraban de niños. A veces me miro en el espejo y pienso que no soy tan fea y que, dejando aparte mi genio, puedo ser bastante simpática, si me apuras, a riesgo de parecer narcisista, hasta diría que puedo resultar interesante. Pero te empeñas en hacerme sentir pequeña y transparente, vulgar en ocasiones. Como si no fuera digna de tus atenciones. Y te justifico todo el tiempo, me meto en ti e interpreto tu comportamiento, excusándote mejor que tú mismo. Te miro por dentro y sé que eres mejor persona de lo que aparentas. Que toda esa indiferencia sólo es fachada. Que te puede la inseguridad. Y, sin embargo, soy yo la que más sufre los tumbos que das en la vida. Apareciendo y desapareciendo como Houdini, lo único que haces es aplazar los problemas. Y cuando te exploten en las manos vendrás a verme y me pedirás que te diga que todo irá bien, que la vida son fases y que lo malo nunca dura para siempre. Y lo haré porque soy tu ángel de la guarda con sexo, femenino para ser exactos. Quizá el día que te des cuenta de eso y, por fin, vengas a por mí, esté recogiendo mi dignidad del suelo tras haber esperado toda la noche a que aparecieras, o quizá no.

lunes, 4 de abril de 2016

Tu yo del pasado

Hoy he vuelto a encontrarme con tu yo pasado. Estaba sentado frente a un ordenador, escribiendo un correo que he leído con atención. No podía verte la cara, pero sabía que eras tú. Reconozco muy bien tu espalda, por todas esas veces en que te he visto alejarte de mí. Hoy, en el pasado, parecías tranquilo. Escribías y relatabas en voz alta, gesticulando con las manos, divagando entre la seriedad y el humor. Me dedicabas palabras nuevas para ti pero que yo, desde el futuro, ya las conocía. A estas alturas las habré leído decenas de veces, rebuscando entre líneas, tratando de interpretar cada punto, cada coma, cada significado de cada palabra. En aquel momento se me enquistaron, hoy han vuelto a hacerlo.  He mirado la espalda de tu yo pasado y he pensado que sólo hay una cosa que no reconozco en él, a ti. Pero no puedo evitar pensar que a él le conozco más, por todas esas cartas similares que guardo en mi correo y que hoy rememora mi recuerdo. Y todo se vuelve un poco gris durante cinco minutos, los mismos en que decido no subir las escaleras mecánicas andando y detenerme para leer tus antiguos argumentos. Y suena poesía en mis oídos y subo a la cima sin esfuerzo, para volver a casa con cierta sensación de soledad. El fantasma revolotea y la determinación es una bruma que se dispersa a mi paso.

domingo, 3 de abril de 2016

A veces quiero...

A veces quiero que mis palabras sean música. Desearía tener más talentos y menos limitaciones mentales. Ser bella siempre, de una forma despreocupada. Mirarme al espejo y saber que soy todo lo que quiero ser y tengo todo lo que he anhelado siempre. Estar segura de que nunca moriré, de que nunca me perderé ni un segundo de toda la felicidad que mi existencia está destinada a obtener. Desearía saltarme los días de angustia, lanzarles un vaso de agua y que se deshicieran. Que esos malos momentos no se conviertan en heridas que estropean los buenos momentos. Que esos buenos momentos duren para siempre y siempre con la misma intensidad. Quiero que el amor no se marchite nunca y que el entusiasmo se convierta en mi primera reacción ante todas las nuevas experiencias. Deseo ser invencible. Volar. Que la fortaleza no sea simple apariencia, que mi sonrisa sea siempre absolutamente sincera y hacer reír. Que la edad no fulmine mi espontaneidad. Que la experiencia no destruya mi ingenuidad. Quiero ser bendita locura y deseable pecado. Estar aquí y allá. No posicionarme de manera indefinida. Quiero ser libre de cambiar de opinión cuando me parezca. Quiero escuchar lo que mi cuerpo tenga que decir. Besar como el deshidratado bebe agua. No sentir vergüenza. Y que mi lugar sea cualquier sitio en el que esté. Que lo demás no condicione mi estado de ánimo, que todo fluya, que nada se estanque. Que los enigmas sean retos divertidos. Que la única persona en el mundo que pueda presionarme sea yo misma. Que nadie tenga control sobre mis actos, mis deseos y mis pensamientos. Desearía idealizar lo que tengo y desmitificar lo que no. A veces se me olvida que quiero que mis palabras sean música, y a veces no.

lunes, 28 de marzo de 2016

Catalina

Catalina fue la primera amiga de verdad que tuvo. La conoció en segundo de EGB. El primer día de clase, Catalina le pidió un sacapuntas y él, tímido como el que más, se lo pasó deslizándolo de mesa en mesa, como si fuera un objeto de contrabando, sin volver la cabeza en ningún momento. Catalina susurraba en clase, repetía las lecciones de la profesora muy bajito, como cuando él leía un libro, necesitando verbalizar los conceptos para memorizarlos. A él le hacía gracia y, más de una vez la profesora se le había quedado mirando con cara de desaprobación al advertir una sonora sonrisa a sus espaldas. Catalina tenía unos ojos especiales, como rodeados por un marco ovalado negro, que hacía difícil mantenerle la mirada. Muchas veces la observaba de reojo, para adivinar cómo era posible que tuviera esas líneas tan oscuras bordeándole los ojos. Y casi siempre Catalina, que notaba perfectamente la curiosidad de su compañero, disimulaba. Empezaron a ser amigos porque Catalina se lo propuso e hizo todo lo que pudo por conseguir que él aparcara esa timidez enquistada que, durante los primeros días, le llevaba a pasar los recreos como alma solitaria vagando por las esquinas.  Catalina, en cambio, era muy sociable. Pero, aún llevándose bien con todos, siempre terminaba eligiéndole a él para hacer cualquier cosa. En las excursiones, era su pareja, eran responsables el uno del otro de no perderse. En los trabajos de plástica, siempre le ayudaba cuando había que recortar, porque él era incapaz de seguir las líneas y a ella se le daba todo bien. El día que aprendieron los nombres de los animales en inglés, él dejó de llamarla Catalina para llamarla Cat. A partir de ese momento todo el mundo la llamó así, el resto de su vida. Según fueron creciendo, Cat cada vez se parecía más a un gato, era silenciosa y orgullosa, astuta y persuasiva. Completamente adorable en muchos sentidos. Y él había logrado crecer sin las barreras sociales que su timidez podría haber creado de no haber conocido a Cat. Ella le enseñó a no tener miedo de expresarse con naturalidad y aprovechar la libertad que su condición de niños les otorgaba para conocer el mundo por sus propios medios. Cuando terminaron la secundaria, eran completamente inseparables. Su vínculo estaba tejido con hilos de hierro forjado, nada ni nadie podía romper ese mundo único y compartido que habían ido construyendo durante todas su infancia y toda su adolescencia. No sólo eran amigos, eran hermanos. Así que cuando Cat tuvo que marcharse a vivir al extranjero con su familia, él sintió que su fortaleza se venía abajo. A lo largo de su amistad, se habían enfrentado a numerosas adversidades: la muerte de su abuela, la pelea callejera con los chulos del barrio, los exámenes suspendidos, las pilladas paternas cuando no iban a clase... Pasar por todos esos tragos era más fácil si podía contar con Cat, su apoyo incondicional le hacía sentirse seguro. Pero cuando Cat se fue, el futuro dejó de tener interés. Prometieron escribirse cartas cada día, pero lo cierto es que a los pocos meses, las cartas fueron espaciándose a cada semana, a cada mes, a cada nunca. Sin darse cuenta, Cat ya no estaba en su vida y él, ocupado con los estudios universitarios, guardó su recuerdo como un rumor de infancia que vuelve de vez en cuando para vivir cinco minutos de nostalgia. Seguía sintiendo que Cat era su mejor amiga pero se había convertido en eso, en un pensamiento, en un concepto, en un recuerdo. Por eso le sorprendió el día en que Cat llamó a su puerta de nuevo. Había vuelto y fue a casa de sus padres para preguntarles por su nueva dirección. Se presentó sin una llamada, sin una carta previa. Impulsiva como siempre. Cuando él la vio, la reconoció por sus ojos, habían pasado catorce años. Ella estaba igual, en realidad. O eso le pareció a él cuando se detuvo a mirarla. Lo primero que le salió fue darle un abrazo. Él nunca abrazaba. De hecho en aquellos años había vuelto un poco a su germen ermitaño, un poco antisocial, un poco despegado de todo. Había tenido algunas relaciones que no habían terminado de llenarle y estaba mejor solo. Con la ilusión tremenda de volver a ver a su amiga, no se dio cuenta de que Cat estaba compungida. La hizo pasar con premura, con una sonrisa enorme en la cara, con la exaltación del que está nervioso de más. Cat miró a su alrededor e hizo un gesto de afirmación con la cabeza. A él le causó satisfacción saber que a su amiga le gustaba el apartamento. No cruzaron palabra durante un buen rato, ambos viviendo a su manera toda esa intensidad, él aún con la sorpresa en el cuerpo, ella con la inquietud de no saber bien qué dicil. "Cat", dijo él y ella volvió su inconfundible mirada hacia su dirección, él le miró directamente a los ojos y ella le mantuvo mirada fija: "¿Tienes un sacapuntas?" le dijo y sonrió.

jueves, 10 de marzo de 2016

Subir la cuesta por la que bajaste rodando una vez

Te sientas en ese sofá, en el que has estado decenas de veces antes y, de repente, notas que algo se tambalea. Posiblemente la música que suena ahora mismo te ayuda a recordar fragmentos de un pasado reciente que te hacen retorcer de ansiedad. Pides un café, definitivamente nada recomendado para tu estado actual pero necesitas sentir ese punto amargo en tu garganta. Tu respiración es ruidosa, porque sólo en el suspiro constante encuentras algo del alivio que tanto anhelas. Estás desesperado, lo piensas y crees que esa es la única explicación a tu ajetreo constante. Tu ligero baile de piernas ha llamado la atención del niño que está en la mesa de al lado. Te mira con simpatía, seguramente muy lejos de empatizar con tu sentir, te sonríe y se divierte observándote. Piensas que volverías de inmediato a esa edad, sin dudarlo dos veces, pactarías con quién fuera, venderías tu alma para volver a ese momento en que las inquietudes duraban menos que el postre de chocolate tras un plato de verdura hervida. Ahora los problemas se edifican a lo megaconstrucciones y se destruyen a mazazos aleatorios, dejando ruinas por todas partes. Ruinas en las que ya es muy difícil construir algo decente, así que tu interior está lleno de solares con edificaciones semidestruidas sin opción de venta. No te queda otra que comértelo todo con patatas, las mismas que está desmenuzando ese niño que sigue con sus ojos clavados en ti. Empieza a incomodarte tanto protagonismo. Cruzas los brazos en un claro y directo mensaje de comunicación no verbal. Proyectas negatividad. Estás aburrido de todo ¿Por qué te pasa esto? Ni te lo preguntas. Estás cansado de que todos te interroguen con las mismas tonterías. No te sientes bien y ya está. Qué manía tiene la gente de decir que tienes que ser fuerte. No quieres ser fuerte, la desgana te ha abrazado y no te suelta ¿Qué sentido tiene todo? Te preguntabas antes. Ahora ya no lo hacer porque sabes que la respuesta no va a ayudarte a sentirte mejor. Estás mal. Estás muy mal y ya está. Empiezas a sentir que llorar no es tan mala idea. Y en ese sillón, viendo como todo el mundo a tu alrededor es protagonista de su propia existencia, caes en la cuenta de que no eres el centro de nada. Sólo eres una persona más tratando de subir de nuevo la cuesta por la que bajaste rodando una vez.

miércoles, 24 de febrero de 2016

A ella también la han dejado

Miras a esa chica que parece tan inalcanzable. La ves y piensas que juega en otra división, porque en belleza, simpatía y don de gentes se mueve a años luz de ti. Ves a esa chica que es adorable y temperamental, que parece tener las cosas muy claras, los pies en el suelo, la cabeza en las nubes y el corazón lidiando entre todos esos caraduras que se cruzan en su camino aparentemente por casualidad. La ves y piensas "esa chica podría tener el hombre que quisiera" pero no piensas "¿qué hombre quiere esa mujer?". Crees que esa chica, por ser todas las cosas que admiras en una mujer, podría estar con alguien cien veces mejor que tú, porque tú no estás a la altura de tanta gloria, porque tú no sabrías cómo manejar esa delicada perla, jamás tuviste nada igual en tus manos. Vas a mirarla de reojo cuando pases por delante de ella, como si vuestros mundos estuvieran separados por una pared de metracrilato. Entenderás que ella ni se percate de tu presencia, entenderás que siga jugando con otros hombres a hacerles creer que llevan el control de la situación. De repente te das cuenta de que se está divirtiendo en su compleja sabiduría, de que se deja admirar como si algo en ello le resultara gracioso, como si no fuera con ella la cosa. Te recuerda a alguien, alguien que hace tiempo te hizo daño. Aunque en realidad todas las mujeres que te gustan te recuerdan a ese alguien, lo sabes. Te vas a ir, lo llevas pensando un buen rato. Alrededor todo ha dejado de ser interesante. Has recordado que lo que deseas te hace daño y prefieres quedarte en tu zona de confort. Has recordado que la fauna que te rodea es maligna, que los latigazos que te esperan son terribles y que ningún placer de la vida puede compensar todo el dolor que vendrá después. Ella te ha mirado y ni te has dado cuenta, porque estabas demasiado preocupado en ti y en tus miedos. Y te has ensimismado, en un ataque de pánico encubierto por la indiferencia, mientras ella sigue mirándote. A ella también la han dejado ¿sabes? Pero nunca se lo vas a preguntar, nunca vas a descubrir que sus heridas son similares a las tuyas, que su mundo también se derrumbó una vez y tuvo que reconstruirlo inmersa en una soledad apabullante. Nunca sabrás que ella odia que le digan que puede tener el hombre que quiera cuando tratan de consolarla, que no se siente especial, que se siente mediocre y vulgar casi a diario, que ha preferido ser natural a comportarse como los demás esperan que lo haga, que adora conversar por encima de cualquier otra cosa y le aburren las personas que sólo hablan de sí mismas. Antes de salir piénsalo una vez más, quizá si te acercas a ella tu mundo cambie o quizá siga todo igual después, en cualquier caso hay momentos en que la dignidad es una buena carta que desechar.

jueves, 18 de febrero de 2016

Me gustas más que el helado de tarta de queso

Nunca había conocido a nadie que me gustara más que lo que más me gusta en el mundo. Aunque todo es aborrecible, o eso dicen, para mí el helado de tarta de queso (uno en particular, no voy a decir la marca) nunca lo será. Y cuando digo nunca, siento que es nunca, aunque me pueda equivocar y con el tiempo diga "me equivoqué", no me importa, porque ahora estoy convencida, AHORA. Ni mañana (aunque yo creo que seguiré convencida mañana), ni el año que viene... No voy a ser prudente porque crea que a la larga vaya a cambiar mi forma de ver las cosas. Mi experiencia indica que así será, porque me gusta variar, porque me gusta descubrir que soy capaz de ir cambiando con el paso del tiempo, evolucionar, ver la vida desde otras perspectivas... Pero amigo, no voy a dejar de decir ahora que estoy convencida de que el helado de tarta de queso nunca dejará de gustarme. Sólo he sido prudente cuando no estaba convencida. Debes conocer esa sensación, cuando aparentemente todo va bien pero tú sientes que estás fuera aún siendo el actor principal de la función... Pues bien, cuando como helado de tarta de queso estoy realmente donde quiero estar, al 100%, sin dudas, sin arrepentimientos, sin cuestionarme para nada si esa ha sido la mejor elección. Plácida conexión total. Esos trozos de galleta, ese toque de caramelo, ese sabor a ¿queso con toneladas de azúcar quizá?, esa cobertura de mermelada de fresas con un toque ácido. Dime que no se te hace la boca agua, a mí sí, justo en este momento.... Tengo frío, mis manos son témpanos de hielo esforzándose por teclear y, aún y así, pienso que podría comerme una tarrina de ese delicioso bocado de dioses a la que, últimamente,  le ha salido un duro competidor. Veo cómo el vaso de helado me saluda efusivo desde la distancia con ganas de acercarse y abrazarme. Lo sabe, sabe que ya no es el único, que tiene que compartir mi convicción absoluta con otro, que tiene que abandonar el podio de preferidos y dar el merecido relevo a una nueva apuesta ganadora.